En la región Caribe, talar monte y luego meterle candela a los troncos caídos para fertilizar el suelo, es una tradición depredadora que ha sobrevivido de generación en generación. Julio Santander, un costeño con piel melaza de 39 años, creció viendo a su padre y abuelo quemando la montaña para sembrar plátano, yuca y ñame.

“Yo lo veía como algo normal. Siempre hemos tenido la creencia de que esas cenizas fertilizan el suelo y que sirven para que los cultivos sean más popochos. Así lo ví desde niño en la finca familiar de la vereda Mata de Caña, ubicada en la zona rural de Valledupar en el Cesar. Todos talaban monte y quemaban. Y a los 15 años, cuando decidí dejar de estudiar para trabajar la tierra, seguí con esa tradición”, recuerda este moreno padre de tres hijos.

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Julio no recuerda cuántos árboles y arbustos tumbó a punta de machete para cultivar, pero sí asegura que fueron muchos. Tampoco tiene el cálculo de cuántos animales emblemáticos del bosque seco, como micos tití, tigrillos y hasta jaguares, vio correr despavoridos por las llamas o encontró calcinados. “En esa época ignoraba que ese matorral era un bosque, y que de esos árboles brotaba el agua”.

En la costa Caribe, el bosque seco es conocido como chamicero. Durante décadas muchos árboles fueron talados y quemados para sembrar cultivos como ñame. Foto: Jhon Barros.

Hace cinco años, mientras se tomaba un jugo de corozo en la entrada de la casa de su finca, vio el terreno árido, pelado y con poco verde, un panorama devastador que lo hizo reflexionar. “Me dio tristeza ver todo quemado y como sin vida. Ya no tenía ni agua para regar los cultivos y me dije hacia mis adentros: estamos acabando con todo. Los manantiales, riachuelos y nacederos estaban secos”.

Desde ese momento, este hombre caribeño decidió no volver a talar un solo palo. “Pensé que debía haber algo para seguir cultivando pero sin talar ni prenderle candela al monte, con tal suerte que a los pocos meses llegó el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) a trabajar en un programa de uso sostenible y conservación de la biodiversidad en los ecosistemas secos. No entendí mucho de qué se trataba, pero me llamó la atención”.

El proyecto del PNUD, con apoyo y asesoría de entidades como el Instituto Humboldt, buscaba aportar al mejoramiento de la calidad de vida de las poblaciones que habitan en los bosques secos tropicales, por medio del uso sostenible de la biodiversidad, encadenamientos productivos y cadenas de valor que no impactaran tanto los recursos naturales.

Julio Santander partició en el primer Foro Nacional del bosque seco tropical, evento llevado a cabo en Bogotá por el Instituto Humboldt. Foto: Felipe Villegas (Int. Humboldt).

“Estuve en varios talleres empapándome del tema. Primero aprendí que no esas montañas eran rastrojos sino bosques, y que eran fundamentales para que el agua no desapareciera. Pero me pareció que solo hablaban de conservación y no de acciones de prevención para que la gente dejara de quemar. Se los dije y me hicieron caso: en los otros encuentros llegaron representantes de los Bomberos, Defensa Civil, Cruz Roja y Gestión del Riesgo, quienes nos enseñaron a actuar cuando una quema se sale de control”.

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27 personas de cuatro veredas de Valledupar, incluído Julio, fueron certificadas por su conocimiento en la prevención de incendios. El PNUD los certificó como brigadistas forestales del bosque, un tipo de bomberos empíricos que se encargan de sembrar la semilla de la conservación en toda la comunidad y de mitigar las quemas descontroladas.

“Nuestro rol es llegarle a los campesinos para que cultiven bien: en menos tierra, con cultivos asociados de varias especies agrícolas y controlando las quemas. Esto ha mermado bastante la tala y quema de los árboles en las veredas de Valledupar”, menciona Julio. 

En sequía, el bosque seco tropical pierde todas sus hojas. Para sobrevivir, almacena agua en el tronco y raíces. Es un ecosistema vulnerable a los incendios forestales. Foto: Jhon Barros.

Para este agricultor, que vive con su padre, esposa y tres hijos en una finca familiar, lo más importante es que la población ha cambiado el chip en el momento de las quemas. “Esa actividad no va a desaparecer. Hace parte de nuestra cultura. Sin embargo, antes la hacíamos mal: le prendíamos candela a una zona y dejábamos que las llamas siguieran como una bola hasta sumar hasta 20 hectáreas”. 

Más de 200 familias de Valledupar ahora controlan las quemas con la asesoría de este brigadista forestal del bosque seco. “Rodeamos la hectárea que se va a quemar, que no tiene bosque seco sino rastrojos, con unas guardarrayas o líneas de control, que cuentan como con 100 litros de agua. Solo lo hacemos a fondo de la noche y en los meses menos calurosos, es decir que a comienzo de año está prohibido”.

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Julio y los otros 26 brigadistas forestales van a los colegios de las veredas a sembrar su semilla de conservación en los niños y jóvenes. “Les damos charlas sobre el bosque seco y sus animales maravillosos, como el armadillo. Además, con ellos sembramos árboles de este ecosistema en varias partes del pueblo, como una compensación a todo el daño que le hemos hecho. En mi finca tengo un vivero de 25.000 plantas listas para sembrar, como carretos, tananeos, guásimos, cañaguates e higuerones”.

En las zonas rurales de Valledupar, Julio es conocido como un guardian del bosque seco tropical, título que lo llena de orgullo. Foto: Felipe Villegas (Int. Humboldt).

Más de 400 guardianes 

El programa de uso sostenible y conservación de la biodiversidad en ecosistemas secos del PNUD busca mejorar la calidad de vida de las poblaciones y reducir la deforestación y desertificación de los bosques secos.

11 municipios del Caribe (Dibulla, Valledupar y San Juan de Nepomuceno), el valle interandino del río Magdalena (Natagaima, Aipe, Neiva y Dagua) y el Pacífico (Policarpa, Cumbitara, La Llanada y Los Andes (Sotomayor)), hacen parte de la estrategia, sitios en donde 495 familias se convirtieron en los guardianes del bosque seco tropical en Colombia.

Zoraida Fajardo, coordinadora de la estrategia, informó que este proyecto permitió conectar a la institucionalidad con las comunidades para conservar los árboles del bosque seco y mejorar la productividad en las fincas de los habitantes.

El bosque seco es uno de los ecosistemas más amenazados en Colombia. Pasó de contar con 9 millones de hectáreas a no más de un millón. Foto: Jhon Barros.

“Trabajamos primero con los líderes de los territorios, quienes nos informaron que en los municipios y veredas todos veían al bosque seco como un tumulto de chamizos, ya que en época seca los árboles pierden las hojas", dijo Fajardo. 

Según la experta, en los diversos talleres y socializaciones la comunidad fue comprendiendo que el bosque seco es un ecosistema fundamental para la regulación del agua y la biodiversidad. “Todos quieren conservar, pero también tienen que comer. Por eso los capacitamos en actividades de producción sostenible para que dejaran de talar y quemar y concentraran su producción en una sola área”.

A la fecha, este proyecto ha logrado crear 12 nuevas áreas protegidas de tipo regional o local por medio de acuerdos de conservación, mientras que más de 1.000 hectáreas de bosque cuentan con manejo del paisaje y están conservadas.