Desde antes de nacer, Waydairon Matapí Yucuna, un indígena musculoso de 22 años que habita en uno de los resguardos del municipio de Puerto Santander en el Amazonas, fue curado por su abuelo paterno. Cuando estaba en el vientre de su madre, el anciano le pidió permiso a la naturaleza para que su nieto recibiera el conocimiento ancestral de sus progenitores.

Waydairon Matapí fue curado por su abuelo para recibir el conocimiento ancestral de sus progenitores. Hoy recorre con su papá los bosques del resguardo Villazul en el Amazonas para aprender a identificar los diferentes árboles de la zona.

Su papá, Uldarico Matapí, el último conocedor del bosque que queda de la etnia matapí en el resguardo Villazul, ubicado a más de dos horas en lancha del casco urbano del municipio, sería el encargado de transmitirle toda la sabiduría indígena, proceso que inició en su adolescencia. “Lo primero fue la lengua nativa. Luego llegaron los cuentos, canciones y oraciones. Cuando llegué a la adolescencia me metió en el bosque, no sin antes pedir protección espiritual para que nada me fuera afectar”.

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Entre la tupida selva y bajo la batuta de su papá, Waydairon conoció la variedad de árboles a través de la forma de las hojas, los olores que emanaban de los troncos y las formas de las cortezas. Aprendió a diferenciar las que sirven como remedio para el salpullido y las afecciones de la piel y a identificar las aves que anidaban entre el verde de las copas, los micos que jugaban en las ramas y los peces que nadaban en los ríos y quebradas que hay desde la bocana del Amazonas hasta el cañón del Araracuara.

En las entrañas del bosque amazónico, Waydairon conoce los árboles a través de la forma de las hojas, los olores de los troncos y las formas de las cortezas. Su papá le enseñó a diferenciar los que sirven como remedio para el salpullido y las afecciones de la piel.

“Mi papá me enseñó todo sobre esos seres espirituales. En la selva, él cortaba un pedazo de árbol y me lo daba para que lo oliera y lo tocara. Me ponía a analizar las hojas, frutos y pepas, y me decía cuáles animales llegaban a obtener alimento. A lo último me indicaba el nombre del palo. No llevaba cuaderno para anotar y la verdad no lo necesitaba. Como fui curado por la naturaleza y tengo una dieta especial basada en pescado y algunas hierbas especiales, capto y guardo todo muy rápido en la memoria. Hoy ya conozco a simple vista más de 250 especies de árboles en mi lengua nativa”.

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En las chagras, terrenos donde los indígenas tumban con hacha algunos árboles para cultivar, Uldarico le inculcó a su hijo un mensaje sagrado. “Primero le pedimos permiso a la naturaleza, a cada palo y a los seres que allí viven para poder talar y quemar y hacer la chagra. La respuesta la recibimos con pequeños corrientazos en nuestros cuerpos. Si nos dice que sí, quedamos protegidos y la tierra germina. Si llegamos a desobedecer, la madre tierra juega en contra y vuelve todo infértil. Para nosotros la quema le da riqueza al suelo por la ceniza, algo que llamamos mamá de candela”.

Para hacer las chagras, terrenos donde son tumbados algunos árboles para cultivar, los indígenas primero le piden autorización a la naturaleza. “Le pedimos permiso a la naturaleza, a cada palo y a los seres que allí viven para poder talar, quemar y hacer la chagra”, dice Waydairon.

Conocimiento hecho museo

Hace un año, esas expediciones padre e hijo entre la manigua amazónica tomaron un nuevo significado. Carlos Rodríguez, director de la Organización Tropenbos Internacional Colombia, que desde hace 30 años genera conocimiento desde las universidades holandesas y colombianas para conservar el bosque tropical y fortalecer las comunidades indígenas, les propuso participar en un proyecto novedoso e innovador.

El año pasado, Carlos Rodríguez, director de Tropenbos Internacional Colombia, le propuso a 20 indígenas del resguardo Villazul en el Amazonas que participaran en el Museo de la Madera, que pretende preservar el conocimiento ancestral del bosque que tienen las comunidades indígenas.

“Don Carlos le dijo a mi papá que iba a hacer un museo del bosque amazónico, el cual pretendía que todo ese conocimiento ancestral sobre los árboles que tienen las comunidades indígenas no desapareciera y permaneciera vivo en las nuevas generaciones. Nuestra tarea consistía en enviarle muestras de los árboles que vamos a tumbar para hacer las chagras, pero acompañadas de una descripción sobre la biodiversidad que allí habita”, comenta Waydairon, que este año termina sus estudios como bachiller.

