Todo se complementa. En la Amazonía, cuya superficie es similar a la de los 48 estados contiguos de Estados Unidos, no hay detalles sueltos. Entonces no es cuestión de unas áreas o especies específicas. Se alteran unos ciclos naturales, un equilibrio a nivel local, regional e incluso global. Cada vez más cerca de un punto de no retorno. En el escenario actual, a menos de 20 años.

La humedad proviene del Océano Atlántico. Una vez en el bosque, llueve. Las raíces de los árboles y las plantas absorben el agua, que se impregna en la superficie de las hojas. Luego se da el proceso de la evapotranspiración: los árboles transpiran humedad, es decir, el agua que les cayó regresa a la atmósfera. Vuelve a llover, las raíces absorben el agua y otra vez la evapotranspiración. Por algo, en inglés al bosque amazónico se le denomina rainforest. Produce, por lo menos, la mitad de su propia lluvia. Y vuelve a llover…

Se va formando lo que el autor Craig Welch, denomina un “río gigante en el cielo”. Que provee de agua, de lluvia, a los países Andinos; y abastece, del mismo modo, a Uruguay, Paraguay, centro y sur del Brasil y el norte de Argentina; y que influye, en suma, a una región que genera un 70 por ciento del PIB sudamericano, según estimaciones de The Nature Conservancy - TNC.

“Desde el punto de vista climático, perder la Amazonía sería fatal y no solo para nosotros. Además de las cantidades de agua que se evaporan, la Amazonía influencia la circulación de las masas de aire, entonces muchas lluvias, no solo acá en Sudamérica, sino también en Norteamérica, en otros lugares del mundo, dependen muchísimo de estos patrones”,  indica Thomas Walschburger, asesor senior de ciencias de TNC Colombia.

Al caer los árboles, se van perdiendo servicios ecosistémicos fundamentales como la regulación del ciclo del agua, afectando directamente el abastecimiento para millones de personas; así como también el ciclo del carbono. En dicho escenario, aumentan las emisiones de dióxido de carbono y esto repercute en el calentamiento global. “Si las épocas secas se intensifican, si tenemos veranos más intensos, estas selvas húmedas también desaparecen. No solo se perderían por deforestación sino finalmente por el mismo cambio climático”, complementa Walschburger.

Peligran, de igual manera, la flora y la fauna. Es importante recordar que la Amazonía alberga el 10 por ciento de la biodiversidad del mundo. Vuelve el ciclo: caen los árboles, desparecen algunos depredadores, que controlan plagas o especies de herbívoros, y se alteran los comportamientos de aves o insectos polinizadores. Entonces menos plantas, menos lluvias, más emisiones de carbono, más sequías, menos agua… Mayor desequilibrio y amenazas para nuestra salud y calidad de vida. Todo se conecta y complementa.

En la editorial de la edición de febrero de la revista Science Advances, los profesores Thomas Lovejoy, de la Universidad George Mason y alto miembro de United Nations Foundation, y Carlos Nobre, científico climático del Instituto de Estudios Superiores de la Universidad de  São Paulo, advirtieron que la pérdida de solo un 20 a 25% de zona de bosques podría llevar a la Amazonía a un punto de no retorno, que marcaría una transición imparable hacia un ecosistema parecido a una sabana, más seco.

En ese orden de ideas, Edenise Garcia, directora de ciencias en TNC Brasil, hizo una simulación: ¿qué tan cerca está la Amazonía de ese punto de no retorno? Analizó solamente la parte de bosque, sacando los ríos, de la Amazonía brasileña y andina y llegó a la conclusión de que, en promedio, se ha perdido un 14,2% del bosque. Si la tasa de deforestación actual se mantiene, el mencionado punto de no retorno se daría en el año 2039.

La situación requiere de acciones urgentes. Y que involucren una concertación, una sinergia entre varios sectores de la sociedad, tanto en el ámbito público como el privado y de la sociedad civil.

Ya hay algunas soluciones que se están ejecutando, bajo la idea de que el desarrollo y el medioambiente pueden ir de la mano. Por ejemplo, en São Félix do Xingú, en el estado brasileño de Pará, TNC apoya un proyecto denominado Cacau Mais Sustentável. Uno de sus objetivos es asistir a los agricultores locales para que adopten metodologías más sostenibles. Una de ellas consiste en cultivar árboles nativos de cacao en suelos antes degradados y evitar más deforestación. En este caso, se habla de un sistema agroforestal en la medida que combina cultivos alimenticios con árboles nativos con el fin de reforestar el territorio. 

En el departamento de Caquetá, Colombia, el más afectado por la deforestación —46.765 hectáreas de bosque— también se está llevando a cabo un proyecto de carácter agroforestal, implementado por TNC, The Amazon Conservation Team Colombia y financiado por la Iniciativa Internacional del Clima (IKI) del Ministerio Federal de Ambiente de Alemania, que involucra el diálogo intercultural entre las comunidades campesinas y las indígenas, cuya sabiduría y cultura ancestral es fundamental para conservar un territorio que ellos, en una mayor medida, han mantenido en su estado original.

“Porque la naturaleza es sagrada”, concluye el profesor Walschburger.