Colombia es un país forestal. Más de 59,8 hectáreas están cubiertas por bosques naturales, cifra que lo convierte en el tercer lugar en Sudamérica con mayor cantidad de este ecosistema. Sin embargo, aún sigue en mora de concretar una estrategia, política o proyecto que le permita hacer un uso sostenible con potencial económico de este recurso natural.

Según el Instituto Geográfico Agustín Codazzi (IGAC), el 54 por ciento del país tiene vocación forestal, por encima de las actividades que marcan la parada como la agricultura y la ganadería. Por su parte, la Unidad de Planificación Rural Agropecuaria (UPRA) indica que en la última década, la contribución del sector forestal colombiano decreció de 3,7 a 1,7 por ciento, cinco veces menos al registrado en Chile, tres al de Ecuador y dos al de Brasil.

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“La gestión y el uso sostenible de los bosques debe ser considerada una estrategia efectiva que combata la deforestación. Estos ecosistemas representan una alternativa para la recuperación económica verde luego de la crisis ocasionada por la pandemia de la covid-19”, dijo Ximena Barrera, directora de relaciones de gobierno y asuntos internacionales de WWF Colombia y moderadora del cuarto encuentro por los bosques del Foro Nacional Ambiental (FNA).

El manejo forestal sostenible de los bosques representa una oportunidad para afrontar la crisis económica del coronavirus. Foto: Jhon Barros. 

Aunque el país ha avanzado en algunos aspectos para potenciar los diversos servicios ecosistémicos que prestan los bosques, como el manejo forestal comunitario, el pacto por la madera legal, la oferta de especies maderables y no maderables y el ecoturismo, aún enfrenta varios retos y cuenta con oportunidades para poder consolidar un plan de bosques, aspectos que fueron abordados por diversos expertos liderados por el ex ministro de Ambiente y presidente del FNA Manuel Rodríguez.

“Un claro ejemplo de lo que representa el manejo forestal sostenible fue el trabajo de Chico Mendes, un líder ambiental asesinado en 1988 que generó una enorme actividad para que los bosques de la Amazonia brasileña no fueran destinados a las actividades agropecuarias y aprovechar un recurso como el caucho de una manera sostenible. Este cauchero terminó aliado con las comunidades indígenas, quienes entendían cómo manejar correctamente los ecosistemas”, afirmó Rodríguez.

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El concepto de manejo forestal sostenible nació en los años 80 y 90 del siglo pasado, con su mayor hito en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro en 1992, donde se planteó que debía ser una estrategia central para derrotar la destrucción y el deterioro de los bosques tropicales naturales. Sin embargo, Rodríguez indica que 30 años después, los resultados están lejos de lo esperado frente a las esperanzas de la cumbre.

Sólo una quinta parte de los bosques cuentan con algún aprovechamiento bajo alguna forma de manejo forestal sostenible y no más del 10 por ciento de los bosques tropicales tienen certificación forestal. Hay que dejar de ver a estos ecosistemas sólo como un conjunto de árboles maderables: son un instrumento para aliviar la pobreza y asegurar el bienestar de las personas que viven en los bosques y conservar la biodiversidad, los suelos y las diversas funciones que prestan”, apunta Rodríguez.

Las comunidades de los bosques pueden servir de ejemplo de cómo se hace un manejo forestal sostenible. Foto: Jhon Barros.

Mucho más que madera

Para Rubén Darío Moreno, ingeniero forestal y funcionario de la Corporación Autónoma Regional de Risaralda (Carder), los bosques son más que madera, un concepto que ha evitado ver los diferentes servicios ecosistémicos que prestan como los productos forestales no maderables, algo que abarca mucho más que las palmas y algunos frutos de los árboles que son cosechados.

“Es evidente que a la normatividad forestal colombiana hay que hacerle unas adaptaciones y construir apuestas forestales importantes. Los bosques deben tener la capacidad de crear, proporcionar y captar valor ambiental, social y económico. Hay que construir una mirada distinta de estos ecosistemas”.

Moreno considera que el manejo forestal sostenible requiere de tiempo, tanto para que los bosques se recuperen como para formar a la gente que va a hacer su manejo, “una formación comunitaria en el nivel técnico, tecnológico y profesional. Necesitamos que los institutos de investigación y las universidades nos ayuden a desarrollar investigaciones para poder llevarlas al terreno”.

El manejo forestal comunitario demuestra que sí es posible vivir del bosque. Foto: Jhon Barros.

