El amor por su territorio y por salvaguardar los ecosistemas de los cuales depende la vida, es el motor que mueve a los guardaparques amazónicos, que trabajan de la mano de las comunidades indígenas en la protección de la naturaleza, pero también de las culturas y tradiciones ancestrales de estos pueblos. 

Con esta premisa clara, María Taimal, Julio León y Cristobal Panduro, desarrollan sus funciones de guardaparques en dos de las áreas protegidas más importantes de la Amazonia. Ella en el Santuario de Flora Plantas Medicinales Orito Ingi-Ande y ellos, en el Parque Nacional Natural Amacayacu. 

María es una mujer indígena, perteneciente a la comunidad Cofán. Está vinculada a Parques Nacionales Naturales y desde hace cinco años se dedica a las labores de prevención y vigilancia en esta área protegida que se creó con el fin de salvaguardar a pueblos indígenas presentes en la zona, así como los bosques del piedemonte andino que poseen gran variedad de plantas medicinales utilizadas en la medicina tradicional de estos pueblos. 

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Le apasiona su trabajo. Además de realizar los recorridos de vigilancia por el Santuario, María dedica buena parte de su tiempo al desarrollo de estrategias con las comunidades indígenas, mediante las cuales comparten conocimiento ancestral del uso de las plantas. A través de capacitaciones, talleres y otras metodologías ayuda para que las abuelas y las autoridades tracionales le transmitan a los más jóvenes el conocimiento, especialmente con lo que tiene que ver con la medicina. 

María Taimal ayuda a las comunidades indígenas Cofán a mantener sus tradiciones ancestrales. Foto: Parques Nacionales Naturales

El Santuario de Flora Plantas Medicinales Orito Ingi-Ande, se creó el 16 de junio de 2008 y tiene una extensión de 10.204 hectáreas, en las que además de contar con más de 200 especies de plantas medicionales, también hay una variedad de fauna. Cuenta María que allí se pueden ver dantas, serpientes, ranas y arañas, entre muchos otros animales. 

María manifiesta que en esta zona no hay mayores riesgos en materia de seguridad y por ello, en sus recorridos de prevención y vigilancia son tranquilos. Trabaja principalmente con tres resguardos del pueblo cofán: Santa Rosa del Guamuéz, Afilador Campo Alegre y Yarinal.

La passiflora es una de las especies de plantas que se ecnuetra en el Santuario de Flora Plantas Medicinales Orito Ingi-Ande. Foto: Óscar Jaimes/Parques Nacionales Naturales

El área protegida hace parte del territorio ancestral de la comunidad cofán y uno de los objetivos principales, dice esta guardaparques, es proteger la cultura del yagé asociada al pueblo indígena, pues se trata de una de sus mayores tradiciones y, por esa razón, la misión es que se conserve como lo ha hecho durante muchos años. En el país esta es la única área protegida que se dedica a tal fin.

María ama su trabajo, porque además de estar cerca de su familia, que habita en la zona, tiene la posibilidad de hacer lo que más le gusta: cuidar la naturaleza, los ecosistemas, ayudar a los suyos y compartir en un recinto en el que fluye la armonía entre las plantas medicinales y sus poblaciones autóctonas.

Que no se pierda la cultura

Al igual que María, Julio León es otro de los guardianes amazónicos de la naturaleza. Trabaja en la protección y vigilancia del Parque Nacional Natural Amacayacu, un área protegida de más de 290.000 hectáreas, en donde pone todo su empeño no solo para salvaguardar los ecosistemas, sino en trabajar con las comunidades indígenas del pueblo Tikuna, en aras de preservar sus culturas.

