Cada mañana Jorge Enrique Moyano sale de su casa en la vereda Los Laureles, ubicada en la altas montañas de El Doncello en Caquetá, para ordeñar sus 14 vacas, revisar el corral de las gallinas y recoger los frutos de los cafetales. Pero no lo hace solo, siempre lo acompaña Andrés, un rubio rozagante de 3 años, el menor de sus dos hijos. Ambos parecen uniformados: visten sombreros aguadeños y botas de caucho negras.

Padre e hijo primero dan un paseo por la zona boscosa de su finca La Florida, una mancha verde que ocupa 10 de las 16 hectáreas del predio. Jorge le enseña a su pequeño el nombre de los árboles que conoce y le inculca la importancia de conservar y cuidar la madre naturaleza, lecciones que el niño repite como una grabadora.

Andrés ve a su papá como un superhéroe: imita todos sus movimientos, palabras y hasta el parado. Por eso, cuando un amigo de la familia le regaló al niño una pequeña motosierra de juguete, Jorge enseguida le advirtió que la usaban para talar. Sus palabras calaron, ya que cuando la ve, balbucea: “eso mata los árboles, no me gusta”.

Desde hace cuatro años, Jorge Moyano dejó de sembrar coca en su finca. Ahora, con el apoyo de Patrimonio Natural, está comprometido con sus cafetales y con la defensa del bosque. Foto: Jhon Barros

Mientras tanto, Luvidia, la esposa, destina la mañana a limpiar la casa de madera y a preparar el almuerzo. Por estos días le ayuda Sergio, su hijo mayor de 14 años, a quien sus padres le dieron el castigo de no salir al pueblo por su indisciplina. Eso no lo molesta, ya que así puede ver más televisión y dar siestas esporádicas. Antes era el ayudante de su papá, pero la llegada de la adolescencia llegó con visos de independencia.

Hacia el mediodía la familia vuelve a reunirse en medio de una frijolada. Antes de despedirse y montarse en una moto para ir comercializar los granos de café, Jorge contempla desde su casa el panorama de El Doncello. Con sus ojos verdes mirando al Cielo le agradece a Dios por la paz y tranquilidad que hoy tiene. Algo que no siempre fue así.

“Me dediqué a cultivar coca. Con ese dinero compré esta finca hace 14 años, en donde seguí con la hoja maldita. Pero nunca estaba en paz, vivía en la incertidumbre por la llegada de las autoridades o por la fumigación aérea, que en muchas ocasiones me mató el cultivo”, recuerda este hombre de 42 años.

Hace cuatro años la erradicó por completo. No dejó rastros en su finca, y en las dos hectáreas que destinaba para tal fin sembró café, sin tener mucho conocimiento. “Hoy mi corazón está libre. Los cafetales dan granos durante ocho meses. Tengo la conciencia tranquila porque mi trabajo es legal y le doy ejemplo a mis hijos. La coca hace parte de un pasado que jamás reviviré”.

Con la ayuda de sus hijos y la asesoría de expertos, don Jorge sembró 340 árboles como abarcos, guamos, nacederos y aguacates. Foto: Jhon Barros

Premio por cuidar el bosque

Jorge siempre tuvo curiosidad por saber si las 12 hectáreas de bosque de su pecunio, en donde nace un caño que surte de agua a siete familias, podrían generarle algún tipo de ingreso. Siempre lo cuidó, jamás tumbó un solo árbol para meter coca y lo convirtió en su refugio para charlar con Andrés, la luz de sus ojos.

La respuesta le llegó en 2017, cuando Patrimonio Natural, la Fundación Picachos y la Gobernación del Caquetá le propusieron a siete familias de la vereda que albergaban en sus fincas nacimientos de agua, que participaran en un proyecto de incentivos a la conservación y recuperación de servicios ambientales, que consistía en un tipo de “cambalache”: por cuidar el bosque y el agua recibirían insumos para mejorar la producción agropecuaria.

“Yo acepté encantado”, recuerda Jorge con emoción. “Primero nos capacitaron por nueve meses en temas ambientales y fortalecimiento agropecuario. Aprendimos sobre el bosque, un tesoro que pocos tienen, el manejo adecuado de los cafetales y cultivos, y la necesidad de conservar los nacimientos de agua”.

