Desde el momento en que las sociedades humanas descubrieron los modos de cultivar y beneficiar las plantas introdujeron cambios en los paisajes, pues así opera la cultura. De hecho, esa palabra deriva del verbo latino colere, esto es, la acción de habitar y de cultivar. Incluso la simple actividad de recolectar los frutos de los árboles modifica los paisajes, así lo demuestra el papel de la digestión de las aves que propaga las especies vegetales.

Como cada clase de cultivo y cada beneficio de una planta introducen distintos cambios en el paisaje, no debería generalizarse lo que hace un arbol para los demás. No es lo mismo sembrar tabacos, que exigen ausencia de cobertura vegetal, a sembrar café o cacao, que siempre la demandarán.

Cuando los colonos de las montañas de Colombia comenzaron a cultivar cacao, en principio, y después café, lo primero que hacían era preparar las áreas con una técnica de roza o quema. Ese terreno despejado se dejaba unos cinco o seis meses para que el sol y el agua secaran y pudrieran los árboles, mientras que se preparaba algún rastrojo, se cortaba esa maleza y se buscaba que diera inicio al fuego en la montaña derribada.

Comenzó así un cambio drástico del paisaje. Una vez examinada la quema, se sembraba el pancoger del colono: fríjol, maíz y yuca. Es lo que se llama una “destrucción productiva”: para sembrar una especie vegetal, siempre habrá que destruir otras que no se juzgan económicamente deseables. Las especies campesinas de pancoger no solo llenan el estómago del pobre, sino también reducen las malas hierbas con la pala, el azadón y el machete del colono.

Vino luego la preparación del cultivo del café o del cacao, una actividad que cambió la geometría variopinta del paisaje con los trazos rectos de las cabuyas que iban dibujando el ancho y largo de las terrazas y de los callejones, así como las distancias que mediaban entre los huecos que recibían los colinos que se preparaban en los almácigos.

Como el cultivo del café requiere de mucho sombrío, de inmediato se sembraban plátanos para que resguardaran los colinos, que junto con los árboles de pequeña envergadura le permitirán al colono disponer a discreción del sol y de la sombra. Entonces llegó una nueva modificación al paisaje, pues el plátano siempre será un compañero del café, y sus anchas y brillantes hojas moviéndose al viento, con sus racimos colgando, acarician el alma del colono. Solo los guaduales silbando al viento pueden superarlos.

Otro compañero inseparable del café, sembrado en las calles del trazo, en una sí y en dos no, es el árbol del búcaro. Los cultivos de café en la meseta de Bucaramanga trajeron consigo tantos búcaros de ramilletes de flores naranja que algún despistado creyó que la palabra que designa esa linda ciudad significaba “manga de búcaros”, ignorando al indio chitarero empeloto que le dio el nombre.

Gracias al alto porte de estos árboles, que arriba en sus copetes sus ramazones se dan las manos casi unos con otros, queda listo el sombrío de las matas de café, reduciendo la fuerza del sol para que solo entren sus rayos con suavidad. El colono experimentado siembra primero los búcaros y después los plátanos, pues sabe que sin estos árboles no puede haber hacienda, porque mantienen sombra y frescura todo el año. El cafetero prudente no pierde granos: inicialmente, el almácigo de los granos, y luego los colinos que van al hueco.

Pronto el paisaje mostró su nueva geometría trazada a cordel: por las terrazas y las calles corrían ordenadamente los búcaros, los plátanos y el café. Las distancias empezaron a ser parejas y uniformes, y los viajeros comenzaron a a calificar este paisaje de “cultural cafetero”. Lo que no percibirían era que los colonos estuvieron siempre inclinados, palín y machete en mano, manteniendo a raya las malezas, pues la hacienda siempre tenía que estar bien entablada. Prueba del buen juicio son las camas con semilleros, sostenidos por sus palitos, horqueticas y hojas de plátano para tapar el sol, bien regados y limpios, cuidados de los insectos que amenazan las plántulas. El arte de preparar buenos colinos, y de sacarlos con tierra suficiente para no dañar sus raíces, habla muy bien de los colonos cafeteros.

El indispensable sombrío de los cafetales trajo al paisaje nuevas especies de cobertura vegetal, según las regiones: guamos, anacos, erythrinas, nogales cafeteros, galapos, guayacanes rosados y amarillos, chachafrutos. Y para cuidar los arroyos vinieron las guaduas, los aros, los floritos, los bores. Este enriquecimiento del paisaje significa que la expresión “impacto ambiental” no tiene una connotación negativa en sí misma, ya que en su versión positiva habla de una reforestación. Un buen ejemplo son los cerros orientales de la ciudad de Bogotá, hoy poblados de distintas especies de pinos y guarumos, que en las acuarelas de los viajeros del siglo XIX aparecían sin arboledas.

Como el cultivo y el beneficio anual de los cafetales requieren muchos brazos de hombres, mujeres y niños, en las haciendas cafeteras no han de faltar los cultivos de pancoger, esas sementeras de maíz, yucas, fríjoles, auyamas, arvejas y menestras, así como las marraneras. El beneficio del café lo disponen para el comercio, y es aquí donde entra un nuevo modificador del paisaje: las mulas. Mantener las arrias de estos animales exige el establecimiento de pastos africanos, ojalá de corte, así como algo de caña de azúcar y un trapiche manual para preparar la melaza.

Los mulares y caballares, al igual que el ganado vacuno, trajeron consigo el más silencioso de los cambios del paisaje colombiano: la sustitución de los pastos nativos originales por los pastos africanos. Hablar de pastos en Colombia es mascullar palabras del África, y una de esas especies reina, por su alto contenido de proteína, con un nombre apropiado: estrella africana.

Con el tránsito de las arrias de mulas a los jeep y camiones vinieron las carreteras de las laderas a modificar el paisaje, con sus necesarios derrumbes y “volcanes”. La erosión se aceleró en el paisaje cafetero, pero a cambio emergieron en los corredores de las casas campesinas las macetas de flores y las heliconias de todo género, las orquídeas, las clavellinas y las hortensias. Es que en ninguna parte del mundo es más cierto el refrán popular que dice que “no hay mal que por bien no venga”.

Desde 1970 se percibe con claridad una reducción del paisaje cafetero, expresada en la disminución de los municipios dedicados a este cultivo en el país. Pero, en cambio, ha aumentado la productividad por la tecnificación del cultivo y el beneficio, de tal suerte que se necesita menos área cultivada y más productividad por hectárea. En las zonas cafeteras con un sistema de producción intensivo cambió más rápido el paisaje, pero no porque haya aumentado demasiado la cobertura de las praderas, sino porque se diversificó más con nuevos bosques y cultivos de cítricos, hortalizas, maíz y fríjol. La especialización de los cultivos de las haciendas para los mercados urbanos en expansión ha enriquecido el paisaje.

Las transformaciones más recientes del paisaje cultural cafetero en Colombia se refieren a movimientos de las áreas sembradas hacia el sur del país, y a una expansión urbana en las antiguas zonas cafeteras, cuya vocación residencial y recreacional enriquece con nuevas especies frutales, flores y maderables el paisaje. A la vista de tantos cambios, la impresión general es de enriquecimiento de la cobertura vegetal y de los pastos, lo que desvirtúa el catastrofismo de algunas voces urbanas.