El pasado 3 de marzo, la Ciudad de México, de tradición futbolera, loca por la lucha libre, vivía la fiebre de la velocidad. En el autódromo de los hermanos Rodríguez, miles de personas llegaron a ver la quinta carrera de la temporada de la Fórmula E, una competencia nueva que pretende, en los próximos años, estar al nivel de la Fórmula 1. De hecho, son disciplinas similares, pero tienen una diferencia esencial: los bólidos se mueven con energía eléctrica. Afuera del autódromo, aún en ese día de sol recio, el cielo estaba cubierto por la nube gris de contaminación que padecen los mexicanos desde hace décadas.

La oferta de transporte público en la ciudad de México es amplia, y si se compara con la de otras megaciudades de Latinoamérica, se deja ver una apuesta por una movilidad menos nociva para el medio ambiente. Hay un metro subterráneo que cubre buena parte de la ciudad, también buses que se mueven conectados a la red eléctrica. Y en los últimos años se ha popularizado un sistema de bicicletas públicas que pueden ser alquiladas por horas, y que se parquean en las calles, a la mano de los usuarios. También hay puntos de carga callejeros, como si fueran estaciones de gasolina, para los carros eléctricos.

Pero la ciudad es tan grande (su área metropolitana alberga más de 20 millones de habitantes) que esas medidas aún no son suficientes para disipar la mancha de esmog. En la capital mexicana, la movilidad es la fuente del 78 por ciento de las particulas contaminantes emitidas. En el área metropolitana se mueven 5,3 millones de vehículos, el 80 por ciento particulares que, pese a ser los mayores contaminantes, apenas hacen una tercera parte de los viajes de los ciudadanos.

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Ninguna ciudad latinoamericana aparece entre las 10 más contaminadas del mundo. Sin embargo, en la región, durante los últimos años, ha habido una racha de crisis ambientales en varios países. La misma Ciudad de México, Santiago de Chile y hasta Medellín, en Colombia, empiezan a vivir bajo una atmósfera que no es apropiada para sus habitantes.

Las respuestas de los gobiernos de la región abarcan un abanico amplio. Una de las alternativas es planear con más inteligencia las ciudades que, como Bogotá, crecen a ritmos acelerados y deben estar mejor organizadas para evitar el desgaste ambiental, por ejemplo, extendiendo las redes de transporte público, o acercando las áeras laborales y las residenciales para evitar el uso de los automotores. Muchas otras han puesto restricciones a la circulación de vehículos, como el pico y placa colombiano, que también se replica en Brasil o México. Entre las opciones, la movilidad eléctrica cada vez coge más fuerza, pero aún le falta consolidarse en la región.

La Fórmula E, en parte, es un intento por popularizar el uso de la electricidad en el transporte. Si el mundo a la larga se va a mover hacia el uso de energías sostenibles, es natural que, con los años, el deporte de autos más popular no funcione con motores de combustión.

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En Latinoamérica ya hay esfuerzos en esa dirección: la tecnología está disponible y han crecido la conciencia y voluntad, tanto ciudadana como gubernamental, para implementar modelos más verdes. Sin embargo, aún falta mucho trecho por recorrer. "Esto vendrá paso a paso. Vemos proyectos para la carga eléctrica rápida de buses en Argentina; en Colombia lo están estudiando junto a fabricantes de buses. Tener la infraestructura y el apoyo del gobierno en términos de regulación también va a ser de ayuda", explica Greg Scheu, el presidente para las Américas de ABB, el principal patrocinador de la Fórmula E y uno de los gigantes del negocio de la electricidad en el mundo.

La reducción de las emisiones contaminantes con el uso de energía eléctrica, según un informe del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), depende de la fuente de la electricidad. En donde la producción eléctrica se basa en el carbón, por ejemplo, el uso de vehículos movidos por esa energía no generaría efectos positivos relevantes en el ambiente.

En países como Colombia, con un potencial hidroeléctrico tan fuerte, dice la entidad, la reducción de contaminación podría ser alta. Sin embargo, asegura el mismo BID, la región aún no ha trazado una polítca pública para promover el uso de esas energías renovables.

Entre la primera década y la segunda del nuevo siglo, las ventas de vehículos eléctricos se multiplicaron en el mundo: de 20.000 unidades a 700.000. La mitad de ese mercado se concentra en Estados Unidos, una cuarta parte a Europa y otra buena tajada en Japón. "La contribución de Latinoamérica a este suministro ha sido marginal", dice la entidad.

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Una de las barreras para el acceso es que aunque un carro movido por electricidad es más económico a largo plazo -pues la electricidad generalmente es más barata que el combustible- el precio de venta de los vehículos sigue siendo elevado en comparación con los modelos de diesel o gasolina.

"Otra barrera importante en el despliegue de los vehículos eléctricos, como en el caso de las nuevas tecnologías, es la falta de conciencia social y conocimiento sobre la tecnología. Esto implica que los posibles consumidores no están conscientes de sus beneficios y pueden incluso no confiar o no entender la tecnología", señala el BID. "Imagínate cargar tu vehículo usando la energía solar o la del viento. Así es el futuro. Tu carro será cargado como tu celular pero con baterías más grandes", dice Scheu. Es un camino que Latinoamérica penas comienza a recorrer.