| 2015/07/13

Una esmeralda entre las nubes

El volcán Azufral, a 4.070 metros sobre el nivel del mar, esconde en su cráter la Laguna Verde, que ofrece un paisaje único en el sur de Nariño. Relato de una caminata entre flores, musgos y un clima cambiante.

Volcán Azufral
Volcán Azufral

Para comenzar a ascender hasta el volcán Azufral, en el sur de Nariño, es necesario caminar entre las nubes. En este punto del Nudo de los Pastos, el accidente geográfico donde la cordillera de los Andes se divide en tres ramificaciones al entrar a Colombia, los turistas se encuentran a 3.600 metros sobre el nivel del mar, es decir 300 metros más arriba que la altura a la que vuela el avión Beechcraft 1900D que viaja entre Bogotá e Ipiales.

Por eso en la cabaña Chaitán (‘brazo de fuego’, en quechua) de Corponariño, el sitio de partida de esta ruta para ver una laguna con agua de color verde que reposa sobre el cráter de un volcán, no es extraño sentir que la garganta se estrecha y que el aire es escaso.

Tampoco es raro que, una vez que ha comenzado la caminata de cinco kilómetros, el paisaje cambie constantemente. En un minuto el sol puede dejar apreciar los valles y las montañas que se despliegan a ambos lados de la trocha; pero al siguiente el viento es capaz de empujar las nubes para que arropen a los visitantes en el sendero. (Vea: Cinco buenas razones para visitar los Parques Naturales)

Cinco kilómetros pueden parecer poco, pero aquí se trata de una distancia que se cubre en no menos de dos horas debido a que el cuerpo tiene que aclimatarse a la altura. De los 3.600 metros sobre el nivel del mar a los que está la cabaña es preciso ascender hasta los 4.070 del mirador desde donde se observa la boca del volcán.

Por eso Narcisa Muriel, la guía que dirige el recorrido, aconseja tomar agua con frecuencia, subir lentamente y, en caso de sentirse mal, devolverse. En todo caso no hay afán. Además, una buena excusa para andar despacio la ofrecen las flores de color lila, así como los musgos verdes, amarillos y blancos que adornan las orillas del camino.

Narcisa nació cerca del volcán, en la vereda San Roque, donde viven unas 600 familias que siembran papa y tienen ganado. Ella conoce bien la zona y para explicarles a los viajeros cómo preservar esta reserva forestal los lleva hasta un sitio donde varios cojines de musgo acumulan agua y la dejan caer en gotas hasta un pocito que se forma al borde del camino. (Vea: Mavecure, una isla en el tiempo


“Es importante cuidar los musgos porque son retenedores de agua, y si los arrancamos esta reserva forestal no se va a poder mantener húmeda”, asegura y agrega que también les recomienda a los visitantes abstenerse de botar basura y de hacer fogatas. 



La cuesta no es muy pronunciada durante la mayor parte del camino. Poco a poco, con ayuda del agua y de algunas paradas en las que se aprecia cómo la vía serpentea entre la montaña, el organismo se acostumbra a la altura y los pasos se vuelven más ágiles.

No obstante, hay que guardar energía porque para cubrir el último kilómetro, que es empinado como una calle de Manizales, sí se requiere un esfuerzo mayor. Al final aparece el mirador, donde en una choza algunos turistas comparten sándwiches y frutas que han llevado en sus morrales.

La Laguna Verde se divisa 700 metros más abajo: el cráter del volcán Azufral, de 3 kilómetros de diámetro, está tapado por una mancha de color esmeralda. Después de haber quemado calorías durante casi dos horas y media dan ganas de detenerse a contemplar el espectáculo que ofrecen el sol y las nubes mientras se alternan para alumbrar y oscurecer al cuerpo de agua.

El mejor puesto de observación lo ocupa un hombre rubio de pelo y chivera largos. Sentado sobre una tabla que sostienen dos troncos, Sebastian Homberger admira una vista que bien podría ser una ilusión óptica provocada por la fatiga. Este alemán de 31 años, que salió de Berlín en agosto pasado y regresará a su país en junio, no esconde el asombro que le causa la Laguna Verde. Dice que ya estuvo en Centroamérica y que vio ocho volcanes en Guatemala, Honduras y Nicaragua, pero que ninguno es como el Azufral. “Este sitio es único”, afirma.

Hay dos opciones para descender hasta la laguna. Una es por los peldaños de madera que se han improvisado con tablas, pero que con la lluvia de los últimos días se han puesto resbalosos y están llenos de barro; la otra es por una falda menos inclinada, hacia la derecha del mirador. Narcisa escoge la segunda.



La emoción de saber que la Laguna Verde está más cerca con cada paso hace olvidar el cansancio. Al llegar al terreno plano basta caminar unos 100 metros para alcanzar la orilla, donde es fuerte el olor a azufre que proviene del agua.

Como si se tratara de un jacuzzi gigante, de la laguna brotan burbujas por cientos de agujeros que no son más anchos que un dedo. Da la impresión de que el agua está hirviendo, pero al tocarla con la mano se comprueba que está helada. “El color verde se debe a los altos niveles de azufre y las burbujas, a la actividad volcánica”, cuenta Narcisa.

“De acuerdo con el libro Erupciones históricas de los volcanes colombianos (1500 – 1995), de Armando Espinosa, no se conocen erupciones del volcán Azufral, sólo actividad fumarólica de varios siglos atrás”. La cita es tomada de la página de internet del Servicio Geológico Colombiano. Dicha publicación añade que el científico alemán Alexander Von Humboldt, quien estuvo en el Azufral en 1801, estaba persuadido de que el volcán había arrojado su cima, antiguamente aguda.

Hoy, aparte de las burbujas del agua y de las fumarolas que emanan de un domo de 300 metros de altura que está situado 50 metros a la izquierda de donde desemboca el camino principal, el Azufral parece tranquilo. Desde la cima de ese pequeño cerro, al borde del cual el agua está tan caliente como para poner a cocinar espaguetis, se aprecia mejor la laguna y los turistas que recorren su borde se ven diminutos.

Son casi las 12:30 del mediodía y, al igual que sucedió durante el trayecto hasta aquí, el clima demuestra ser impredecible. La cuesta que se debe bajar para llegar hasta este punto ya está cubierta por una gruesa cortina gris.

“Es mejor que nos devolvamos antes de que llueva porque entonces será muy difícil subir”. Es hora de bajar del domo, subir los peldaños embarrados y emprender el camino de regreso para volver a la cabaña de Corponariño. Ya habrá otra ocasión para volver a la Laguna Verde. Las nubes estarán esperando.

*Texto de Juan Uribe

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