El experto indica que una gran necesidad en el país es agrupar las experiencias comunitarias para aprender cómo ven, entienden y leen el bosque, y así darle una validez científica a esas apuestas de manejo forestal comunitario. En cuanto a la pandemia, Moreno cree que la reactivación económica debería estar enfocada en lo forestal con un modelo de negocios para todos los que hacen parte de la cadena.

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“Para esto debemos cambiar el enfoque de cadena productiva del Ministerio de Agricultura, fortalecer el valor agregado y revisar casos exitosos de otros sectores. El sector forestal necesita industrias de transformación muy fuertes, con mayor tecnología y niveles de mercado; esto hace que el bosque adquiera un nuevo valor, enfocado en las especies no maderables”.

Miguel Pacheco, coordinador de recursos naturales de WWF Colombia, aseguró que la producción de madera de los bosques tropicales tuvo un boicot en los años 80 por parte de algunos ambientalistas. “Esto generó un efecto contraproducente para los productores de madera, quienes dejaron de hacerlo y se dedicaron a otras actividades económicas que afectaron mucho más al bosque, como la agricultura y la ganadería. Desde ahí, la producción de madera es vista como uno de los principales motores de la deforestación, cuando hay muchos más impactos por otras actividades”.

Aprovechar de forma sostenible el bosque ayuda a combatir la deforestación. Foto: Jhon Barros.

Pacheco informó que hay un gran rezago en cuanto a las certificaciones forestales. “Sólo alrededor del 3 por ciento de la superficie global de bosques cuenta con alguna certificación y de ese total entre 5 y 10 por ciento está dentro de los bosques tropicales. Hay ejemplos exitosos, como el de Petén (Guatemala), donde la comunidad conserva los bosques a través del manejo sostenible”.

En cuanto a las certificaciones en Colombia, el experto indica que a pesar de los avances desde el año 2000, hay muchas dificultades por los marcos legales y los altos costos para el desarrollo y reconocimiento del mercado doméstico. “Se pueden tener certificaciones, pero si no hay una buena producción en términos de calidad no va a haber un reconocimiento del mercado. El pacto de la madera legal en 2009 empezó a aterrizar la legalidad y sostenibilidad, generando avances en cuanto a herramientas tecnologías y promoción de mercados”.

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El coordinador de WWF Colombia manifestó que el país cuenta con retos como la falta de incentivos al manejo forestal, la alta tasa de aprovechamiento, una visión a largo plazo y la mejora de tecnología e infraestructura para tener competitividad frente a los productos forestales importados. “Hay que integrar los diferentes eslabones de la cadena”.

Por último, el experto apuntó que en la Amazonia se promueve la ganadería sostenible, cuando es una región con vocación forestal. “En la región todo está en torno a la ganadería, tanto así que vemos veterinarias y sitios de venta de leche y carne y ningún centro que provea servicios forestales. La actividad económica debe girar en torno al uso del bosque”.

La gran parte de árboles talados no es destinada al comercio de madera. El principal verdugo de los bosques es el acaparamiento de tierras. Foto: FCDS.

En el corazón de la Amazonia

En el cuarto encuentro por los bosques del Foro Nacional Ambiental, los expertos mostraron varios casos exitosos del manejo forestal sostenible impulsados por las comunidades del país, en sitios como Guaviare, Risaralda, Valle del Cauca y el Urabá antioqueño.

La Asociación de Juntas de Acción Comunal del Capricho (Asocapricho), ubicada en San José del Guaviare, es uno de los proyectos que ha demostrado que el fortalecimiento de las capacidades de la comunidad es una de las mayores arandelas para combatir la deforestación.

En 40.500 hectáreas de siete veredas, 115 familias campesinas que antes se dedicaban a sembrar coca, conservan 21.457 hectáreas de bosque y aprovechan las especies no maderables para comercializar productos como camu camu y asaí.

Los campesinos de Guaviare han aprendido a conocer el verdadero potencial del bosque. Foto: FCDS.

Estas familias están ubicadas en el corrector de conectividad entre los Parques Nacionales Naturales de Chiribiquete y la Sierra de La Macarena, en el borde de estabilización del distrito de manejo Ariari Guayabero, uno de los sitios más afectados por deforestación.

