El arraigo cultural en algunas partes del país causa graves afectaciones a la fauna silvestre, que en época de Cuaresma se vuelve muy susceptible a la caza para consumo humano. En la región Caribe, especies como tortugas hicoteas e iguanas hacen parte de la dieta de gran parte de la población, una tradición que se fortalece cuando se acerca la Semana Santa. 

La carne de babilla y águila cuaresmera también es consumida en algunos territorios de Colombia, alimentos que llegan a su tope durante esta época del año. La tradición católica prohíbe el consumo de carne roja en los días de recogimiento espiritual, razón por cual la carne blanca de los animales silvestres se eleva a niveles desproporcionados.

La venta de carne de iguana y tortugas como la hicotea y la morrocoy son comunes en las principales vías de los departamentos del Caribe colombiano; al igual que los huevos de estos reptiles, los cuales son vendidos de forma descarada en racimos que los vendedores se cuelgan en el cuello.

La iguana es uno de los animales más sacrificados en época de cuaresma. Foto: Felipe Villegas/Instituto Humboldt.

Esta venta, catalogada como ilegal por la normatividad ambiental y que puede arrojar penas de hasta 108 meses de cárcel y multas de 35.000 salarios mínimos, se puede ver en casi todos los municipios de la Costa Atlántica y ha logrado sobrevivir al paso de los años.

“La Semana Santa en Colombia es una época crítica para muchas especies de fauna silvestre, en especial reptiles como iguana verde (Iguana iguana), tortuga hicotea (Trachemys callirostris), tortuga morrocoy (Chelonoidis carbonaria) y babilla (Caiman crocodylus), todo debido al alto consumo de su carne y huevos”, dijo María Piedad Baptiste, investigadora del programa de biología de la conservación y uso de la biodiversidad del Instituto Humboldt.

Según Baptiste, tres de estos reptiles lideran el ranking de los 10 animales silvestres más traficados en Colombia. Tortuga hicotea, tortuga morrocoy e iguana verde están en el top del listado, seguidas por el periquito bronceado, la lora común, la cotorra cheja, la ardilla, el tití gris, el mico maicero y algunas ranas.

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“La demanda de especies silvestres en Colombia tiene varias motivaciones. En el caso de los reptiles es por el consumo de su carne y huevos, una presión que aumenta considerablemente durante la Cuaresma y los días de Semana Santa; las aves, mamíferos y anfibios son para tenencia ilegal como mascotas”.

Andrés Rymel Acosta, curador de la colección biológica de herpetología del Instituto Humboldt, dijo que el consumo de estas especies de reptiles es una práctica de antaño en el país, en especial en los territorios costeños.

“Es una práctica histórica en el Caribe. Por ejemplo, en enero de 1967 el Inderena emitió el decreto 23 sobre la protección de la iguana por el alto consumo de carne y huevos durante la Cuaresma y Semana Santa, al prohibir su caza con fines comerciales y establecer su veda entre diciembre y mayo. Las tortugas dulceacuícolas también son consumidas desde hace tiempos remotos, en especial en zonas de Bolívar, Cesar, Córdoba y Sucre”.

La flora tampoco se escapa

En cuanto a la flora, la especie que más ha sufrido por las tradiciones religiosas en Colombia es la palma de cera (Ceroxylon quindiuense), planta que en el mundo solo habita en zonas del Quindío, Tolima y Caldas, y la cual ha servido como materia prima para la elaboración de los ramos de Semana Santa.

Sin embargo, Baptiste asegura que la palma de cera cuenta con varias iniciativas que buscan reducir su extracción, “contribuyendo así regionalmente a acciones para su recuperación. Esto demuestra que las iniciativas pueden ser efectivas cuando hay conciencia ciudadana y acción colectiva”, dijo la investigadora.

La Policía Nacional reveló en un balance de gestión que el tráfico ilegal de especies silvestres es considerado como el tercer negocio ilegal más grande y lucrativo a nivel mundial. “Según la Interpol, este tráfico genera anualmente una cifra cercana a los 17.000 millones de dólares a nivel mundial”.