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Lo que más les llamó la atención fue el concepto del museo: no sería estático ni estaría en la ciudad, sino que viajaría por las comunidades indígenas. “Con las muestras de madera y nuestras descripciones, la gente de Tropenbos hace pequeños moldes e identifica las especies científicas. Todo ese material regresará a la región para que nosotros mismos les enseñemos a los niños y jóvenes indígenas de los colegios el significado del bosque y las diferentes relaciones ecológicas que tiene cada árbol con los animales, plantas, suelo y agua. Así el conocimiento perdurará en las nuevas generaciones. Yo haré ese proceso educativo con mis siete hermanos menores”, dice el joven matapí.

Waydairon es uno de los 20 indígenas del Amazonas que envía muestras de los árboles que tumban para hacer las chagras, las cuales describen en su propia lengua. Con los pequeños pedazos de los troncos, Tropenbos hace moldes e identifica las especies científicas.

En la recolección de muestras, don Uldarico es el emisor y Waydarion el receptor. Mientras el papá narra las características de los árboles, el hijo almacena la información en su mente y toma fotografías. “Yo soy el ayudante de documentación. Lo que me enseña mi papá lo escribo en el computador que tenemos en la maloca. Luego él envía a Bogotá la muestra con el cuento del árbol, sus animales y colores de las hojas. Ahora estoy escribiendo la historia de un palo medicinal que nosotros llamamos hipatupama, que fue creado para curar a los animales. Ellos llegan ahí a curarse cuando están enfermos. La bauticé el hospital de los micos”.

Museo innovador

Waydairon y Uldarico hacen parte de los 20 indígenas del resguardo Villazul que desde hace un año sacan muestras de los árboles amazónicos, grupo de hombres y mujeres, jóvenes y viejos, de diferentes etnias como matapí-yucuna, maurane, kabiyarí y uitoto. Ya llevan cerca de 400 piezas descritas a la perfección, las cuales en su mayoría están en la oficina de Tropenbos en La Soledad, un barrio bogotano tradicional ubicado en la localidad de Teusaquillo.

El Museo de la Madera del Bosque Amazónico ya cuenta con cerca de 400 piezas de distintas especies de árboles, que fueron descritas por los 20 indígenas que participan en el proyecto.

Carlos Rodríguez, un biólogo de 59 años, es el alma, corazón y creador del Museo de la Madera del Bosque Amazónico, proyecto pedagógico que cuenta con el apoyo financiero del fondo Patrimonio Natural, y que pretende volar por la selva para llegar a las escuelas y colegios de la Amazonia sembrado la semilla del conocimiento ancestral del bosque en los más pequeños.

Cuando tenía 17 años, Rodríguez pisó por primera vez las tierras amazónicas, cuando cursaba primer semestre en la Universidad de los Andes. Por un impulso decidió visitar Cartagena del Chairá en Caquetá, donde la majestuosidad de la selva y la variedad de la cultura indígena le movieron las fibras. Así que decidió trabajar de por vida con y para la Amazonia.

“Este es un museo vivo e itinerante. Viajará por la selva y tendrá como guías a los indígenas. Será un museo que llegará a las escuelas enseñándole a las nuevas generaciones las relaciones que tienen los árboles con los ecosistemas”, asegura Carlos Rodríguez.

Lleva más de tres décadas untándose de bosque y cultura amazónica, experiencia que le ha permitido evidenciar que el conocimiento ancestral está riesgo. “Hemos hecho muchos estudios, en mi oficina tengo más de 300 tesis del bosque tropical, pero esa información permanece quieta y dormida y no le llega a las nuevas generaciones. El saber de las comunidades tampoco es tenido en cuenta. Abel Rodríguez, uno de los grandes conocedores indígenas del bosque, que dibujó 400 especies de árboles de memoria y quien ganó el premio Príncipe Claus de la corona holandesa, solo fue reconocido por su aporte al arte y no por el conocimiento que tiene del bosque”.

Eso fue lo que lo motivó a crear un museo del bosque que mezclara la ciencia con la sabiduría ancestral, y que a su vez tuviera alas para viajar entre las comunidades. “Teníamos que hacer algo para que la sabiduría indígena no quedara condenada a la memoria de los más viejos. Ya teníamos ilustraciones, descripciones y tesis de la distribución y dinámica de los bosques, pero faltaba mezclarlos con el aporte de los indígenas. La tarea era poner a dialogar a los indígenas con las bibliotecas, a la selva con los libros y a combinar ambas fuerzas, para luego transmitir ese conocimiento en las nuevas generaciones, que no saben nada del bosque”.

