Antes de 1530, sus aguas eran un regalo de los dioses para quienes realizaban pagamentos como símbolo de agradecimiento. Lo llamaron Funza, palabra chibcha que significa varón poderoso. Al fin y al cabo era el río más importante de la sabana.

Tupidos bosques rodeaban sus orillas. Desde los cacicazgos, ubicados en las partes elevadas, los indígenas le enviaban mensajes de protección a la sabana. En silencio, conectados espiritualmente con las lagunas de Siecha, Suesca, Iguaque, Guatavita, Fúquene y Tota, epicentros de sus rituales.

Sus figuras mitológicas, Bachué y Bochica, eran dioses del agua. Cuenta la leyenda que Bachué salió de la laguna de Iguaque en forma de mujer con un bebé en brazos, con quien se casó y pobló la sabana. Al envejecer, regresaron al agua y tomaron forma de serpiente.

Bochica los liberó del hechizo de Huitaca, su esposa, quien llenó de males a los muiscas e inundó la sabana. Luego de una batalla sideral, Bochica triunfó y frenó las inundaciones al romper con una vara dorada la roca que retenía las aguas. Así creó el salto del Tequendama.

Los muiscas, un pueblo anfibio, concebían el agua como fuente de vida, almacenamiento y abundancia. Las mujeres acudían a los remansos del Funza para dar a luz a sus hijos. Las artesanías, como tunjos, serpientes, ranas, sapos y peces dorados, muestran la adoración a las criaturas acuáticas.

“La rana es un símbolo que nos remonta a esa asociación anfibia de los muiscas con el agua y los cuerpos lagunares, donde se reflejaban los rostros del dios Sol y la diosa Luna”, comenta el historiador y consultor cultural Nelson Osorio.

El río Bogotá suele aparecer en las ilustraciones de la colonia. Así fueron pintados Soacha en 1627 y el pueblo de Engativá en 1767.

Bacatá, capital del mundo muisca, era un lugar cercano al río donde 20.000 indígenas hacían ritos ceremoniales de purificación. El agua del Funza les servía para consumo, riego, curtido y tejido de sus mantas inmaculadas.

Rafael Mamanché, gobernador muisca en Sesquilé, afirma que el río representaba una serpiente: la cabeza era el páramo; sus curvas, los cultivos; las lagunas, las venas y la cola, su desembocadura.

Los panches, indígenas guerreros que gobernaban las tierras bajas del río, eran enemigos de los muiscas. Por eso construyeron atalayas en Tibacuy para vigilarlos. “Pero nunca corrió sangre. El código genético de estos pueblos era proteger y adorar el agua”, apunta Osorio.

La fatal conquista

En 1537 Gonzalo Jiménez de Quesada llegó a la sabana atraído por las esmeraldas, oro y sal, y empezó el viacrucis de muiscas y panches. Los españoles, al conquistar los terrenos sagrados de la sabana, causaron pánico entre los indígenas. Las tropas saquearon sus tesoros, torturaron a los zipas y zaques, y derrotaron a los panches en batallas sangrientas.

Además, los muiscas fueron desapareciendo por las enfermedades desconocidas que trajeron los europeos, como viruelas, gripas, escorbuto, sífilis y gonorrea.

“La profanación de lugares sagrados como Guatavita y el Templo del Sol impulsaron a los muiscas a cometer suicidios colectivos, porque se sentían en pecado. Sin un Bochica que los salvara, consideraron que lo mejor era morir”, afirma Osorio.

Los pocos sobrevivientes quedaron subyugados a las órdenes de los españoles, lo que dio paso a un mestizaje entre ambos grupos. Pero su idiosincrasia pasó al olvido.

Cambio de actividad

Luego de fundar Santa Fe, el 6 de agosto de 1538, Quesada repartió las tierras entre sus cinco capitanes. Según Osorio, esto dio inicio a la construcción de grandes haciendas, ubicadas en el costado occidental del río, como Novillero, Canoas y San Jorge.

Varias zonas aledañas al río fueron dragadas para dar paso a terrenos agrícolas. La sabana empezó a pintarse con el amarillo del trigo, cultivo introducido por los españoles, además de hortalizas.

El río pasó de ancestral a colonial. Los molinos de agua aparecieron en las haciendas y sus dueños navegaban en varios tramos. La religión católica llegó con fuerza y afluentes como el Tunjuelo, Juan Amarillo y el Fucha brindaron agua y suelos para cultivos”, explica Osorio.

Durante el siglo XVIII visitaron el río, ya llamado Bogotá, académicos como el botánico José Celestino Mutis, quien desde 1783 exploró los páramos de las cuencas alta y media, la laguna de Pedro Palo y los bosques de Tena y La Mesa.

