José Guacaneme, un campesino del municipio de Villapinzón, siempre ha vivido de cultivar papa, actividad que ha pasado de generación en generación en su familia. Vive en una finca con su esposa y cinco hijos, donde tiene varias parcelas para cosechar ese tubérculo. 

Sin embargo, desde hace varios años el negocio empezó a generarle pérdidas, razón por la cual decidió comprar dos vacas. “La papa es poco rentable. Nadie nos garantiza que la cosecha se vaya dar y cuando llegan las heladas y las plagas no sobrevive nada. El Estado no ayuda, por lo cual ahora estoy más enfocado en el ganado”.

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Carlos Roa, otro habitante del pueblo, también se ha volcado hacia la actividad pecuaria. “El que ahora cultiva lo hace por amor. Aunque soy experto en el cultivo de papa, decidí comprar vacas, una actividad que no genera pérdida. De vez en cuando llevo bultos del tubérculo a una bodega que hay en el casco urbano, pero las ganancias son mínimas”.

Los campesinos de la cuenca alta del río Bogotá ahora prefieren dedicarse a la ganadería por los altos riesgos de los cultivos. Foto: Jhon Barros.

Lo que ignoran estos campesinos es que los suelos de toda la cuenca hidrográfica del río Bogotá, conformada por 589.000 hectáreas de 46 municipios de Cundinamarca y la capital del país, no cuentan con vocación ganadera. Es decir que los terrenos no tienen la capacidad para soportar el frecuente pisoteo de las vacas.

Según cifras del Instituto Geográfico Agustín Codazzi (IGAC), en la cuenca no hay una sola hectárea catalogada como pecuaria, pero más de 198.000 ya son destinadas para dicha actividad. Este conflicto de uso del suelo causa impactos casi irrecuperables en las tierras y genera que la agricultura sea cada vez menor.

Al meter ganado en suelos no aptos para tal fin, estos sufren de compactación y erosión, procesos que según el IGAC tardan cientos de años en recuperarse y los terrenos pierden todo su potencial agrícola.

Las vacas no deberían ser parte de la cuenca del río Bogotá. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Los cinco municipios con mayor cantidad de terrenos ganaderos son Guasca (10.610 hectáreas), Subachoque (9.991 hectáreas), Chocontá (9.967 hectáreas), Facatativá (9.442 hectáreas) y Suesca (9.433 hectáreas).

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La compactación generada por el pisoteo del ganado causa una pérdida de la estructura del suelo y de la materia orgánica. “Esto puede llegar a afectar hasta 50 centímetros de suelo, aumentar la escorrentía y erosión, restringir la profundización de las raíces y el volumen de absorber agua y nutrientes”, indicó la entidad.

Los campesinos sacan sus vacas a pastar cerca a la orilla del río Bogotá. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Merman los cultivos

Más de 247.000 hectáreas de la cuenca del río Bogotá son aptas para los cultivos. Sin embargo, en la realidad no más de 195.000 hectáreas son destinadas para tal fin. 

Es decir que la ganadería le está ganando la batalla a la agricultura, un fenómeno que es más evidente en el primer tramo alto de la cuenca, una zona catalogada como la principal despensa agrícola del país por albergar los mejores suelos para cultivar.

“Si no fuera por las heladas, los suelos de la cuenca alta del río Bogotá, en especial los que conforman la sabana, serían perfectos para el desarrollo agrícola”, dijo el IGAC.

Los suelos de la sabana de Bogotá son considerados como unos de los más fértiles en Colombia. Foto: Jhon Barros.

Los 21 municipios que conforman la cuenca alta del río cuentan con 121.226 hectáreas con capacidad agrícola, pero sólo 57.625 tienen cultivos. Por su parte, 119.000 hectáreas son destinadas para la cría de ganado.

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Estos contrastes son más marcados en algunos municipios de la sabana como Chía, que a pesar de albergar 4.451 hectáreas con perfectas condiciones para los cultivos, sólo destina 737 hectáreas. 

Lo mismo ocurre en Tocancipá (4.508 hectáreas con vocación agrícola y una demanda de 763 hectáreas), Cajicá (4.010 - 775 hectáreas) y Sopó (7.528 - 769 hectáreas).

La ganadería causa impactos casi irrecuperables en los suelos. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Una sabana sin cultivos

Hoy Colombia conmemora el Día Nacional de los Suelos, fecha en la que los 12 municipios de la sabana de Bogotá no quedan bien parados por el uso inadecuado de este recurso natural al que muchos consideran como infinito.

De las 99.953 hectáreas que conforman la sabana, 63.171 hectáreas son destinadas a usos totalmente distintos a los agrícolas, que en sí son su mayor potencial. Según el IGAC, esto indica que 63,2 por ciento de la zona cuenta con conflictos de uso del suelo.

Además de la ganadería, los desarrollos residenciales e industriales cogen cada vez más fuerza en la sabana, una mole de cemento que está sepultando unos de los mejores suelos agrícolas del país. Los terrenos fértiles de municipios como Chía y Mosquera son cada vez más escasos para dar paso a condominios e industrias


La sabana de Bogotá disminuye cada vez más sus terrenos para cultivar. Foto: Jhon Barros.

* Este es un contenido periodístico de la Alianza Grupo Río Bogotá: un proyecto social y ambiental de la Fundación Coca-Cola, el Banco de Bogotá del Grupo Aval, el consorcio PTAR Salitre y la Fundación SEMANA para posicionar en la agenda nacional la importancia y potencial de la cuenca del río Bogotá y  sensibilizar a los ciudadanos en torno a la recuperación y cuidado del río más importante de la sabana.