Los niños y jóvenes de la Amazonia serán los principales beneficiados con el Museo de la Madera, ya que llegará a las escuelas y colegios para enseñarles a identificar las diferentes especies del bosque.

Su idea no consistía en construir un espacio quieto, dormido y lleno de partes de árboles para que lo visitaran los habitantes de la ciudad. Quería romper con el molde tradicional de museo. “Es un museo vivo, itinerante y multisituado que llegará a los colegios y escuelas de la Amazonia. Viajará por la región y tendrá como guías a los indígenas que recogen las muestras. En pocas palabras será un museo que recorrerá la selva enseñándoles a las nuevas generaciones el centenar de relaciones que tienen los árboles con los ecosistemas”, asegura este biólogo con doctorado en ciencias naturales de la Universidad de Ámsterdam.

Indígenas protagonistas

A los 25 años, Rodríguez presenció la conexión que tienen los indígenas con la naturaleza, algo que lo dejó perplejo. “Uno de los viejos permanecía todo el día sentado en silencio dentro de su maloca. Según él estaba pidiéndole permiso al bosque para hacer las chagras, proceso que ellos llaman curar. Entre risas le pregunté si necesitaba la aprobación de cada árbol, porque llevaba días aislado. Me contestó que sí, que todo tenía que quedar curado”.

Desde esa época comprendió que en la sabiduría indígena estaba la clave para desarrollar cualquier proyecto pedagógico en la región. “En el pasado, antes de talar para hacer las chagras, los indígenas mayores llevaban a sus hijos y nietos a la selva para identificar los árboles y pedirles permiso. Eso se ha ido perdiendo, por lo cual decidí que el museo debería empezar con rescatar esas prácticas familiares. Eso es lo que hacen los 20 indígenas de Villazul”, menciona Rodríguez, quien desde pequeño sintió un amor desbordado por la madera, por la fábrica de muebles que tenía su papá.

Los niños y jóvenes de la Amazonia aprenderán sobre los árboles y sus relaciones con la naturaleza por medio de juegos. El Museo de la Madera cuenta con pequeñas figuras de mamíferos, aves, insectos y peces que están asociados a los bosques amazónicos.

Cada una de las muestras de los troncos de los árboles que envían los indígenas, que no pesa más de cuatro libras, es convertida en un pequeño cuadrado o ficha de madera por expertos de Tropenbos, quienes la marcan con el nombre del que la encontró. Las historias y descripciones, algunas escritas a mano en cuadernos de colegio, son analizadas para descifrar la especie científica del árbol, al igual que algunas fotografías y dibujos. En algunas ocasiones, los mismos indígenas viajan desde el Amazonas a Bogotá para complementar la tarea.

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Este proceso, que puede demorar semanas con cada pedazo de árbol,  fue realizado con las 400 muestras recolectadas hasta ahora en la selva. Todas están organizadas en 300 cajas rectangulares talladas a mano con el nombre Museo de la Madera y guardadas en la biblioteca de la oficina del director de Tropenbos, mientras inicia la segunda fase del proyecto: llevar el museo a las etnias que conforman el resguardo Villazul.

Juguemos en el bosque

Detrás de las fichas de madera de cada árbol hay un ejercicio pedagógico y didáctico creado por Rodríguez. “El ideal es que en los colegios cada niño escoja una de las fichas. Ahí empieza el juego. Por ejemplo, digamos que elige un carguero rojo. Uno de los guías, que serán los 20 indígenas del proyecto, saca una imagen dibujada del árbol para que asocie la madera con el palo. Pero aún no sabe si es alto, bajo, su ancho o la forma de las hojas. Entonces hacemos uso de los cuentos de los indígenas, que narran el origen, clasificación y ubicación”.

Figuritas de animales tallados en madera como dantas, armadillos, jaguares, guacamayas, tortugas, micos y osos hormigueros, hacen parte de la apuesta pedagógica del Museo de la Madera de Tropenbos.

Ya con una imagen clara del árbol de donde salió el cuadrado de madera, los niños aprenderán sobre las relaciones ecológicas. “Como ya sabemos la especie, les mostraremos las semillas que puede dar. Luego ponemos sobre la mesa 12 imágenes del árbol que simbolizan los meses del año, para establecer en qué época bota la flor, fruto y semilla. Entonces jugamos con las relaciones que tiene el árbol con los animales, el agua y el suelo”, dice Rodríguez esculcando en uno de los cajones de su biblioteca.

