En términos de la acupuntura, el estado de Pará, en el norte de Brasil, es un punto neurálgico a intervenir para encontrar soluciones y alternativas que protejan la Amazonía de la deforestación. Un reto en el que la implementación de políticas públicas juega un papel fundamental.

Pará, cuya extensión es de 1.245.871 kilómetros cuadrados y cuya población ronda los 8 millones de personas, alberga el 9 por ciento de las selvas tropicales del mundo y, a su vez, desde 2001 ha representado el 40 por ciento de la deforestación de la Amazonía brasileña, de acuerdo con un informe de The Nature Conservancy, TNC, publicado en 2018.

“Es importante comprenderlo como un punto de acupuntura, un punto neurálgico, porque en el estado de Pará está ceñida la mayor deforestación de la región amazónica de Brasil. Entonces si tuvieras que escoger un solo sitio para combatir la deforestación ese es Pará”, afirma, al respecto, Karen Oliveira, gerente de asuntos públicos de TNC.

De hecho, se estima que si se tiene éxito al combatir la deforestación en Pará —que entre 1975 y 2015 perdió cerca del 10 por ciento de su cobertura forestal de 12 millones de hectáreas— se cumpliría un tercio del desafío en la Amazonía brasileña, que ostenta el 40 por ciento de las selvas tropicales restantes del mundo.

Las políticas públicas pueden aportar a la solución en la medida que garanticen el cumplimiento de las leyes ambientales y contribuyan a un desarrollo económico sustentable que beneficie a las comunidades del territorio y les garantice estabilidad.

Bajo esa lógica, en el caso de Pará, es posible clasificar en dos grupos las políticas públicas concebidas e implementadas para combatir la deforestación.

En el primer grupo están las que le apuntan al denominado ‘comando y control’, que posibilita el registro y legalización de las tierras en la región, y un mejor seguimiento a la deforestación y a las actividades relacionadas con ella, como la instauración de potreros para la ganadería.

Gracias a la rastreabilidad de la cadena de la ganadería, por ejemplo, es posible reforzar alianzas con empresas del sector para promover cadenas de producción sostenibles y vetar la compra a productores asociados con la deforestación.

Pero la idea es ir más allá. Helder Barbalho, gobernador de Pará, le apunta a un desafío mayor: un cambio cultural. Transformar el proceso de ocupación del territorio de la región, impulsado por el gobierno brasileño en los años 70 para impulsar una integración nacional, por una nueva visión. 

Con el fin de tener acceso a un crédito bancario, se precisaba deforestar determinadas hectáreas. Nosotros tenemos que revertir eso. Demostrar que es posible compatibilizar la producción y las vocaciones rurales de nuestra región con la selva en pie”, dice.

Dicho cambio cultural, de acuerdo con el gobernador Barbalho, no solo requiere de comando, control y fiscalización. “Necesitamos una oferta de servicios que le muestre al productor que puede pasar de una lógica de producción extensiva, deforestando la selva, a una lógica intensiva, más rentable, y, paralelo a eso, garantizar que la selva en pie se convierta en un activo económico para que se transforme en un portafolio de actividades económicas para los productores rurales”, agrega. 

Y es que el comando y control no deben implicar el olvido de las comunidades locales. “Es necesario que las soluciones se conciban de una manera en la que el cumplimiento de la ley no genere exclusión social para el pequeño agricultor ni agrave la situación económica de las comunidades haciéndolas más vulnerables”, afirma Teresa Moreira, especialista en Gobernanza Ambiental de TNC.

De modo que el segundo grupo de las políticas públicas se corresponde con el concepto de la selva en pie o la floresta em pé —la expresión, en portugués, usada por Barbalho y los expertos de TNC—. La meta es generar incentivos para crear modelos de producción sostenibles a partir de los cuales se genere valor desde la protección y el uso sostenible de la selva.

Por ejemplo, modelos de ganadería en los que se maximice la producción y no sea necesario deforestar tantas hectáreas para manejar el ganado. O bien, los denominados sistemas agroforestales, alrededor del cultivo de especies de alta demanda y valor como el cacao o el azaí, que, a su vez, le apuntan a la restauración de zonas degradadas.

El concepto de las políticas públicas se ha materializado en programas como el Plano Estadual Amazônia Agora, que, principalmente, busca aumentar la eficiencia en el uso de la tierra, promover la regularización de las propiedades rurales, hacerle frente a la deforestación e incendios forestales, captar recursos de inversores para el fomento de las actividades sostenibles y generar incentivos para promover la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero.

El plan apuesta por una producción más eficiente, que no implique la deforestación de nuevas áreas. Para esta meta, se proyecta la regeneración de 5,6 millones de hectáreas de la cobertura forestal en el estado hacia 2030. De este modo, el programa también se sintoniza con el alcance de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, ODS, de la ONU.

Nuestra selva es el mayor activo que poseemos junto con nuestra sociedad. Y TNC ha sido un aliado muy importante. Fruto de esta alianza, hemos creado acciones de gobierno como el programa Amazônia Agora”, indica el gobernador Barbalho.

“Hemos actuado mucho tiempo con ese perfil de trabajo: hacer conexiones y llevar a todos los actores a la mesa”, dice Rodrigo Spuri, quien resalta la necesidad de una sinergia para que dichos actores —gobierno, sector privado, comunidades— aporten para alcanzar un objetivo común. 

Por lo pronto, la apuesta es por los puntos críticos. O bien, neurálgicos, en términos de la acupuntura. “La priorización nos lleva a resultados más rápidos, que llevan a más fuerza, más energía y más recursos”, asegura Spuri.

 El éxito en Pará es clave, además, en la medida que puede convertirse en un referente para otros estados brasileños y hasta otros países amazónicos como Colombia, que también tiene sus propios puntos neurálgicos: el departamento de Caquetá, por ejemplo, que fue el más deforestado, en 2018, con 46.765 hectáreas perdidas.

“Somos una síntesis de la Amazonía. Tenemos mucha selva, comunidades tradicionales, indígenas o quilombolas (comunidades afrodescendientes) y una actividad rural por vocación. Una solución para el estado de Pará puede y debería ser una solución a replicar, considerando las particularidades de cada región”, concluye Helder Barbalho.