Alejandro Gaviria sueña a Colombia, en términos medioambientales, como “un país que logró, en parte como una respuesta cultural, una forma de inteligencia social para preservar su biodiversidad”.

A sus 54 años, este ingeniero civil y economista, oriundo de Santiago de Chile, pero criado en Colombia, es considerado como uno de los intelectuales y académicos más respetados del ámbito nacional.

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Su capacidad de análisis le permite plantear una mirada distinta sobre problemas comunes. Esa sensibilidad para interpretar el contexto y formular respuestas y soluciones diferentes le ha valido al exministro de Salud y actual rector de la Universidad de los Andes para ser reconocido y admirado por muchos.

En entrevista con Semana Sostenible, el también director del Centro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible para América Latina y el Caribe sostuvo, entre otras cosas, que en la educación se debe apelar a la razón y a las emociones con el fin de seguir ahondando en la toma de conciencia para que los ciudadanos reduzcan su impacto ambiental.

Semana Sostenible: ¿Cuáles cree usted que han sido los cinco aspectos en los que Colombia más ha avanzado en materia ambiental en los últimos diez años?

Alejandro Gaviria: No soy un experto en el tema, no creo que pueda hacer una evaluación justa. Yo mencionaría, por ejemplo, el crecimiento en las áreas protegidas, la protección de los páramos, el despegue de las energías renovables y el impuesto al carbono. Pero quizás el hecho de mayor importancia es la toma de conciencia sobre el tema, la movilización de las comunidades y las voces cada vez más fuertes de los jóvenes. El tema ambiental se ha ido instalando, como toca, en la agenda del país.

S. S.: ¿En qué temas debe trabajar el país en los próximos diez años a fin de fortalecer su política ambiental?

A. G.: El tema más importante, en mi opinión, es el económico. Colombia tiene que cambiar su oferta exportadora.
No podemos seguir dependiendo del petróleo y la minería. Esta dependencia no tiene sentido económico y mucho menos ambiental. Los países, dice el economista Ricardo Hausmann, primero exportan lo que son, pero después son lo que exportan. Si seguimos exportando lo mismo, será muy difícil tener una política ambiental efectiva.

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Después, están los temas sociales y de desarrollo regional que son claves, por ejemplo, para combatir la deforestación. La inserción a la economía global de muchas regiones de Colombia sigue siendo problemática, por decir lo menos, dominada por la minería ilegal y el narcotráfico. Es una realidad difícil de cambiar. No hay milagros instantáneos. Pero sin oportunidades económicas en la periferia será difícil contrarrestar la deforestación.

Quisiera mencionar, finalmente, los desafíos crecientes de adaptación que impondrá el cambio climático, así como los desafíos urbanos de la calidad del aire, la provisión de agua, la consolidación de los esfuerzos de economía circular, etcétera. Buena parte de la producción agrícola actual está amenazada.

“El fracking es una distracción. Deberíamos estar pensando cómo transformamos a Ecopetrol, discutiendo qué papel va a jugar esta empresa en el futuro. El petróleo no es el futuro”, Alejandro Gaviria.

S. S.: ¿Qué posición considera usted que debería asumir Colombia frente a temas como fracking y aspersión aérea con glifosato con miras al futuro?

A. G.: En aspersión aérea yo he sido bastante enfático: tiene efectos nocivos sobre la salud y desastrosos sobre el medioambiente y, en el mediano plazo, es ineficaz para combatir el narcotráfico. Es un debate que deberíamos superar.

El fracking es una distracción. Deberíamos estar pensando cómo transformamos a Ecopetrol, discutiendo qué papel va a jugar esta empresa en el futuro. El petróleo no es el futuro. El debate sobre el piloto del fracking es corto de visión, incluso puede ser visto como una forma de evasión a las preguntas de fondo sobre el futuro.


Para el Gobierno es clave retomar la aspersión aérea en su lucha contra las drogas. Foto: archivo / Semana. 

S. S.: ¿Cree que Colombia alcanzará a cumplir las metas propuestas en el Acuerdo de París?

A. G.: Inercialmente, no las cumpliremos. Dependerá de cambios sustanciales en nuestra estructura productiva. Esto tiene que ver con los asuntos económicos, con la dependencia del carbón, el petróleo y la minería.

