El preámbulo de la ganadería en América lo hizo Cristóbal Colón a partir de su segundo viaje, en 1493, cuando desembarcó unos becerros procedentes del sur de España y de las islas Canarias.

Luego de observar varias islas, le encantó La Española, hoy República Dominicana y Haití, donde vio pastizales en fértiles valles de ríos con aguas cristalinas, pero sin animales herbívoros. Esta fue la introducción para solicitarles a los Reyes Católicos autorización para traer bovinos y caballos, los cuales rápidamente se multiplicaron al consumir nutritivos pastos en territorios aledaños a La Isabela, primera población europea en América. Años después, prestantes ganaderos establecieron haciendas en el valle del río Yaque, periferia de la nueva población Santiago de los Caballeros, en República Dominicana.

En las dos primeras décadas del siglo XVI, la ganadería se difundió por el archipiélago antillano y después por el territorio continental. Alonso de Ojeda y Sebastián de Belalcázar llevaron ganado al Urabá; a la región de Santa Marta, Rodrigo de Bastidas, en 1525; y a la península de Coro, en Venezuela, el alemán Nicolás de Federmán, en 1535.

Los bovinos que Belalcázar y Pizarro trasladaron de Urabá al Perú promovieron el poblamiento ganadero del Cono Sur, Ecuador y el sur de Colombia. Los de Santa Marta se difundieron por la región Caribe colombiana, la zona andina nororiental y la sabana de Bogotá entre 1542 y 1543. De allí se desplazaron hacia los llanos de San Juan y San Martín, Meta, a partir de 1556, y dieron origen a la raza criolla sanmartinera; también a los llanos de Casanare y Arauca, desde 1661, con la fundación de la hacienda Caribabare, por los jesuitas. Este fue la génesis de la raza criolla casanare, del llanero colombiano y su cultura. Hacia Centroamérica los llevaron Pedro Arias y a México, Hernán Cortés. De esta manera, desde el siglo XVIII América es el emporio ganadero del mundo.

Un punto de quiebre

Para el caso del piedemonte del Meta, Gonzalo Jiménez de Quesada, en un recorrido en busca del Dorado, introdujo caballos y ganado bovino en 1569. La expedición partió de Bogotá en abril de 1569 con 400 españoles, 1.500 nativos, 1.100 caballos, ganado bovino, cerdos, gallinas y 8 sacerdotes. Tras cruzar el páramo de Sumapaz, llegó a Mesetas por el río Güejar y luego se dirigió a San Juan de los Llanos. Duró dos años explorando, y los resultados fueron uno de los grandes descalabros de la conquista por la elevada mortalidad de personas y animales, pero sobre todo por no encontrar el Dorado.

Luego del fracaso de los conquistadores, en el siglo XVI, la ganadería y la tenencia de la tierra fueron pilares de la economía de los colonizadores. La carne y la leche constituyeron la base alimentaria, complementada en clima medio y frío con fríjol, maíz y papa, y en clima cálido con plátano y yuca. Las haciendas jesuitas de los siglos XVII y XVIII, en Latinoamérica, son ejemplo del empoderamiento territorial y económico de la ganadería. Por estas la llanura oriental de Colombia se convirtió en la principal zona ganadera en los siglos XVIII y XIX; liderazgo que se trasladó en el siglo XX a la región Caribe. Las proyecciones estiman que para el siglo XXI la Orinoquia vuelva a ser el principal territorio de producción ganadera.

El papel de los jesuitas

Las rutas iniciales para el ganado llanero, que abastecía de carne a Bogotá, distaban entre 250 y 300 kilómetros por caminos escabrosos de la cordillera. Los jesuitas redujeron la distancia a 100 kilómetros con la fundación de la hacienda ganadera en Apiay, Meta, que a posteriori incidió sobre la fundación de Villavicencio. Durante 107 años (1661-1767), los religiosos forjaron un emporio económico fundamentado en la producción ganadera, bajo un modelo extractivo conservacionista en pasturas nativas. Luego de su segunda expulsión en 1767, este importante negocio se desplomó y parte del ganado manso quedó al garete, lo que hizo que surgieran cimarroneras que se expandieron y reprodujeron de manera espontánea por la llanura inundable, hacia finales de la colonia.

Cuando comenzaron los levantamientos contra el yugo español, los caballos se constituyeron en vehículos de guerra, y los bovinos, en fuente de alimentación proteica. Fueron los principales soportes del ejército patriota en los llanos de Casanare y Arauca.

En el proceso de independencia, Bolívar le asigna a Santander en 1818 la función de reorganizar la tropa libertadora, en el otrora territorio de Casanare, quien establece sus fuertes en Tame y Pore. Con la llegada de Bolívar a la población araucana, en junio de 1819 se formó un ejército de unos 3.000 patriotas llaneros. La carne de res, la yuca y el plátano fueron los alimentos habituales que aseguraron la dieta de los soldados, que junto con la destreza de los jinetes conformaron una caballería invencible. Lo demostraron con arrojo en la batalla que estaba perdida por la infantería, y aun así los valientes 14 lanceros a caballo, al comando de Juan José Rondón, se inmortalizaron en el glorioso combate del pantano de Vargas al derrotar a la caballería realista de unos 1.000 jinetes.

En la historia de nuestra independencia, merecidamente se exalta al hombre llanero y al caballo; sin embargo, no se resalta al ganado, cuya principal función fue la de alimentar por muchos meses a una tropa de combatientes. Se estima que, diariamente, cada soldado consumía una libra de carne, lo que equivale al sacrificio diario de diez reses, como mínimo. También varios hacendados aportaron recursos económicos procedentes de venta de ganado. Luego de la independencia, muchos patriotas fincaron su economía y tenencia de la tierra con la cría de bovinos en clima cálido y con la producción de leche en clima frío.