Por conservar el bosque, don Jorge recibió como incentivos una despulpadora de café, un motor de dos caballos para la máquina, dos rollos de alambres eléctricos para los cercos de la finca y plásticos y grapas para los cerramientos. Foto: John  Barros

Por cuidar las 12 hectáreas boscosas recibió una despulpadora de café, un motor de dos caballos para la máquina, dos rollos de alambres eléctricos para los cercos de la finca y plásticos y grapas para los cerramientos. Destinó una hectárea para sembrar 340 árboles como abarcos, guamos, nacederos y aguacates, algunos en medio de los cafetales y otros en los 30 metros de ronda del caño.

“Pocos tienen la fortuna de tener en su casa un nacimiento de agua, una mina de oro. Sin bosque el caño no tendría agua, y así no podríamos cocinar, bañarnos y sobrevivir. Por eso siempre lo protegeré. No tengo idea de cómo funciona una motosierra, y la verdad no me interesa. Este bosque es el legado que le dejaré a mis dos hijos Sergio y Andrés, quienes adoran los árboles y caminar por el bosque”.

A pocos metros de la finca de Jorge vive su mejor amigo: William Delgado, de 63 años. No hay semana que no compartan una taza de café, una huída al pueblo para vender mercancía o almuerzos familiares los fines de semana.

Nació en Quimbaya (Quindío), pero llegó al Caquetá de niño. Hace dos décadas, Flor Elisa, su esposa, heredó una finca de 23 hectáreas llamada Las Palmeras, en donde al igual que su vecino sembró coca “a la lata” pero respetó el relicto de bosque y el nacimiento de agua.

Hace un año, motivado por el proyecto de incentivos para la conservación, William decidió concentrarse en cultivar café, cacao, plátano, caña y maíz y criar 10 vacas. Además, ratificó su compromiso de cuidar a capa y espada sus cinco hectáreas de bosque.

“Como yo tengo cinco hectáreas, recibí un millón de pesos en materiales como hojas de zinc, montura, sillas de dos cachos para las bestias, una malla para la huerta, alambres y abono. También sembré 350 árboles como cedros, nogales, abarcos, ahumados y quiebra barrigas”, dice William, quien vive con su esposa y Santiago, su nieto de cuatro años.

William Delgado fue otro de los beneficiados con el proyecto de incentivos ambientales en el municipio de El Doncello. Abandonó el cultivo de coca para cultivar café, cacao, plátano, caña y maíz, criar 10 vacas y proteger el bosque. Foto: Jhon Barros

Este padre de cinco hijos grandes que viven en Florencia, asegura que por medio de estos incentivos las autoridades podrían combatir la deforestación. “A nosotros nos convencen con cualquier cosita que nos ayude a vivir mejor. Este tipo de proyectos sirven como motivación para no continuar depredando. Yo tuve el privilegio de conocer al Caquetá cuando era puro bosque, hoy ya parece un desierto”.

81 familias velan por los bosques

El proyecto de incentivos arrancó en 2016 y benefició a 81 familias de seis municipios del piedemonte caqueteño: Belén de los Andaquíes, El Doncello, El Paujil, Florencia, Morelia y San José del Fragua, quienes firmaron un documento en el que se comprometieron a conservar su bosque y seguir lineamientos técnicos.

Por cada hectárea de bosque conservada, cada campesino recibió 300.000 pesos en incentivos, como maquinaria e insumos por conservar, además de herramientas paisajísticas y acompañamiento técnico. Sumado a esto, por cada cinco hectáreas de bosque conservado, destinaron una hectárea extra para realizar siembras con material vegetal.

Por más de dos años, el proyecto realizó 3.500 visitas de acompañamiento, que incluyeron jornadas de sensibilización, asesoría técnica sobre instrumentos económicos y ambientales, acciones sociales y capacidades agropecuarias, almuerzos comunitarios y seguimiento y monitoreo.

Manuel Rojas, ingeniero agroforestal que lideró el proyecto en El Doncello, manifestó que a las familias del municipio les entregaron máquinas descerezadoras de café, zinc para las viviendas, mulares para transportar las familias, sillas de montar y herramientas como guadañas, fumigadoras y mangueras. “La aceptación fue enorme. Todos quieren seguir conservando, ya que aprendieron que en sus predios nacen las quebradas que llegan al río Doncello, encargado de surtir al acueducto municipal”.