En 2017, la entidad incautó o decomisó 21.127 especímenes de fauna en el país, su mayoría en los departamentos de Sucre, Córdoba, Caldas, Boyacá, Cundinamarca, Valle del Cauca y la región del Urabá. “Las especies de fauna más afectadas fueron la iguana verde (9.588), tortuga hicotea (8.121), babilla (3.537), canario (607) y oso perezoso (157), su mayoría en los departamentos del Caribe”.

Aunque este año Colombia celebrará la Semana Santa durante los primeros días de abril, el viacrucis de los reptiles ya empezó en el Caribe. En los últimos días, más de 9.000 huevos de iguana fueron decomisados en Magdalena y Bolívar: 4.300 en viviendas del municipio de Ciénaga y 5.000 decomisados en un bus que transitaba por Magangué.

En los operativos de Ciénaga, la Fiscalía General de la Nación capturó a tres ciudadanos que al parecer integran la banda de ‘Los Reptiles’, una red dedicada a la comercialización y tráfico ilegal de huevos de iguana en el Caribe colombiano.

“Por estos hechos, un fiscal les imputó los delitos de ilícito aprovechamiento de recursos naturales renovables, en concurso con maltrato animal. Dos de los procesados recibieron medidas restrictivas de la libertad, ya que habían sido capturados anteriormente por conductas similares”, informó la Fiscalía.

La iguana se ha visto bastante afectada desde hace siglos por la acelerada pérdida del hábitat, la cacería y el consumo humano. Foto: Felipe Villegas/Instituto Humboldt.

Según el ente de control, estas personas tenían un centro de acopio de huevos de iguana para su posterior comercialización en la carretera que de Tasajera conduce a Ciénaga. “Las valoraciones realizadas por peritos ambientales revelaron que, para poder extraer los huevos, fueron necesarias al menos 300 iguanas”.

Ante esta realidad, el Instituto Humboldt hace un llamado a la ciudadanía para que no siga afectando la población de estas especies con su consumo desmesurado.

“Las tradiciones y el arraigo cultural pueden causar graves impactos en nuestra biodiversidad. Por ejemplo, en Colombia las tortugas hicotea y morrocoy ya están catalogadas como especies vulnerables a la extinción. El llamado es a celebrar las fechas religiosas de una manera armoniosa con nuestros recursos naturales”, precisó Hernando García Martínez, director del Instituto Humboldt.

La triste historia de la iguana

Este reptil, una especie de climas cálidos que aporta a la regulación y funcionamiento de los ecosistemas, dispersa semillas y favorece el crecimiento de la vegetación.

Aunque esta iguana no representa mayor preocupación para la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN), sí se ha visto bastante afectada desde hace siglos por la acelerada pérdida del hábitat, la cacería y el consumo humano. En el Caribe colombiano podría catalogarse como uno de sus mayores representantes, ya que se le ve con mucha frecuencia tanto en los tupidos y espinosos árboles de los bosques secos como en los parques urbanos donde la vegetación sigue en pie.

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Tal vez por esa aparente abundancia, los pobladores la han cazado para consumir sus huevos y carne desde hace siglos, una tradición que, a pesar del evidente maltrato que sufren las iguanas hembras, sigue viva. Las iguanas, que se aparean a final de año, desovan justo durante las fechas de Semana Santa en Colombia, es decir entre marzo y abril. Sin embargo, antes de que esto suceda, estos reptiles son cazados en diferentes ecosistemas para extraerles los huevos, que pueden alcanzar la cifra de 30 por postura.

La venta de huevos de iguana es una de las tradiciones más arraigada en el Caribe colombiano. Foto: Corpamag

La agonía de la iguana no acaba con esa extracción. Luego de sacarle los huevos, las hembras siguen con vida y en algunas ocasiones, los cazadores les rellenan el vientre con piedras y las cosen. Otros las dejan abandonadas y algunos aprovechan para comercializar su carne cuando mueren.

“A pesar de los frecuentes controles y campañas de sensibilización, el consumo de huevos y carne de iguana sigue vivo en el Caribe porque a la mayoría de sus habitantes les encanta el sabor de su carne, al que comparan con el del pollo”, anota Acosta.

Hervidas y cercenadas: la agonía de las hicoteas

Esta tortuga es única de Colombia y Venezuela, es decir endémica para ambos países. Actualmente se reconocen dos subespecies: Trachemys callirostris callirostris (hicotea colombiana) y Trachemys callirostris chichiriviche (hicotea venezolana).