“Este proyecto de forestería comunitaria, impulsado por varias organizaciones nacionales, evita que haya una degradación del recurso y aplica tecnologías para el aprovechamiento y manejo de los bosques. Esta iniciativa realiza y combina acciones en bosques de carácter público y privado, justo en la frontera agrícola de uno de los ecosistemas más amenazados del país”, manifestó Luz Marina Mantilla, directora del Instituto Sinchi.

Para Mantilla, la forestería comunitaria mejora la calidad de vida de las comunidades y el estado de conservación de los ecosistemas de los paisajes amazónicos. “Además de aportar en la reducción de la tasa de deforestación, este modelo productivo innovador fortalece las capacidades institucionales y comunitarias y estabiliza a las poblaciones que están alrededor de Chiribiquete”.

Olmes Rodríguez es uno de los campesinos que dejó de sembrar coca para vivir de los productos no maderables del bosque. Foto: Jhon Barros.

Esta estrategia partió de un diagnóstico de las comunidades, un mapeo participativo y la planificación predial. “Realizamos un inventario forestal y se priorizaron dos palmas para el aprovechamiento en la cadena de valor. Luego realizamos un plan de manejo integrado y varias consultorías de encadenamiento productivo de especies maderables y no maderables”, dijo Mantilla. 

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Otro caso exitoso fue Amazonia Viva, proyecto del Sinchi con WWF en Tarapacá, una zona alejada del río Putumayo, donde un grupo de mujeres hace un uso sostenible del bosque para comercializar la especie camu camu en diversos restaurantes a nivel nacional, iniciativa que aún continúa com vida. 

“El Sinchi cuenta con la estación experimental El Trueno, ubicada en el municipio de El Retorno en Guaviare, que nos ha servido para demostrarle a la gente que el bosque es más que madera por medio de diversas capacitaciones con la comunidad campesina”, anota Mantilla.

Los frutos del bosque son aprovechados por las comunidades de una forma sostenible. Foto: FCDS.

La directora del Sinchi recalca que Colombia debe comunicar mejor este tipo de experiencias y consolidar una campaña de visibilidad para evitar que la gente piense que el proceso forestal es un ataque contra el bosque.

Debemos generar incentivos para motivar a la comunidad, en especial con el tema de productos forestales no maderables, trabajo que requiere conocimiento científico e innovación. En la Amazonia tenemos más de 1.000 especies con potencial de aprovechamiento de productos no maderables”.

Afros por el bosque

El consejo comunitario de la cuenca del río Yurumanguí, ubicada en el municipio de Buenaventura (Valle del Cauca), conserva los bosques en 44.631 hectáreas y aprovecha 16 especies como sande, cuángare, caimito, chanul, algarrobo y caracolí en más de 235 hectáreas.

“Son una comunidad afro con un gran arraigo por la conservación de los recursos naturales, ya que piensan en el futuro de las nuevas generaciones. Este consejo participó durante nueve años en la construcción de la estrategia de control a la deforestación y gestión de los bosques, y son líderes que viven y dependen de estos ecosistemas”, enfatiza Adriana Yepes, especialista técnica de la FAO y asesora regional del programa ONU-REDD.

Los bosques de la cuenca de Yurumanguí son protegidos por las comunidades afro. Foto: FAO. 

A través del Ministerio de Ambiente y la Unión Europea, este consejo comunitario recibe asistencia técnica sobre el manejo forestal comunitario pero basado en el conocimiento ancestral de las etnias. “Hemos identificado algunas barreras técnicas y jurídicas, principalmente por interpretaciones erróneas de las leyes; institucionales por la desarticulación de los diferentes niveles y la poca visión a largo plazo; y financieras por la falta de acceso al mercado. El sector forestal tiene pocos incentivos y hay demasiados intermediarios que se aprovechan de la necesidad para pagar precios injustos por la madera”, precisa Yepes.

Desde 2018, Yurumanguí trabaja en derribar esas barreras y fortalecer la forestería comunitaria. “La comunidad va de la mano con la Corporación Autónoma Regional del Valle del Cauca y tiene acuerdos de convivencia en cuanto al manejo de los recursos y la minería artesanal. Uno de los principales hallazgos es mejorar la calidad del producto para poder competir en el mercado”.

Niños y jóvenes de Buenaventura se encargan de hacer los monitoreos del bosque. Foto: FAO.

Los jóvenes del consejo comunitario han manifestado su interés por aprender a hacer el monitoreo de la biodiversidad, las mujeres elaboran artesanías con la madera del bosque y un grupo ecológico promociona el ecoturismo en varias reservas. “Esto les ha permitido romper con el paradigma de que el manejo forestal solo es con los coteros que sacan madera; es una estrategia que debe ser integral”, apunta Yepes.