Por su compromiso con los bosques, don William recibió hojas de zinc, monturas, sillas de dos cachos para las bestias, una malla para la huerta, alambres y abono. Plantó 350 árboles como cedros, nogales, abarcos, ahumados y quiebra barrigas. Foto: Jhon Barros

Los resultados hablan por sí solos: 1.485 hectáreas de bosque conservadas y 1.231 hectáreas con cambio de uso del suelo más acorde a su vocación en las 81 fincas. Más de 16.000 árboles de especies forrajeras, maderables y frutales sembrados en 50 hectáreas. Y nuevos aprendizajes sobre separación de residuos, conservación y elementos de bioseguridad.

Este trabajo permitió la creación de un laboratorio de innovación comunitaria, al cual las familias asistieron cada mes para fortalecer la conceptualización de los temas ambientales, el cuidado de los ecosistemas y mejorar su calidad de vida.

Inversión y futuro

Diego Gómez, Director de la Fundación Picachos, aseguró que el proyecto tuvo como base el Decreto 953 de 2013, que obliga a los municipios a invertir el 1 por ciento de los ingresos tributarios corrientes en la protección y conservación de las zonas donde nacen las fuentes hídricas abastecedoras de los acueductos.

“Bajo este instrumento, en 2016 Patrimonio Natural y Picachos le propusieron a la Gobernación suscribir un convenio para poner en marcha un piloto de incentivos que permitiera conservar y recuperar los bienes y servicios ambientales de las fuentes hídricas en los seis municipios del piedemonte”.

La iniciativa contó con una inversión superior a los 1.000 millones de pesos, monto que incluyó tanto el 1 por ciento de los ingresos tributarios corrientes de los municipios como aportes de cooperación internacional del gobierno de Estados Unidos a través de Usaid. Todo fue destinado en la compra de los insumos, levantamientos topográficos, personal para asesoría y capacitación a los campesinos, fortalecimiento agropecuario y material vegetal.

Para la selección de los predios tuvieron en cuenta criterios como tener fuentes hídricas tributarias, nacimientos de agua, presión antrópica y fragilidad de los ecosistemas, además de la certificación de Corpoamazonia que cerciorará que estaban dentro de una cuenca o microcuenca de un acueducto municipal.

Aunque el proyecto culminó en agosto de 2018, el Director de Picachos considera que el aprendizaje y los resultados alcanzados deberían servir como un lineamiento para consolidar una ordenanza de política pública de incentivos a la conservación.

“Ojalá trascendiera a unos 16 años. Los temas ambientales son a largo plazo. Queremos mostrarle todos los resultados al Ministro de Ambiente y a Visión Amazonia, para que la iniciativa continúe y poder ampliarla en los 16 municipios del Caquetá”.

81 familias de Belén de los Andaquíes, El Doncello, El Paujil, Florencia, Morelia y San José del Fragua recibieron herramientas, insumos y asesoría técnica por conservar los bosques. Foto: Jhon Barros

Habla Patrimonio Natural

Por su parte, Alberto Galán, Director de Patrimonio Natural, afirmó que los municipios no cuentan con una estructura adecuada para repartir el dinero del 1 por ciento del ingreso corriente en la conservación. “Un gran aporte del piloto fue estructurar esta intervención, dándole una racionalidad y una aplicación más efectiva. Una ventaja fue la cooperación internacional, ya que permitió hacer la asistencia técnica. Los recursos de los municipios si acaso alcanzaban para el incentivo físico”.

Galán recalcó que para darle continuidad del proyecto es necesario un acuerdo local con propósitos compartidos y conjuntos, que permitan desplegarlo a largo plazo. “Es necesario lograr un mayor nivel de definición, como comprometer vigencias futuras, compromisos de las alcaldías y de la Gobernación y buscar otros recursos. Fondo Colombia en Paz ha manifestado interés en reforzar este tipo de iniciativas”.

Por último, enfatizó que 2019 será un año prueba para la Gobernación, ya que definirá hasta qué punto va su compromiso, cómo trabajará en este tipo de esquemas y si lo conectará con la Comisión de Regulación de Agua Potable y Saneamiento Básico. “Tiene que reconocer que todo debe partir por medio de una gobernanza sobre el agua. Un espejo es Mocoa, que por un mal manejo de las cuencas hubo un gran desastre”.

Este es un producto periodístico de la Gran Alianza contra la Deforestación. Una iniciativa de Semana, el MADS y el Gobierno de Noruega que promueve el interés y seguimiento de la opinión pública nacional y local sobre la problemática de la deforestación y las acciones para controlarla y disminuirla.