* Este es un contenido periodístico de la Alianza Grupo Río Bogotá: un proyecto social y ambiental de la Fundación Coca-Cola, el Banco de Bogotá del Grupo Aval, el consorcio PTAR Salitre y la Fundación SEMANA para posicionar en la agenda nacional la importancia y potencial de la cuenca del río Bogotá y  sensibilizar a los ciudadanos en torno a la recuperación y cuidado del río más importante de la sabana.

En Pauna, municipio de Boyacá conocido por la producción de esmeraldas, Cándido Villalobos y Luz Elena Burgos, dos campesinos expertos en labrar la tierra, procrearon cinco retoños. La familia vivía en una casa humilde rodeada por el verde de la montaña.

El canto de las aves iniciaba en la penumbra de la madrugada y el correr del agua cristalina de los ríos se escuchaba con fuerza. Las brisas cálidas y frías eran una constante en todo el territorio, que alberga diversos cultivos que van desde la papa hasta el chontaduro.

Le puede interesar: La mamá del humedal Tibanica, el portal de los altares de los muiscas

Cuando Dora Consuelo Villalobos Burgos cumplió los dos años de vida, la única hija mujer de este par de campesinos, la familia partió hacia Bogotá debido a la crisis económica del campo. Allí estuvieron siete años, hasta que decidieron regresar al terruño boyacense donde la pequeña despertó una enorme sensibilidad por la naturaleza. 

Dora Villalobos lleva dos décadas de lucha comunitaria y ambiental en la localidad de Kennedy. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

“Tuve una niñez muy bonita envuelta en las costumbres tradicionales del campo. Eran los años 70 y con mis hermanos cogíamos las frutas de los árboles, nos bañábamos en las quebradas y tomábamos el agua pura de los nacimientos”, recuerda Dora, hoy con 55 años de vida.

En las mañanas, la niña nutría su mente en el colegio del pueblo, donde era una de las estudiantes más aplicadas y conversadoras, características que aún conserva. En las tardes le ayudaba a su mamá con las labores de la casa y se deleitaba con la magia biodiversa del paisaje de la finca. “Por las cosas de la vida no terminé el bachillerato. A los 18 años conocí a Tito Alfonso Carvajal, el amor de mi vida”.

La pareja de enamorados empezó a construir su futuro soñado en Pauna. Tito era viudo y tenía tres hijos pequeños, que Dora acogió como si fueran suyos. Ella tenía un niño de una relación pasada y al poco tiempo le dieron la bienvenida a dos retoños propios. 

Tito la ha acompañado en su batalla ambiental y social. Cándido y Luz Elena, sus padres, le inculcaron la tradición campesina. Fotos: archivo Dora Villalobos.  

Somos una familia grande: mis hijos de crianza son Luis Helbert, Nidia Marcela y Nelly Johana; Jhon Eder es el que tuve antes de conocer a mi esposo; y Arley y Judy Cristina los que ambos procreamos”.

Con la plata que Tito ganaba como aserrador, trabajo que consistía en tumbar monte para los cultivos y el ganado, la familia compró una casa en el pueblo, donde Dora puso una tienda para la venta de cerveza, víveres y mecato. 

Le puede interesar: ESPECIAL: Córdoba, el humedal que la comunidad salvó del cemento

Al poco tiempo, los esposos adquirieron un terreno en la zona rural para construir una finca. “Empecé a bordar tejidos coloridos en lana, material que traía de Chiquinquirá, al igual que ropa para vender con las vecinas de la cuadra. También compraba gallinas para tener en la finca y obtener unos pesitos de más”. 

El amor por la naturaleza de Dora empezó de niña, en la finca familiar en Pauna. Foto: SDA.

En esos años, Dora empezó a desarrollar una pasión por el trabajo social y comunitario, algo que tuvo sus inicios cuando era estudiante, cuando lideraba los bailes, declamaciones de poesía y obras de teatro en el colegio. Las profesoras de la escuela donde estudiaban mis hijos me llamaban para que organizara los bazares y eventos. En el pueblo participé en la construcción de un jardín para los niños. Ayudar a la comunidad siempre ha hecho parte de mi ser”.

Tito permanecía largos periodos fuera de Pauna cuando lo contrataban como aserrador, ausencias en la que Dora quedaba a cargo de los seis niños, la tienda y la finca. Era la financista de la familia y no se conformaba con los pesos que traía su esposo, siempre inventaba cosas para mejorar las finanzas. 

“Lo irónico del cuento es que aunque Tito tumbó mucho monte como aserrador, hoy en día suma una cantidad incalculable de árboles sembrados. Fueron tiempos muy bonitos en el campo antes de que llegara la violencia”.