Julio León es un protector de los ecosistemas y apoyo de las comunidades Tikuna en el Parque Nacional Amacayacu. Foto: Parques Nacionales Naturales

De origen Tikuna, este guardaparques, que lleva tres años vinculado a Parques Nacionales, trabaja de forma permanente con los pueblos que habitan dentro y fuera del área protegida. En el parque viven alrededor de 800 personas pertenecientes al resguardo San Martín Amacayacu, a quienes Julio realiza un permanente acompañamiento con el objetivo de que los abuelos trasladen los saberes ancestrales a los más jóvenes y, de esta forma, se mantengan las tradiciones culturales. De igual manera lo hace con la comunidad Mocagua, que habita una parte dentro del área protegida.

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Su labor se extiende también a ayudar a las comunidades que están fuera del parque, pero que traslapan con el mismo, pues algunos de sus miembros ingresan para pescar y cazar de forma amigable con la naturaleza, cumpliendo con protocolos de conservación de las especies. Estas comunidades son: Mocagua, Macedonia, Vergel y Zaragoza. 

Julio estudió Gestión Cultural y Comunicativa, en la sede de la Universidad Nacional, en Manizales, conocimientos que trata de aplicar al máximo en su trabajo. Pasa mucho tiempo con los abuelos del resguardo San Martín a quienes les ayuda a crear herramientas y metodologías tendientes a facilitarles la transmisión de los saberes ancestrales  a los jóvenes.

Participa de las diversas actividades que realizan en el resguardo. Comparte con su población el trabajo en la chagra, labores de artesanías, pesca, pintura y baile, entre otros. Su objetivo es que los jóvenes y niños se incentiven para hacer parte de todos estos procesos culturales que son clave para mantener su tradición. 

Para llegar a algunas áreas que son muy alejadas, los guardaparques deben dormir y comer dentro del bote. Foto: Parques Nacionales Naturales

Julio tiene claro que los bosquianos son los únicos representantes del sector público que llegan a estas comunidades que nadie visita.  "Nosotros compartimos de manera permanente con ellos. Sabemos cómo están, qué necesitan y tratamos de ayudar en la medida de nuestras posibilidades", señala.

Este joven dice sentirse orgulloso de lo que hace, porque de manera permanente les muestra a estas personas que no están solos en la labor de cuidar el territorio, sino que ellos como guerdaparques están allí para ayudarles y ser parte de esos guardianes del bosque.

Indígenas, claves en la preservación

A su juicio, estas comunidades indígenas son clave en los procesos de preservación, pues durante siglos han estado allí y los ecosistemas se mantienen.

"Trato de sacar lo mejor de mí para proteger la flora y la fauna", dice y asegura que uno de sus mayores retos es cómo hacerle entender a la gente que la naturaleza es importante y que de ellas depende la vida. Lucha por hacerle entender a la gente desde el conocimiento tradicional, pues las comunidades indígenas tienen una conexión especial con la naturaleza

Otro de los grandes desafíos es que no se pierda la cultura indígena y por eso el apoyo que les puede brindar es determinante para que ellos sigan transmitiendo de generación en generación su saber y conocimiento y la forma de cuidar la naturaleza. "Yo no entiendo como un aserrador, una persona que envenena un río u otra que mata un animal puede hacerlo. Todo lo hacen porque sí, sin valorar que se están acabando con lo que genera vida".

La biodiversidad en el parque Amacayacu es majestuosa. Este es un fraile. Foto: Angélica Martínez Alfonso/Parques Nacionales Naturales

Dice que un cazador normal no tiene el conocimiento, ni la esencia con la naturaleza, "mata porque sí", mientras que las comunidades indígenas hacen labores de pesca y caza, pero saben convivir con los ecosistemas. 

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Julio hace parte de los 27 guardaparques que en condiciones normales están cuidando el Amacayacu; sin embargo, por cuenta de la pandemia y el confinamiento, el número se ha reducido considerablemente. 

Asegura que es un parque tranquilo en el que, por fortuna, no han sido víctimas de amenazas o de hostigamientos por parte de fuerzas ilegales. Una de sus mejores armas es que mantienen permanenete comunicación con las comunidades. 

El Amacayacu cuenta con diversidad de especies. Allí pueden encontrarse churucos, nutrias o lobos de agua, puercos de monte, serpientes e infinidad de aves dentro de ellas: tucanes, loros, azulejos, gavilanes, martín pescador y trepatroncos.