Doscientos años después

Luego de la independencia de la Nueva Granada en 1819, el Estado abandonó la región orinoquense, y la ganadería se incrementó en forma silvestre debido a factores ecológicos propios de una llanura graminífera, que facilitaron la rápida proliferación de bovinos con mínima intervención del hombre, especialmente en la sabana inundable. Cuando se inició la república, se reorganizaron grandes hatos privados en Casanare y Arauca con ganado criollo casanareño y, en el piedemonte del Meta, con ganado criollo sanmartinero (siglos XIX y XX). En la primera mitad del siglo XX, se estima que en Arauca y Casanare había unos 2 millones de bovinos criollos casanareños, que permitieron las famosas vaquerías para llevarlos a engordar en el piedemonte del Meta; los novillos gordos eran trasladados a Bogotá para sacrificio.

Un elemento que transformó el manejo del ganado a campo abierto fue el alambre. Al comienzo de la domesticación del bovino, hace unos 12.000 años, su manejo fue al estilo de pastores; luego se construyeron pequeños cercados con madera, especialmente para que dormitaran.

Cuando apareció el lazo, se amarraron para que pastorearan, pero con el incremento del número de animales dóciles la movilización fue voluntaria y sin límites de cercas. Este pastoreo natural aún persiste en los hatos llaneros con rodeos de unas 700 cabezas entre adultos y terneros, que no se mezclan, aunque no están separados con cercas; pues cada rodeo es dominado por los toros reproductores y hacen una rotación voluntaria del pastoreo, simulando un pastoreo Voisin y racional con cercas.

También se hicieron cercas de piedra en potreros, pero lo que modificó notoriamente el manejo del ganado en pastoreo fueron las cercas con alambre de púa para hacer potreros. Así surgieron las denominaciones de pastoreo continuo, alterno y rotacional; y es el hombre quien determina el área y tiempo para pastar. Al aparecer, la cerca eléctrica, con energía convencional y solar, intensifica la rotación hasta llegar al pastoreo en franjas, el cual regula el consumo diario –y aún de medios días– del pasto que requiere el animal. Las cercas también han servido para delimitar fincas y evitar conflictos entre los vecinos.

Cuando comienza la ganadería en América, los pastos eran nativos. Por tanto, donde más se propagó fue en las sabanas tropicales y subtropicales, en la pampa y en áreas de valles. En Colombia, desde el siglo XIX se empiezan a sembrar masivamente pastos foráneos, como yaraguá, gordura, pará y guinea, a expensas de la tala indiscriminada de bosques o montaña, como sucedió en Antioquia. Este proceso se aplicó en el piedemonte llanero desde principios del siglo XX. A partir de la segunda mitad de este siglo, impera la braquiarización de las praderas de clima cálido de Colombia; en la actualidad, el mercado ofrece diversidad de semillas de la especie brachiaria, entre otras.

A mediados del siglo XX se impulsó la ocupación ganadera de altillanura del departamento del Meta, pero con ganado cebú brahman, promoviendo el cambio de las praderas nativas por las especies introducidas de Brachiaria decumbens y Brachiaria humidicola. También, extensas áreas de piedemonte fueron taladas para sembrar pastos y cebar novillos, y surgió un sistema extractivo degradante. En la altillanura del Vichada la ganadería se adelantó con bovino criollo casanareño, sin cambiar la cobertura vegetal nativa.

Similar a otros países de América Latina, con el surgimiento de la exploración petrolera en la llanura se aceleraron innovaciones bajo preceptos de la revolución verde y la dependencia de insumos externos. Así, el siglo XXI recibe evidentes transformaciones de los paisajes naturales del país por acción antrópica. El problema es que hoy en día la demanda mundial de alimentos no cede (por ejemplo, la carne), y en países biodiversos como Colombia los ecosistemas naturales proporcionan numerosos servicios ecosistémicos esenciales para el bienestar humano, como la conservación de los recursos hídricos y del suelo, y los productos estéticos (belleza paisajística e idiosincrasia de sus pueblos).

Por una ganadería sostenible

¿Cómo podemos satisfacer la demanda de alimentos y otros servicios ecosistémicos al menor costo para la biodiversidad?

Hay experiencias para mejorar la productividad con buenas prácticas ganaderas y ambientales, sin mayores afectaciones de su naturaleza, mediante la organización y la capacitación de conglomerados ganaderos en sus territorios. Sin embargo, en la actualidad, los recursos genéticos de animales y vegetales autóctonos son poco estimados por los productores, debido a la influencia de organizaciones privadas y estatales que privilegian lo foráneo.

La incipiente investigación científica, la transferencia tecnológica inapropiada a la aptitud de los suelos y la subvaloración de nuestros recursos bióticos y saberes tradicionales han contribuido a que la ganadería sea cuestionada por sus impactos negativos sobre los ecosistemas. Necesitamos reconvertir estos procesos degradantes en un enfoque sistémico que establezca equilibrio entre los componentes socioculturales, ambientales y productivos. En consecuencia, amerita promover y ejecutar proyectos sobre desarrollo sostenible a corto, mediano y largo plazo para obtener información consistente y confiable, y así alcanzar los logros sociales, comerciales y los servicios ambientales que requiere la humanidad.Con la existencia de millones de hectáreas y bovinos en praderas nativas e introducidas, los ganaderos integrados en un clúster tienen la inmensa oportunidad de entrar al mercado internacional de la carne verde y limpia, para lo cual se necesitan innovaciones relacionadas con la estrategia producción/conservación; el entorno natural de la llanura inundable la soporta en más de 300 años de convivencia pacífica con la ganadería.