Combatir el tráfico ilegal de especies no es una tarea fácil. De hecho, con el paso de los años es cada vez más difícil porque los traficantes recurren a formas inimaginables para mandar los animales o, en su defecto, se amparan en las redes sociales e internet para hacer sus negocios.

Este año, la Policía Nacional ha incautado más de 16.000 especies de animales silvestres víctimas de estas mafias, superando los números de 2019. Esto significa que la pandemia en lugar de ayudar a disminuir este flagelo, lo disparó.

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Las cifras no son alentadoras. Sin embargo, la Policía Ambiental y Ecológica sigue trabajando para dar con los responsables de estos delitos y, por supuesto, lograr recuperar a las especies que nunca debieron salir de su hábitat natural.

Allí es donde los binomios caninos de detección de fauna silvestre juegan un papel fundamental. Un caso en Leticia, Amazonas, así lo demuestra.

Fruco y Diego lograron recuperar 1883 tortugas mata mata en Leticia. Foto: Patrullero Diego Angulo vía WCS

Era marzo de 2020, cuando apenas empezaba la pandemia, una de estas duplas le dio un duro golpe a una de las mafias. 

Diego Angulo, patrullero de la Policía, estaba con su compañero Fruco, un labrador dorado con quien a diario trabajan para salvar especies víctimas de tráfico, en el aeropuerto Alfredo Vásquez Cobo de Leticia. 

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Era un día más de trabajo. Revisando cajas, maletas, paquetes y carga para comprobar que ninguno de estos lleve en su interior animales silvestres para comercializar. En medio de ese proceso, Fruco quedó inmóvil y empezó a olfatear, lo que es una señal clara para Diego.

Eran unas cajas para el transporte de pollos que al abrirlas tenían varias bolsas plásticas llenas de algo que no paraba de moverse. Eran nada más y nada menos que 1883 tortugas mata mata (Chelus fimbriata) que iban directo a ser comercializadas ilegalmente. 

En la mayoría de estos casos muchos animales mueren en el recorrido por las pésimas condiciones en las que son transportados. En este caso, sin embargo, la mayoría de tortugas seguía con vida y las pudieron salvar.

Colombia fue el primer país de Latinoamérica en implementar el banco de olores para entrenar a los perros. Foto: Patrullero Diego Angulo vía WCS

Meterlos en cajas puede ser quizá una de las formas menos dramáticas de transportar a los animales. Muchos traficantes recurren a zapatos, botellas de plástico, llantas de camiones, frascos de rollos para fotografías, entre otros contenedores, para llevar a estos indefensos animales a sus destinos.

Según el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), el tráfico ilegal de especies es la segunda causa de pérdida de flora y fauna en el mundo, siendo Colombia y otros países megadiversos, los principales perjudicados. Las cifras son alarmantes, pues en el planeta entero uno de cada cinco vertebrados son víctimas de este delito en el planeta, de acuerdo con datos de National Geographic.

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Combatirlo es difícil, no solo por los métodos y estrategias que utilizan, sino porque es el tercer negocio más lucrativo del mundo con ganancias de hasta 25.000 millones de dólares al año, según la Organización de Naciones Unidas.

Es por eso que el trabajo de los binomios caninos no es cualquier cosa, ni se hace de la noche a la mañana. Esto requiere de, al menos, cuatro meses de entrenamientos,  premios por cada elemento encontrado, además de ejercicios repetitivos y sistemáticos para ir desarrollando lo más importante de este trabajo: el sexto sentido. Tanto el patrullero como el perro empiezan a forjar una confianza el uno con el otro para poder identificar el contenido de estos paquetes y saber cuándo hay algo sospechoso. 

Los ladridos o movimientos específicos son claves para que el compañero identifique que el perro encontró animales silvestres o partes de estos. Además, no cualquier raza de perro es idónea para ser parte de un binomio canino. Los labradores retriever y los pastores alemanes son los mejores para desarrollar esta tarea.

Juan Manuel Escobar, biólogo y líder del equipo de Protección, Prevención e Investigaciones en Fauna Silvestre de la Secretaría Distrital de Ambiente de Bogotá, le explicó a la Wildlife Conservation Society (WCS) que Colombia fue pionera en tener un banco de olores para entrenar a los perros.

Se trata de varias muestras de piel, plumas, pelaje, caparazones u otras partes de especies que el perro percibe para poder diferenciar estos olores en el día a día de su trabajo. 

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“Este banco enmarcado en la detección de fauna silvestre fue el primero en toda Latinoamérica y es imprescindible en el reentrenamiento constante de los caninos. Es, además, un complemento clave en esta estrategia de localización del tráfico”, dijo Escobar. 

Sin embargo, existe un déficit en el número de binomios caninos. En el aeropuerto de Leticia, por ejemplo, Fruco y Diego son los únicos que realizan esta importante labor. “Con más binomios podríamos detectar más, en esto cada minuto cuenta”, expuso el patrullero.

Reforzar este sistema en Colombia, que fue el primero en tenerlo en Latinoamérica, ayudaría al país a ser reconocido por este trabajo.

El patrullero Miguel Salamanca trabaja en Bogotá y estuvo muchos años acompañado de su compañero Poly, un labrador retriever que murió hace poco y al que describe como muy listo y cariñoso. Foto: Patrullero Miguel Salamanca via WCS

Los patrulleros explican que para ciudades como Bogotá, que es el epicentro de tráfico de fauna, es necesario tener al menos cuatro patrulleros y ocho caninos especializados para esta labor.

Tener un perro que detecte animales transportados de manera ilegal complementa las habilidades del patrullero”, aseguró Andrés Balcázar, biólogo y especialista en tráfico del Programa Combate al Tráfico de Vida Silvestre de WCS.

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Aunque sea difícil, la lucha contra este delito sigue. Lo ideal es que para 2021 los números registrados en este año disminuyan sustancialmente y que cada vez sean más los operativos para salvar a los animales víctimas del tráfico, no solo a aquellos a los que transportan vivos, sino también a las partes de miles de animales que asesinan por quitarles las garras, colmillos, pieles u otras partes del cuerpo. 

En Bogotá, por ejemplo, la Secretaría Distrital de Ambiente llevó a cabo en 2019 la operación ‘Ancestros’ dentro de un centro comercial. Allí encontraron 1.431 subproductos hechos con partes de animales, y se detectó la venta de plumas, cuernos, pieles, cascabeles de serpiente, colas de armadillo, entre otros elementos.