Saca un canasto repleto de figuritas de animales tallados en madera como dantas, armadillos, jaguares, guacamayas, tortugas, micos y osos hormigueros. También encuentra una caja de cartón de color azul con peces de todos los colores. “De nuevo con el carguero, analizamos qué animales podrían estar asociados con la corona del árbol cuando está florecido. Entonces sacamos del canasto las figuras de los colibríes. Luego pasamos al tronco, que podría ser visitado por pájaros carpinteros. En las raíces llega el gurre, animal que hace su nido en la parte baja. Un solo árbol tiene centenares de relaciones ecológicas con los animales, pero los indígenas más jóvenes no lo saben”, apunta Rodríguez.

Un solo árbol tiene centenares de relaciones ecológicas con los animales, hasta con los peces, quienes comen de los frutos y hojas que caen de los árboles.

El juego sigue, pero ahora con el fruto del árbol. “En esa época llegan los loros, las guacamayas, el tucán y los micos. Lo más probable es que el mico sea mamá, entonces ponemos sobre su espalda una pequeña cría. Durante todo el año un árbol alberga miles de insectos como mariposas y gusanos que sacan alimento de sus hojas”.

La caja con los peces es utilizada sólo si el árbol está asociado a un río. “Si en la descripción indígena dice que está en la orilla de un cuerpo de agua, entonces lo relacionamos con el recurso natural. Muchas especies de peces comen de los frutos y hojas que caen del árbol, y esos peces a su vez sirven de alimento a mamíferos como el jaguar, lobo y nutria. El propósito es que todo ese nuevo conocimiento quede aferrado en la memoria de los pequeños”.

El propósito de este Museo de la Madera es que los niños de la Amazonia aprendan a identificar las especies de árboles y conserven el conocimiento indígena, pero por medio de actividades lúdicas y juegos.

Rodríguez anota que una sola hectárea de bosque puede albergar hasta mil especies de animales y plantas asociadas que dependen de ese ecosistema para sobrevivir. “Todas esas relaciones ecológicas son quemadas por la deforestación, además del conocimiento y el hábitat de los indígenas. Esa tala indiscriminada y posterior quema está acabando con la vida del planeta”.

La maleta del bosque

¿Cómo llegará este museo interactivo a la selva de los indígenas? El director de Tropenbos asegura que viajará en pequeñas maletas de madera que contendrán en su interior los cuadrados de madera, escritos en sus respectivas lenguas y figuras de los animales asociados. “Empezaremos con las etnias del resguardo Villazul. Cada una de estas tribus tendrá su propio museo y guías locales”.

El ideal es que las maletas estén en la maloca de cada grupo étnico. “La maleta tiene manijas para que la puedan movilizar desde la maloca hasta los colegios y escuelas. Al abrirla florecerá el conocimiento por medio del juego de la relación del árbol con los animales. Toda es información quedará guardada para siempre en las memorias de los niños, lo que permitirá que el conocimiento ancestral perdure”.

El Museo de la Madera viajará en pequeñas maletas de madera a las escuelas de la Amazonia. “Primero empezaremos con las etnias del resguardo Villazul. Cada una de estas tribus tendrá su propio museo y guías locales”, dice Rodríguez.

Pero antes de llegar a la tupida selva, hay un reto mayor: sensibilizar a los profesores de las escuelas para que cambien su modelo pedagógico. “Están muy occidentalizados. Por eso hay que sensibilizarlos para que reconozcan el saber local e incluyan una nueva dinámica en su enseñanza. En el futuro, ellos serán los que manejen el museo, que será un aula itinerante del conocimiento ancestral. En los próximos meses daremos inicio al proceso. Ya hemos enviado algunas maletas al resguardo”.

Una de las metas de esta propuesta pedagógica en la selva amazónica es que los niños y jóvenes memoricen el nombre de los árboles y la fauna y flora asociada. “Con la maleta de la madera y con sus profesores ya listos, los pequeños empezarán a memorizar la información. El ideal es que mínimo aprendan 100 especies, número que para los indígenas mayores es poco”.

El propósito es que cada niño y jóven indígena aprenda por lo menos 100 especies de árboles, con todas las relaciones que tienen con los animales, plantas, suelo y agua.

Este proyecto conformará la gran aula itinerante del bosque tropical en la Amazonia, un aula comunitaria y educativa en conjunto con la ciudadanía y un espacio para el diálogo de saberes. “Por ahora solo tenemos 400 muestras, pero queremos llegar a las 4.000 de diferentes especies de la Amazonia, tanto comerciales como no maderables. Este museo puede aportarle a la restauración ecológica del bosque, ya que la información que tenemos sirve de insumo para concretar acciones como la agroforestería”.

