Cuando estaba haciendo unas prácticas para graduarse como bachiller en el municipio de Aipe (Huila), Liliana Andrade se enamoró perdidamente de una finca ubicada en la zona rural del municipio: un bosque seco tropical popocho, sobrevolado por centenares de aves y con varios riachuelos.

“Yo tenía como 16 años. Cuando ví el predio en seguida me propuse una meta: de grande haría hasta lo imposible por comprar ese terreno para tener mis hijos y vivir lejos de la civilización en medio de la naturaleza”, asegura esta mujer de pelo largo y piel blanca.

Aunque su sueño adolescente demoró bastante en concretarse, jamás se desmotivó. En 2010, cuando ya llevaba cinco años de relación con Jorge, ambos concordaron en que era hora de organizarse y conformar su propia familia. El primer sitio que visitaron fue la boscosa finca, llamada La María; para su sorpresa, estaba a la venta.

Huila es uno de los pocos sitios en el país donde hay varios relictos del bosque seco tropical, ecosistema que ya perdió 90 por ciento de su área original. Foto: Felipe Villegas.

Cuando vi el letrero de ‘se vende’, mi corazón se aceleró con fuerza. La mayoría del bosque seguía en pie y la finca estaba ubicada a tan solo 15 minutos del pueblo, lo que me permitiría visitar con facilidad a mis padres. Medía 60 hectáreas, casi todas pintadas de verde. Sacamos un préstamo y nos arriesgamos”, dice Liliana.

Cuando recorrió por primera vez el bosque que tanto admiraba, Liliana vio un enorme potencial para el turismo. El lugar contaba con miles de árboles de las especies del bosque seco tropical, además de quebradas que corrían con fuerza. “Le dije a mi esposo que deberíamos inventarnos un proyecto de turismo, es decir que la gente pagara por recorrer los caminos sin afectar los árboles”. 

Le puede interesar: Dos salvavidas para que el bosque seco tropical no siga su ruta hacia la extinción

La pareja diseñó un proyecto turístico basado en la creación de un jardín botánico en la finca, con varios senderos ecológicos y rocas para que la ciudadanía escalara. Pero como Aipe no es muy visitado por foráneos, no encontraron recursos para hacer realidad la propuesta. “Se lo presentamos a varias entidades, pero nada cuajó”.

Al poco tiempo de comprar su finca, Liliana dio a luz a Nicolás, su único hijo. "Desde niño le gustaba perderse por el bosque seco", dice su mamá. Foto: Jhon Barros.

Sueño cumplido

Liliana y su esposo destinaron un área plana de la finca para criar ganado, la principal actividad económica del municipio. “Nos tocó dedicarnos al ganado para poder vivir, aunque jamás hemos tumbado un solo árbol. Sin embargo, yo seguía soñando con trabajar algo ambiental, porque lo que realmente me apasiona es el bosque y la naturaleza. Soy una mujer de campo amante de los jardines, árboles y las flores”.

En 2014, cuando el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) llegó a varios municipios del Huila para trabajar con las comunidades, el sueño de esta huilense revivió. Una de las líneas del proyecto consistía en herramientas de manejo de paisajes y acuerdos de conservación.

Le puede interesar: Un hijo del Valle que defiende el bosque seco tropical

“En la primera reunión, Biocomercio Sostenible, que es un aliado del PNUD, habló de implementar ecoturismo, senderos ecológicos y viveros para nuevas plantas del bosque seco. Inmediatamente saqué el diseño de mi jardín botánico con especies nativas para enseñarle a los niños a cuidar los bosques. Como ambas ideas eran casi que las mismas, los expertos dijeron que me iban a ayudar a cumplir mi sueño verde”.

En los bosques de su finca, Liliana hacer recorridos ecológicos por los senderos. Los niñpos y jóvenes son sus visitantes más asiduos. Foto: Felipe Villegas (Inst. Humboldt).

Y así fue. En 2016 culminaron las obras de un sendero ecológico y un vivero de especies nativas en la finca de Liliana, lo que dio pie a la llegada de niños y jóvenes de colegio, universitarios, científicos y personas de la comunidad amantes de la naturaleza.

“La María es una finca para la educación ambiental y la conservación. La gente primero visita el vivero, donde conoce las especies más representativas del bosque seco. Luego, cada persona escoge un árbol para sembrarlo en el sendero ecológico. En 2017 logré que me certificaran el terreno como una reserva natural de la sociedad civil, la cual también es visitada para el avistamiento de aves endémicas y migratorias”.

Le puede interesar: Las 10 especies más peculiares del bosque seco tropical colombiano

Además del proyecto turístico y educativo para conservar el bosque, Liliana hace parte de la Asociación de Mujeres Rurales del Bosque Seco, un grupo de 17 representantes del género femenino que elaboran productos y artesanías con semillas y frutos de este amenazado ecosistema.

