Herlinda León Herrera llegó a los siete años a Jerusalén proveniente de Apulo, municipio que la vio nacer. Su familia decidió asentarse en este caluroso y alejado territorio porque la vida era mucho más barata y tranquila, aunque en la década de los noventa sintieron la presión de la guerrilla.

“Aunque no nací acá me considero una jerusolemitana más. En este pueblo me casé, tuve dos hijas, compré mi finca y vivo de lo que me gusta: trabajar la tierra. Aunque en una época sentimos miedo por la violencia, gracias a Dios nunca nos pasó nada y logramos salir adelante”. 

Hace 10 años, Herlinda y su esposo compraron un predio de cuatro hectáreas en la vereda Andorra, conocida por la producción de maíz. “Yo me encargo del cuidado de la casa y los animales, y mi esposo cultiva limones, mangos y maíz. De eso hemos vivido. Mi hija mayor está estudiando en Bogotá y la menor vive aún con nosotros en la finca”.

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Asegura que siempre le han gustado los marranos. “Son fáciles de cuidar, comen de todo y sirven para la venta y el consumo de la familia. En el pueblo a casi todos les gusta la carne de cerdo. Por eso, en 2017 decidimos construir una cochera para criar estos animales y ganar más platica”.

La boñiga del cerdo es bastante olorosa, aunque Herlinda ya está acostumbrada. No tenía ni idea de que con ese estiércol podría hacer algo distinto a un abono para los cultivos, y mucho menos que sería útil para poner a funcionar la estufa. Eso cambió hace un año, cuando la CAR le presentó un novedoso proyecto. “Me dijeron que con unos aparatos esa boñiga generaría un gas para la cocina. Al comienzo no creí, pero como no tenía nada que perder, decidí participar en el proyecto”.

“Aunque no nací acá me considero una jerusolemitana más. En este pueblo me casé, tuve dos hijas, compré mi finca y vivo de lo que me gusta: trabajar la tierra", dice Herlinda. Foto: Jhon Barros

Al comienzo, la CAR le instaló dos tanques plásticos, pero los resultados no fueron los mejores. “Luego nos presentaron una alternativa más sencilla, que es una zanja en forma de salchicha a donde llega el estiércol del marrano, la cual cubrimos con un plástico para que genere gas. Ha sido todo un éxito”, dice Herlinda.

En la cochera tiene 15 cerdos. Cuando le arroja agua, el estiércol pasa por una tubería hasta la zanja cubierta, un biodigestor artesanal. Allí se produce un biogás que es conducido por otra tubería hasta la cocina.

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“Mi estufa funciona con ese biogás. Con ese biodigestor nos hemos ahorrado varios pesos. Ya no tengo que comprar pipetas de gas. Además, con los residuos de los marranos hago abono para los cultivos”.

Herlinda utiliza los cerdos para la venta, hacer lechona y para el almuerzo de su casa. En la cochera los deja engordar hasta que están listos para el consumo. “La carne la vendo casi siempre por libra. Pero a veces la gente quiere el chancho completo. Cobro 100.000 pesos por arroba, es decir que si pesa cuatro pues cobro 400.000 pesos”.

Los primeros biodigestores los creamos con un pasante alemán. Eran tanques plásticos cuadrados de un metro cúbico", dijo Edwin García. Foto: Jhon Barros.

Aciertos y errores 

En Jerusalén, cinco familias de las veredas El Hatillo, Andorra y Tabaco hacen parte del proyecto de generación energética por biodigestores, el cual al comienzo pretendía producir biogás con el estiércol de vacas y cerdos.

“Los primeros biodigestores los creamos con un pasante alemán. Eran tanques plásticos cuadrados de un metro cúbico, a donde llegaba el estiércol de las vacas y cerdos. Pero con las reses fue complejo, ya que el campesino tenía que desgastarse mucho para recoger el excremento. Por eso decidimos enfocarnos solo con los cerdos”, explica Edwin García, director del Centro de Investigación Ambiental de la CAR.

La CAR cambió de estrategia. “Encontramos una experiencia en Tocaima con un biodigestor tipo salchicha, una zanja cubierta con plástico a donde llega el excremento y se genera el gas. Los residuos ingresan por una tubería, pasan al biodigestor, se descomponen y generan un gas para alimentar las cocinas de las personas”, dice García.

El experto de la CAR afirma que los beneficios de esta nueva alternativa cubren varios campos. “Los campesinos ya no tiene que utilizar leña para poner a funcionar las estufas, es decir que no talan los árboles. Al tener biodigestores para los excrementos, estos ya no generan gases de efecto invernadero, que ocasionan el calentamiento global. Ese metano ahora queda atrapado y es el que llega a las cocinas. Por último, las personas disminuyen la compra de pipetas de gas: su antes adquirían tres, con el proyecto solo tienen una”. 

Este especial fue tomado de: https://semanarural.com/web/articulo/proyectos-ambientales-innovadores-en-jerusalen-cundinamarca/1086