S. S.: Frente al cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, ¿cree que el país alcanzará a cumplir las metas de aquí a diez años?

A. G.: La Universidad de los Andes hizo una evaluación parcial recientemente. No estamos cumpliendo en el primer corte de cuentas a los cinco años. Nuestro nivel de cumplimiento, en esta meta volante, era del 65 por ciento antes de la pandemia. El retroceso que traerá la pandemia hará casi imposible cumplir las metas. Muchas deberán revaluarse o incluso aplazarse.

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La pandemia también mostró, en el ámbito global, la magnitud del frenazo económico que se necesita para una reducción marginal de las emisiones. Este hecho sugiere que, con la misma estructura económica, sin cambios sustanciales, será imposible cumplir las metas ambientales.

S. S.: ¿Cómo debería abordar el Gobierno los conflictos existentes en torno a los páramos para evitar problemas en el futuro?

A. G.: Los complejos de páramos están delimitados y protegidos jurídicamente. El asunto regulatorio está más o menos resuelto. El asunto clave es hacer cumplir las normas, que no se queden en buenas intenciones, que el Estado haga respetar las instituciones, las reglas de juego ya definidas.



S. S.: ¿Cómo cree que el país debería enfrentar temas que desbordan al Estado como la minería ilegal, la deforestación y la contaminación de ríos y cuerpos de agua?

A. G.: Es tal vez el asunto más complejo. El Estado no es todopoderoso. Muchas veces está cooptado; otras, ausente. La generación de oportunidades económicas es clave. También la protección de las comunidades organizadas, de los líderes que quieren defender su territorio.

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Cualquier respuesta general es incompleta en todo caso. Una respuesta más relevante deberá tener en cuenta las realidades distintas de cada lugar. Sea lo que sea, en Colombia el avance es siempre desigual: innovaciones normativas interesantes que cambian poco las realidades locales.

S. S.: Es un hecho que el mundo cambió con la pandemia. ¿Qué cree que se debe capitalizar, en términos ambientales, con la nueva normalidad para cuando se controle el coronavirus?

A. G.: No sabemos todavía qué tanto cambiaremos. Todavía es muy temprano para saberlo. Todos los análisis actuales sufren de precipitud. La evidencia sugiere una relación (compleja, no directa) entre destrucción de ecosistemas y riesgo de pandemias. Todo esto debería llevarnos a una reflexión colectiva, a una mayor toma de conciencia. Pero la política en el mundo parece cada vez más destructiva, incapaz de construir acuerdos razonables. Yo he dicho que tenemos que seguir siendo optimistas, que la resignación es facilista, casi una abdicación ética. Pero no vivimos un momento fácil.



S. S.: ¿Qué tipo de cambios en la educación o en la toma de decisiones cree que puede tomar el país para que los ciudadanos sean más conscientes del impacto ambiental que causan y pongan de su parte para mitigarlo?

A. G.: Este año dimos una cátedra abierta en la Universidad de los Andes sobre el tema. Presentamos la evidencia sobre cambio climático, pérdida de biodiversidad, deforestación, destrucción de ecosistemas marítimos y terrestres, etcétera. Tratamos, al mismo tiempo, simultáneamente a los hechos científicos, de despertar emociones, con obras de arte, lecturas de poemas, representaciones, etcétera. Digo todo esto porque desde la educación debemos apelar a la razón y a las emociones con el fin de seguir ahondando en esa toma de conciencia. Nuestra experiencia con la cátedra fue muy positiva.

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S. S.: ¿Qué es lo que más le genera esperanza en materia ambiental en el país y cómo potenciarlo?

A. G.: Hablar con los jóvenes, entender sus prioridades, saber que piensan distinto, que no se van a conformar con el mundo como es.

S. S.: ¿Qué sueña para Colombia en términos medioambientales?

A. G.: Quiero que Colombia, en el mundo, en el concierto de naciones, sea conocida como el país que conjuga una doble diversidad, una gran biodiversidad y una diversidad cultural que celebra a la primera; como el país que logró, en parte como una respuesta cultural, una forma de inteligencia social, preservar su biodiversidad.