El humedal La Vaca es el séptimo hijo de Dora y Tito. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

Adiós al terruño

En los años 80 y comienzos de los 90, la economía del pueblo giraba en torno a los esmeralderos, quienes contrataban a los campesinos como mineros para que, con pico y pala en mano, encontraran las piedras preciosas de color verde. Ese negocio, según cuenta Dora, atrajo a la guerrilla y los cultivos ilícitos como la coca. 

“A Tito la guerrilla lo contrató varias veces para que hiciera trochas y puentes por el monte. Nuestra tienda se convirtió en un epicentro a donde llegaban los campesinos luego de permanecer varios días en las minas, los cultivadores, los patrones que contrataban a los aserradores y las personas que participaban en los negocios ilegales. A veces nos dejaban a guardar costales, maletas y mochilas, algunas con cosas ilícitas que ignorábamos”.

Le puede interesar: Las nuevas aves que el cambio climático trajo a los humedales de Bogotá

En los primeros años de la década del 90, el Gobierno dio marcha a una serie de negociaciones con los grupos ilegales para concretar la paz. Dora y Tito fueron a varios de esos encuentros en las veredas. “Éramos como los razoneros. Al que llegaba a la tienda le decíamos en dónde era la reunión, algo que a la guerrilla no le gustó. También había una guerra con los esmeralderos de Muzo, lo que generó matanzas de muchos jóvenes”.

Dora y Tito llevan más de 30 años juntos luchando contra las injusticias sociales y defendiendo el verde. Foto: archivo Dora Villalobos.

A los esposos les llegó un ultimátum para que salieran de la zona o de lo contrario los iban a matar. Dora recuerda con nostalgia y rabia que en el año 1991, se corrió el rumor de que iban a poner una granada en la casa familiar si no hacían caso.  “Cogimos unas pocas cosas y nos fuimos para el monte durante 15 días. Dejamos los niños donde unos amigos en una vereda. Tito logró hablar con gente del Ejército, quienes le dijeron que no conocían ninguna orden contra la familia. Nos armamos de valor y regresamos al pueblo, pero la situación era muy fea. Nos tocaba irnos para siempre del lugar donde estábamos construyendo nuestro futuro”.

Con la ayuda de un amigo comerciante que tenía un camión, Dora y Tito enviaron a sus hijos escondidos a una vereda cercana del casco urbano. Aún guardaban la esperanza de que los dejaran tranquilos, pero la amenaza de la granada seguía corriendo por el pueblo. Un día, a las 11 de la noche, ambos se camuflaron en la parte trasera del camión para ir por sus hijos y no regresar jamás.

A la gran ciudad

Con las manos vacías, la familia Carvajal Villalobos llegó en la madrugada a la plaza de Corabastos en Bogotá. Allí llamaron a los papás de Dora, que vivían desde hace varios años en el barrio Patio Bonito, en la localidad de Kennedy, con algunos de sus hermanos. Nadie sabía de su huída o de las amenazas por parte de la guerrilla.

“Casi no pudimos dormir por la zozobra, pero ya estábamos bien lejos de los enemigos. Con Tito nos miramos a los ojos y dijimos: ¿y ahora qué vamos a hacer? Mis papás nos tendieron la mano, pero al comienzo fue muy difícil. Pasamos de vivir en una casa donde cada niño tenía su cuarto a dormir todos en una misma habitación pequeña. Fue un duro golpe en el tartazo, pero no podíamos llorar sobre la leche derramada”.

Cuando llegó a Kennedy, el humedal La Vaca estaba sepultado bajo escombros y basuras. Foto: Daniel Bernal - Fundación Humedales Bogotá.

La tentación por volver al terruño a recuperar lo que tanto les había costado construir, siempre estuvo latente. Dora recuerda que su esposo tenía toda la intención de regresar solo a Pauna, pero ella se lo impidió. “Todos o ninguno, a donde va el mar van sus arenas, le dije. Mi mamá vendía envueltos, huevos y café en Corabastos, y le informó a Tito que allá podía conseguir trabajo en las bodegas. Conoció a un señor del M-19, grupo que tenía la administración del sitio, quien lo contrató para viajar por muchos sitios del país”.

Le puede interesar: Conozca los búhos que habitan en Bogotá y la sabana

Con el dinero que obtuvo en ese trabajo, Tito compró un lote en Cúcuta, que lo vendieron rápidamente porque era ilegal. “Con esos ahorros empezamos a sostenernos y ayudar para el mantenimiento de la casa de mis papás. Uno de mis hermanos tenía una panadería, pero estaba casi en quiebra. Con Tito nos metimos en el negocio y luego lo compramos, nos tocó aprender a hacer pan. Pero tanta gente en un mismo espacio generó problemas de convivencia. Cada pollo debe estar en su corral”.

Espere mañana: CAPÍTULO DOS: ¿Cómo fue el loteo en el humedal La Vaca?