En Colombia habita en las cuencas y humedales del Caribe y Magdalena, en departamentos como Antioquia, Atlántico, Bolívar, Cesar, Córdoba, Cundinamarca, La Guajira, Magdalena, Santander y Sucre.

En las ciénagas, humedales y relictos del bosque seco del Caribe, los cazadores siempre están al acecho de estas tortugas para vender sus partes en el mercado negro o en las principales vías de la costa. Lo primero que hacen es prenderles fuego a las zonas boscosas, para que las tortugas salgan de su refugio.

Cuando las atrapan, las hicoteas son víctimas de crueles maltratos por parte de sus captores. Son puestas vivas en ollas y platones con agua hirviendo, una práctica realizada para aflojar la poca carne que tienen. El paso a seguir es aún más nefasto: con seguetas le retiran el caparazón, las asierran vivas y les extraen la carne para venderla.

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Esta práctica tiene su mayor tope en los meses y días previos a la Semana Santa. Los caparazones de las hicoteas representan amuletos de la suerte para los pescadores. Según la Fundación Omacha, algunos creen que atrae la abundancia y prosperidad, tanto así que lo usan como elemento decorativo en la puerta principal de sus viviendas.

La tortuga hicotea era uno de los animales más adorados por las comunidades indígenas del Caribe. Foto: Mónica A. Morales (Instituto Humboldt).

“La cabeza es usada como reliquia en las cocinas, colgada del techo justo al lado del fogón, de tal modo que el humo procedente de este cree contacto directo con los restos. Esta práctica es empleada para generar buena suerte a la hora de cazar hicoteas para el consumo”.

Para Acosta, su excesivo consumo se debe a que muchos habitantes del Caribe consideran a su carne como un manjar exquisito y con poderes afrodisíacos. “Dicen que la carne de las hicoteas otorga salud, algo que se torna aún más crítico durante la Cuaresma por la prohibición del consumo de carne roja”.

El investigador del Humboldt manifestó que la carne de esta tortuga es utilizada para hacer sopas. “Las manos y patas son vistas como vísceras. Estos caldos son llamados en la región como levanta muertos, ya que consideran que cura varias enfermedades”.

Estudios sobre la hicotea estimaron que la extracción en toda la costa Caribe de Colombia en un año se aproxima a dos millones de tortugas. “Al hacer el seguimiento de cinco de los 15 cazadores, en la época de lluvia extrajeron aproximadamente 173 hicoteas y 352 en la época de sequía”.

Las afectaciones de este reptil no se limitan a la caza para consumo. La alteración de su hábitat, como ciénagas y otros cuerpos de agua dulce similares, lo tiene en grave peligro. “En los últimos 20 años, la cuenca del río Magdalena ha presentado una transformación del 56 por ciento, como la desecación de los humedales y los impactos de los proyectos hidroeléctricos”, informa el Libro Rojo.

En Colombia ya fue catalogada como una especie vulnerable a la extinción debido a la reducción mayor o igual al 30% en las últimas tres generaciones, una estampa que podría pasar a en peligro si sus verdugos continúan cazándola y consumiendo su carne y huevos. La contaminación ambiental y la alteración del hábitat también afectan la distribución y abundancia local de sus poblaciones.

Morrocoy, otra especie que sucumbe

Aunque la hicotea es la tortuga más consumida en el Caribe, la morrocoy no escapa a esta práctica. La cuenca del río Magdalena, las tierras bajas secas del Caribe y la Sierra Nevada de Santa Marta, son algunos de sus hogares. También hace presencia en la isla de Providencia, donde fue introducida por el hombre.

“Las tortugas del género Chelonoidis son carroñeras. En los bosques de la Amazonia, estos reptiles habitan en las zonas con alta presencia de vertebrados para comer sus cadáveres. Sin embargo, también consumen frutas, plantas y otros animales vivos. Aprovecha los recursos del bosque en todo su nivel”, menciona Acosta.

La tortuga morrocoy carece de dedos visibles y solo se le ven las uñas. Foto: Felipe Villegas (Instituto Humboldt).

El Libro Rojo de reptiles informa que en el Caribe tiene sus posturas desde julio hasta febrero, con picos entre septiembre y noviembre. La hembra generalmente excava un hueco en la tierra para sus huevos, cuatro en promedio, y los tapa bien.