"Tengo un gran amor por el territorio y por eso amo y disfruto lo que hago", dice Julio León, para quien es necesario que todas, absolutamente todas las personas, entiendan que sin naturaleza no hay vida. 

Cristobal Leonel Panduro, trabaja de forma coordinada con las comunidades en el manejo de territorio. Foto: Parques Nacionales Naturales

Cristobal Leonel Panduro, también hace parte del equipo de guardaparques que se encarga de salvaguardar el parque Amacayacu. Lleva 9 años en el área y su función es profesional de apoyo. Le apasiona trabajar desde diferentes ángulos. Uno de ellos es el tema cultural que está relacionado con el ordenamiento del territorio a partir del conocimiento tradicional de las comunidades.

De este proceso nació un proyecto de chagra, que vienen trabajando desde 2013 y a través del cual han consolidado elementos importantes que han permitido lograr acuerdos interinstitucionales entre Parques Nacionales y las comunidades para el manejo del territorio. 

"La chagra es una representación del territorio. En ella está sembrado todo el conocimiento de las comunidades respondiendo a las historias de orígenes, cómo fue creado el mundo, las dietas que se deben hacer, las herramientas naturales que se deben usar de acuerdo con las épocas, la importancia de saber en qué momento se siembran las semillas y a través de ellas fortalecer el territorio. La chagra es de vital importancia", dice Cristobal. 

Con esta iniciativa, el objetivo también es valorar y determinar cómo está el suelo en el resguardo San Martín y Mocagua. Cuenta que los abuelos han realizado estudios de manera empírica para determinar cómo está su suelo y admite que una de las grandes procupaciones que le surgen es que, de acuerdo con los análsis, en 2006 había alrededor de 200 especies sembradas en la chagra y en 2019 este número se redujo a 70, lo que pone en evidencia un gran declive.

Ante esta realidad los abuelos han comenzado a realizar análisis a partir de sus conocimientos para determinar cuáles son las afectaciones del suelo y de qué maneja pueden trabajar para mejorar esa situación que actualmente se presenta. 

Este indígena de origen Tikuna ama su trabajo. "Es una pasión que se lleva por dentro porque nuestros abuelos nos contaban las historias del origen y esto nos permite entender que cada cosa que hay en el territorio cumple una función importante y vital". 

Considera que uno de los principales los desafíos de su trabajo es lograr acuerdos entre la entidad para la que trabaja y las comunidades que habitan en la zona con la idea de construir una confianza que permita aunar esfuerzos para lograr la sostenibilidad del territorio, por ello "echa mano" de todas las herramientas que tenga a su alcance para lograr este objetivo. 

Transferencia de conocimiento

Cristobal también dedica tiempo importante a la construcción de una  Maloca Tikuna, con el fin de generar un espacio en el que las autoridades tradicionales puedan transmitir y compartir conocimiento y por ello también está en el proceso de consolidar un equipo de abuelos en los resguardos San Matín y Mocagua para que cumplan con esa misión de ilustrar a los más jóvenes sobre todos esos saberes que son clave en el desarrollo de su cultura. 

“Desde la maloca se transmiten conocimientos, se fortalece la gobernanza y se comparte la sabiduría ancestral”, dice y admite que el proceso va lento porque faltan recursos, pero lo considera determinate y por ello no ahorrará esfuerzos para sacarlo adelante. 

Reconoce que la escasez de recursos es una de las mayores limitantes, pero no ahorra esfuerzos en encontrar estrategias que le permitan seguir cumpliendo con su misión, pues considera que falta mucho camino por recorrer y él quiere estar ahí para seguir trabajando por la naturaleza y los ecosistemas, pero también con las comunidades que son determinantes en la conservación y cuidado del territorio.

 Los monos churucos son animales que se avistan con frecuencia en el parque Amacayacu. Foto: Angélica Martínez/Parques Nacionales Naturales