| 2012/10/04

El dilema de los niños en la guerra

A mediados de 2006 los periodistas de SEMANA tuvieron acceso a un computador decomisado por el Ejército a un frente de las Farc en Urabá. El computador tenía miles de fotografías, pero les llamaron la atención unas fichas donde reposaban las hojas de vida de decenas de niñas.

Entre la Ley y el deber como periodista revista Semana se arriesgó a publicar fotografías de menores reclutadas por las FARC.
Entre la Ley y el deber como periodista revista Semana se arriesgó a publicar fotografías de menores reclutadas por las FARC.

En las fotografías aparecían vestidas de camuflado y con armas, y algunas tenían anotaciones que daban cuenta de los agravios que estas niñas sufrían en el grupo armado: se les castigaba con trabajos forzados, se les obligaba a participar en acciones armadas y se les hacían consejos de guerra que
terminaban en fusilamientos.

El material era tan impresionante, que de inmediato se pensó en publicarlo en portada. Pero había un problema. El Código del menor prohíbe en Colombia que se publiquen fotografías de niños que están en el conflicto, por considerar que esto vulnera sus derechos, más allá de que el propio reclutamiento ya lo hace. Sin embargo, SEMANA tenía otras consideraciones. En las guerras los niños suelen ser las víctimas que más duramente golpean la conciencia de las sociedades. La fotografía de la niña que corría despavorida y desnuda en My Lai despertó el inconformismo de la sociedad norteamericanacon la guerra de Vietnam. Así como el rostro impactante  de una niña afgana se convirtió en símbolo de
esa inescrutable cultura atravesada convertida en campo de batalla.

Para el equipo de SEMANA llamar la atención sobre el horrendo abuso de los niños era importante. Y lograr una sensibilización del público con el tema sólo se lograría si las fotos se publicaban sin retoque ni mutilaciones. Después de una larga discusión se decidió publicarlas –bajo el título de Infamia– por dos razones: por un lado, porque la información tenía entre cuatro y cinco años de antigüedad y
muchas de estas niñas habían cambiado seguramente su fisonomía.

En segundo lugar, porque publicar sus rostros no siempre se convierte en un abuso. La información que se da sobre el tema, sin amarillismo y con profundidad, puede por el contrario mostrarlas no como guerrilleras de un grupo armado, sino como víctimas de este, y en ese sentido sus derechos no se ven vulnerados, sino por el contrario, reivindicados, como creemos que sucedió. SEMANA publicó las fotografías en portada y, como era de esperarse, tuvo que ir a los tribunales por ello. Pero todavía reivindica esta historia como necesaria para mostrar el lado más infame de la guerra.                                                            

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