Empoderar a la comunidad es una de las claves para que el manejo forestal sea exitoso. “Los miembros de Yurumanguí ya cuentan con la capacidad para ir a una gran feria a ofrecer sus productos y hablar con propiedad de cómo conservan y al mismo tiempo hacen un uso sostenible de sus recursos naturales”.

Comunidades del Urabá

Desde 2005, con el apoyo de varias entidades, 28 comunidades del Urabá antioqueño trabajan para conservar y hacer un uso sostenible de los bosques en 60.000 hectáreas, de las cuales cerca de 13.000 hectáreas fueron destinadas para el aprovechamiento de diversas especies maderables y no maderables.

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“Esta defensa por los bosques fue apoyada por USAID, WWF, Corpourabá y otras entidades, alianza que permitió constituir una unidad de manejo forestal con los cabildos indígenas de Chigorodó y Mutatá. En 2005 se constituyó una cooperativa indigena para liderar los aprovechamientos forestales, pero lamentablemente el proyecto no fue sostenible”, dijo Gicela Maldonado, consultora de WWF Colombia del proyecto de gobernanza forestal.

El trabajo comunitario debe ser el protagonista en el manejo forestal sostenible. Foto: FAO.

Esta iniciativa tuvo un nuevo despertar en 2014, cuando las comunidades empezaron a cultivar en zonas de potreros el árbol de la jagua, también conocido huito, para aprovechar sus frutos. “Una empresa les compra los frutos para la elaboración de colorantes. Las comunidades están muy interesadas en seguir con el proyecto”, anota Maldonado.

Para la consultora, este tipo de proyectos requieren de varias condiciones para ser exitosos, como contar con buen bosque y clima, capacidades comunitarias adecuadas, distribución equitativa de los costos y beneficios en la cadena forestal, un adecuado marco legal, el compromiso de la industria y proyectos no tan ambiciosos.

“En los grupos comunitarios siempre hay divisiones internas que pueden afectar el manejo forestal sostenible, más si no es rentable. En el caso de jagua, las comunidades negociaron para mantener esa actividad porque les genera empleo y ganancias. Aunque el mayor peso está en la comunidad, es de suma importancia una distribución equitativa de costos y beneficios en la cadena forestal, ya que si no se vende bien pues no se produce. Combatir la ilegalidad de la madera también es fundamental”.

Las comunidades negras del Pacífico son pioneras en el aprovechamiento sostenible del bosque. Foto: FAO.

Pioneros en guadua

En Risaralda, una alianza con entidades internacionales y regionales arrojó una estrategia de gobernanza basada en la producción de guadua, una iniciativa impulsada por la comunidad campesina llamada bosque modelo, que combina el conocimiento ancestral, científico y tradicional. 

“El departamento lleva décadas construyendo un territorio sostenible a través del desarrollo sostenible de los bosques. Hacemos parte de una red internacional de bosques modelo conformada por 37 países que suman más de 65 millones de hectáreas de bosque”, dijo John Mario Rodríguez, biólogo y gerente del bosque modelo Risaralda.

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Los guaduales son uno de los bosques más importantes dentro de la estructura ecológica de Risaralda, ecosistemas que le representan ganancias a las comunidades. “La guadua es el primer producto no maderable comercializado en el país, superando en 2019 en 60.000 metros cúbicos al sajo, la especie más aprovechada”, anotó Rubén Darío Moreno, ingeniero forestal y funcionario de la Carder.

La comunidad ha fortalecido su conocimiento sobre las especies maderables y no maderables del bosque. Foto: Jhon Barros.

Según Moreno, el primer paso de este proyecto fue conocer detalladamente el guadual, lo que dio pie a la generación de una legislación para regular su uso y aprovechamiento. “Cambiamos el concepto de control y vigilancia por el de brindar una asistencia técnica para apoyar a los productores en consolidar núcleos forestales certificados, con planes de manejo y registro de los guaduales naturales y plantados”.

La certificación forestal voluntaria fue posible en pequeños predios y productores. “Uno de los retos para la sostenibilidad de los bosques es que los dueños de los terrenos hagan parte de este proceso. Cuando los guaduales son administrados por los propietarios, estos cambian radicalmente su manejo. Hay que garantizarles una asistencia técnica que vaya más allá del control y la vigilancia”, complementó Moreno.