Pocos han sido afortunados con poder ver en vivo y en directo las piezas del museo y el juego de las relaciones ecológicas. “Aún no está abierto al público en Bogotá. Solo lo conocen académicos, estudiantes universitarios de biología, ecología y ciencias forestales, algunos extranjeros y mis amigos. Manuel Rodríguez y Juan Mayr, ex Ministros de Ambiente, quedaron enamorados”.

La meta del Museo de la Madera es llegar a las 4.000 piezas de diferentes especies de la Amazonia, tanto comerciales como no maderables. Sin embargo, Rodríguez sueña con alcanzar las más de 7.000 especies leñosas de Colombia.

Rodríguez sueña en grande. En cinco años ve al Museo de la Madera con 4.000 muestras de la Amazonia, y en ocho años con más de 7.000 de las especies leñosas de Colombia. Pero va más allá. Anhela con hacer un museo para cada ecosistema de bosque colombiano, como el andino, seco, del Pacífico y los super húmedos tropicales. “Eso depende de la unión de otras entidades y organizaciones, para que conformemos el el gran museo activo de la madera de Colombia”.

Bosque, una organización sociopolítica

La etnia uitoto de la región del Araracuara, uno de los grupos étnicos que participan en el proyecto de Tropenbos Internacional Colombia, ya tiene seleccionado el nombre de su aula itinerante: Museo de la Madera de la familia Román.

Cuatro de los miembros de esta familia, que en el idioma de su etnia significa pintura roja, conformaron un grupo para describir los árboles, crear historias y recolectar muestras. Tomás Román Sánchez, un indígena uitoto de 50 años, coordina el clan. Su papá describe el árbol, uno de sus sobrinos lo pinta y otro hace el pequeño corte de la madera.

Tomás Román Sánchez, un uitoto de 50 años, es otro de los 20 indígenas que participa en el Museo de la Madera del Bosque Amazónico, junto con su papá y dos sobrinos.

“Cuando el Museo Román arranque, llegaremos a los colegios para que los niños, niñas y jóvenes identifiquen a la Amazonia con el bosque, que es su sello característico, y conozcan las relaciones que tiene un solo árbol con el pájaro, suelo, agua y pescado. Yo siempre digo que entre más conocimiento mayor es la preservación de la naturaleza. El ideal es que los niños de primero de primaria aprendan 50 nombres de árboles, los de quinto 300 y los bachilleres mínimo 500. El museo será un instrumento pedagógico para que las nuevas generaciones aprendan los nombres y funciones de los árboles. Es una obligación que todos los indígenas conozcamos nuestro mundo”, cuenta don Tomás.

Enfatiza que los profesores deben acudir a la creatividad y romper el molde de lo tradicional, es decir salir del aula para hacer las clases en la selva y en los campos. “Hay que sacar a los niños de esas cuatro paredes, que conozcan cómo es la siembra de las chagras, los bailes y los rituales. Estamos demasiado teóricos”.

Para los indígenas, el bosque está dividido en dos etapas. “Entre agosto y marzo florecen los frutales de la chagra y en los otros meses brotan los frutos del monte, todo lo silvestre. Ese es nuestro calendario ecológico”.

Según este indígena, en el monte los árboles tienen su propia organización sociopolítica. “Hay árboles jefes que cuidan y defienden a los demás que están a su alrededor. Esos jefes están en lo profundo de la selva y son los dueños de sus territorios. Un monte viejo tiene miles de plántulas en su raíz y tronco, que son sus hijos. Los árboles tienen una jerarquía similar a la de los indígenas. Es curioso cuando un botánico dice que descubrió una especie nueva: nosotros las conocemos desde la creación del mundo e identificamos su nombre, olor y sabor”.

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El bosque está dividido en dos etapas, puntualiza el líder de los Román. “Entre agosto y marzo florecen los frutales de la chagra, como piña, chontaduro y otras variedades. Y de marzo a agosto brota lo relacionado con los frutales del monte, todo lo silvestre. Ese es nuestro calendario ecológico para hacer las chagras. En agosto suena la chicharra para recibir al verano y en marzo canta el sapo advirtiendo la creciente por las lluvias”.

*Este es un producto periodístico de la Gran Alianza contra la Deforestación. Una iniciativa de Semana, el MADS y el Gobierno de Noruega que promueve el interés y seguimiento de la opinión pública nacional y local sobre la problemática de la deforestación y las acciones para controlarla y disminuirla.