En algunos sitios del Caribe, las tortugas morrocoy son cazadas debido a la creencia de que su consumo aumenta el vigor sexual. “Además de este consumo, que también se incrementa durante la Cuaresma por representar una fuente de proteína, los habitantes la capturan o compran de forma ilegal para tenerla en sus casas como un amuleto de buena suerte”, revela Acosta.

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Aunque durante la Cuaresma y Semana Santa el objetivo principal de los cazadores son las hicoteas, ya que permanecen en grupo y en grandes cantidades, los morrocoy también caen en sus redes para comercializarlos en el mercado de mascotas o consumirlos.

La morrocoy también está amenazada por la deforestación y la transformación del hábitat generada por la ganadería, quemas, minería ilegal y extracción de madera, por lo cual en Colombia está considerada como una especie vulnerable a la extinción.

Babilla: vendida como carne de pescado

El Caiman crocodilus, más conocido como babilla, cachirre o babo, es considerado un cocodrilo de tamaño pequeño: de hasta 2,8 metros en los machos y 1,8 metros en las hembras.

En la región Caribe, los cazadores y comerciantes engañan a la ciudadanía con la carne de esta babilla. “En la época de Cuaresma, las babillas son altamente cazadas para comercializar su carne. Sin embargo, en los mercados las venden como carne de bagre o pescado salado, uno de los platos típicos de la costa durante la época de Semana Santa”, expresó Acosta.

El investigador del Humboldt precisa que la carne de babilla no es vista como un manjar, como sí ocurre con la hicotea. “Por ejemplo, en las zonas rurales las cazan para darle la carne a los perros. Ni siquiera los indígenas la consideran como una gran fuente de proteína: prefieren la carne de las tortugas”.

La cacería ilegal de babillas en las cuencas Caribe y Magdalena es sin duda la de mayor impacto sobre las poblaciones en todo el país. Sin embargo, la especie cuenta con varias medidas de conservación, como programas en La Guajira y Atlántico, zoocriaderos y trabajo comunitario para monitorear las poblaciones naturales y liberaciones.

La carne de babilla en muchas ocasiones es vendida como bagre o pescado salado. Fotos: Jhon Barros.

El consumo de estos reptiles en el Caribe colombiano es una práctica de antaño que persiste en la idiosincrasia costeña. Aunque ha disminuido en los últimos años debido al trabajo articulado de diversas autoridades y entidades, su final pareciera no estar cercano.

“Uno no debe pelear con las tradiciones ancestrales. La solución está en darle a la población otras opciones y basarse en la educación ambiental de las nuevas generaciones. Los jóvenes y niños cada día son más sensibles a los temas de la biodiversidad y el cuidado de los recursos naturales”, considera Acosta.

El investigador del Instituto Humboldt cree que los centros educativos deben fortalecer las campañas de educación ambiental, en especial de las especies de la fauna y flora colombiana que se han visto afectadas por las tradiciones ancestrales como estos cuatro reptiles.

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“Si las nuevas generaciones conocen los diferentes roles que cumplen las iguanas, tortugas y babillas, esa educación ambiental va a frenar de plano ese tipo de prácticas. Más que cambiar las costumbres, la clave está en educar a la población. Así sucedió con la palma de cera, ya que hoy en día los feligreses llevan a los templos plantas vivas para bendecir en lugar de los ramos con la hoja de esta palma”.

Para Carlos A. Lasso, Investigador Senior del programa de Ciencias de la Biodiversidad del Instituto Humboldt, es indiscutible que existe una situación de tráfico de fauna silvestre con especies como la iguana, las tortugas hicotea y morrocoy y la babilla, debido a acciones con fines comerciales y no justificados.

“El uso de los huevos, por ejemplo, más que una necesidad proteica es un capricho o costumbre transmitida de generación a generación como un producto exquisito, al igual que la carne de morrocoy e hicotea. Esto no es exclusivo de la región Caribe de Colombia, también existe en Venezuela y en otras regiones de la geografía de ambos países”.

Sin embargo, Lasso precisa que en algunos municipios y las zonas más alejadas hay necesidades en la población en cuanto a la ingesta alimentaria, algo que no ha sido cubierto por diferentes razones y por lo cual las comunidades hacen uso de las especies silvestres.