Personal del SENA nos han capacitado en la elaboración de achiras, bizcochos, dulces y artesanías. Utilizamos productos del bosque como la palma de cuesco, guayaba cimarrona y varios frijoles. Tenemos un puesto en el centro del pueblo”.

Liliana hace parte de una asociación de 17 mujeres de Aipe dedicadas a aprovechar los frutos y semillas del bosque seco. Las artesanías son sus favoritas. Foto: Jhon Barros. 

Futuro pajarero

Al poco tiempo que Liliana y Jorge compraron las tierras boscosas de La María en Aipe nació Nicolás, el único hijo de la pareja quien creció viendo los árboles de este ecosistema y aprende cada vez más a diferenciar las aves más representativas. 

“Nicolás se parece mucho a mí cuando era pequeña. Le encanta estar en el bosque y ama la naturaleza. Si de grande cambia ese pensamiento, aunque no lo creo, no podrá vender la finca, ya que en las escrituras quedó una cláusula que prohíbe su venta hasta la cuarta generación, es decir los bisnietos de mi hijo”, dice su madre.

Como es hijo único, nunca se despega de sus padres. Siempre anda de la mano de su progenitora cuando ésta lidera las actividades educativas, ambientales y turísticas por la finca, o cuando su papá lo lleva a los corrales a ver el ganado.

Nicolás fue uno de los guardianes del bosque que participó en el primer Foro Nacional del bosque seco en Colombia, evento liderado por el Instituto Humboldt. Foto: Felipe Villegas.

“Yo soy un niño del bosque. En mis nueve años de vida son pocos los días que no me he despertado viendo primero un alto árbol o escuchado el canto de un pájaro. Yo me enamoré de las aves desde bien chiquito, cuando unos pajarejos llegaron a la finca y me empezaron a decir los nombres de las especies. Paso horas tratando de encontrar alguno camuflado entre las ramas de los árboles”, dice Nicolás, quien está a un año de terminar la primaria.

Le puede interesar: Acabamos con el bosque seco tropical en Colombia

Cuando llega del colegio, lo primero que hace es ver las aves que llegan a alimentarse de los jugos de las flores del jardín que su mamá ha cuidado con empeño desde hace años. “Siempre llegan azulejos, tángaras y cardenales. Pero las aves que más me gustan son las águilas, como la cabecirrufo, real y el halconcito”.

Aunque todavía tiene varios años para pensar qué estudiar en la universidad, Nicolás ya tiene clara la temática de su carrera. “De grande quiero dedicarme a estudiar las aves, un pajarero. O ser alguien que solo trabaje con los animales de este bosque tan lindo que me vio nacer. Todos debemos cuidar la naturaleza, dejar de talar y contaminar los ríos con insecticidas. Al paso que vamos mis hijos no tendrán herencia”.

Nicolás es un niño curioso que no conoce lo que es la timidez. De grande quiere ser pajarero. Foto: Jhon Barros.

Familias unidas por el bosque

Liliana y Nicolás hacen parte de las 495 de 11 municipios del país que participan en el programa de uso sostenible y conservación de la biodiversidad en ecosistemas secos del PNUD, estrategia que busca mejorar la calidad de vida de las poblaciones y reducir la deforestación y desertificación de los bosques secos por medio de una producción sostenible.

Esta iniciativa cuenta con el apoyo de entidades como el Ministerio de Ambiente, Instituto Humboldt, Corporación Paisajes Rurales, Fondo Patrimonio Natural y varias Corporaciones Autónomas Regionales.

El bosque seco ya perdió 90 por ciento de sus áreas originales. Pasó de 9 millones de hectáreas a no más de un millón. Foto: Jhon Barros.

Según Zoraida Fajardo, coordinadora de la estrategia, dentro de estos guardianes de los bosques están organizaciones, juntas de acción comunal, estudiantes, indígenas y niños.

En los talleres y capacitaciones llegaban los papás con sus hijos, lo que nos permitió sembrar esa semilla en los más pequeños. En varios municipios tenemos guardabosques niños que han firmado acuerdos de conservación simbólicos y les ayudan a sus padres a hacer los recorridos por los senderos”.

Fajardo recalcó que a ninguna familia se le ha dado dinero para sus proyectos sostenibles. “Lo que el PNUD hace es conectar a la comunidad con la institucionalidad para que puedan cumplir su sueño de conservación y producción. Las más de 400 familias han trabajado en manejo de paisaje, uso sostenible de la biodiversidad, encadenamientos productivos, creación de áreas protegidas locales o regionales y acuerdos de conservación”.