Mutis descubrió los frailejones paramunos, especie que nombró Espeletia en honor al virrey José Manuel de Ezpeleta, además de la quina en Tena y el té de Bogotá.

En 1799 llegó Alexander von Humboldt, quien lideraba una expedición por América Latina. En Colombia estuvo seis meses y recorrió partes del río como el salto del Tequendama, paisaje que lo enamoró y donde calculó la altura de la caída.

Durante la campaña libertadora de Simón Bolívar, en 1819, varios próceres transitaron por las antiguas trochas abiertas por los panches y empedradas por los españoles.

Miguel Rico, historiador de Tocaima, asegura que allí se gestó un encuentro histórico a finales de 1826. Bolívar, luego de liberar a los países del sur, se encontró en ese lugar con Francisco de Paula Santander para evitar una ruptura total. “Esa carga histórica va más allá de los próceres. En Pubenza han encontrado varios fósiles de mastodontes, tortugas y cocodrilos, además de petroglifos de los panches. El más reciente fue en 2002: un mastodonte infantil que habitó hace 16.000 años”, dice Rico.

El militar italiano Agustín Codazzi también dejó huella en el río Bogotá. En 1850, cuando lideraba la Comisión Corográfica, exploró zonas paramunas, las Piedras del Tunjo, el río Negro y el salto del Tequendama, sitios donde registró aspectos topográficos, paisajísticos, económicos y culturales.

De espaldas al río

Daniel Jiménez, historiador y museólogo del Archivo General de la Nación, dice que la relación armónica con el río empezó su quiebre en el siglo XX.

“En 1900, Bogotá tenía menos de 100.000 habitantes. Hacia 1930, por las migraciones de la violencia, el crecimiento poblacional fue descomunal, lo que conllevó a que el río empezara a recibir basuras y descargas”, anota Jiménez.

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Los años ochenta fueron fatales. Según el museólogo, el río recibía los vertimientos de tres o cuatro millones de habitantes. Las industrias se ubicaron en Puente Aranda, hacia el occidente, para verter los desechos en el cuerpo de agua.

“El río fue sometido a una alteración de su recorrido natural. Muchos meandros fueron modificados para darle forma lineal, lo que generó pérdida de amortiguación e incremento de inundaciones. Entre 1940 y 2000 la gente no veía al Bogotá como un río”.

Los habitantes de la cuenca media son los culpables de que hoy el río sagrado de los muiscas ostente el título de cloaca. “Como no conocemos su historia, no tenemos un sentido de pertenencia. Todos somos culpables de su deterioro”, puntualiza Jiménez.

Mamanché concluye que el río no está muerto, sino sumergido en un silencio inmarcesible. “Está dormido, pero en cualquier momento despertará...”.

Nace el Grupo Río Bogotá

Su cuenca concentra cerca del 32 por ciento del Producto Interno Bruto del país, pero el río Bogotá se convirtió en un foco de contaminación y ejemplo de lo que no se debe hacer. Su curso serpentea por Cundinamarca en espera de recuperar el título de gran varón, que no ha dejado de brindar servicios económicos, ecosistémicos, sociales y culturales.

Varias obras buscan descontaminarlo, una proeza desde hace 20 años que enfila como ejemplo mundial. Pero su resurgir requiere del compromiso de la ciudadanía que, desde el siglo XX, le dio la espalda.

Por eso nace Grupo Río Bogotá, una iniciativa de revista SEMANA, Fundación Coca-Cola, Banco de Bogotá y el consorcio PTAR Salitre que, por medio de contenidos periodísticos, eventos y foros, posicionará en la agenda nacional la importancia y potencial del afluente.Este grupo articulará a los sectores y actores que inciden en la cuenca, desarrollará alianzas para establecer su estado y uso y sensibilizará a la población e impulsará iniciativas comunitarias. Servirá de puente entre autoridades ambientales, campesinos e industriales para articular iniciativas en pro del río, apoyará la veeduría a las inversiones y consolidará proyectos de investigación y educación ambiental. Llegó la hora de darle la cara al Bogotá.

Este es un contenido periodístico de la Alianza Grupo Río Bogotá: un proyecto social y ambiental de la Fundación Coca-Cola, el Banco de Bogotá del Grupo Aval, el consorcio PTAR Salitre y la Fundación SEMANA para posicionar en la agenda nacional la importancia y potencial de la cuenca del río Bogotá y  sensibilizar a los ciudadanos en torno a la recuperación y cuidado del río más importante de la sabana.