El crecimiento urbano de Suba ha implicado la desaparición del 56 por ciento de las áreas verdes originales de esa zona del noroccidente de la ciudad. Así lo establece una investigación realizada por el ingeniero Jerson Andrés Achicanoy, quien analizó la localidad por medio de técnicas de percepción remota y sistemas de información geográfica.

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Hasta 2017, la Alcaldía Mayor de Bogotá reportó cerca 1,2 millones de habitantes en Suba ubicados en 10.056 hectáreas, siendo la localidad más poblada de la ciudad. Parte de esta área abarca los humedales Torca, La Conejera, Guaymaral, Córdoba y Juan Amarillo, que con el paso de los años han sido invadidos para edificaciones tanto legales como ilegales.

El estudio de Achicanoy estuvo centrado en identificar los cambios que presentó esa zona de Bogotá a lo largo del tiempo, teniendo en cuenta la expansión que implica la desaparición gradual de la capa vegetal. Para ello se seleccionaron variables como el crecimiento poblacional, el cambio de suelo rural a urbano y la construcción de vías en los periodos 1985-1995 y 2005-2015. También se usaron mapas satelitales de la localidad obtenidos de la oficina de Infraestructura de Datos Espaciales para el Distrito Capital (Ideca), la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) y el Instituto Geográfico Agustín Codazzi (Igac).

Suba en expansión

Este análisis permitió evidenciar que entre 1985 y 2015 hubo una expansión urbana de un 432 %, pasando de 385 hectáreas a 1.667. El periodo en el que más hubo crecimiento de zonas urbanas ocurrió entre 1985 y 1995, con un 108 % de cambio. La pérdida de bosque y pastizales es la que más afecta la zona.

Para la validación de los lineamientos se desarrollaron modelos de proyección de las coberturas en Suba. Para ello se cuestionó qué tan acertados son los modelos de las coberturas a 2015. La comparación con los resultados de la interpretación de las imágenes mostró un 85 % de exactitud general de simulación.

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Luego se realizó una proyección a 2020, que indica una reducción importante de la cubierta forestal y arbustales; la aproximación puede no llegar a ser ajena a la realidad, y aunque existe una política de arborización de Bogotá, la oferta de espacios disponibles para la siembra de nuevos árboles es reducida.

Por último, el ingeniero sostiene que las construcciones proyectadas sobre los territorios como la Avenida Longitudinal de Occidente (ALO) modifican el ecosistema natural y, con el tiempo, sus alrededores van a cambiar en su vocación y potencialidad de uso del suelo.

*Con información de la Agencia de Noticias de la Universidad Nacional