Maravillado William David observa como su compañera sostiene en su mano izquierda una lombriz. Lentamente, en punta de pies y en medio de los otros niños que la rodean, se va abriendo espacio para poder acercarse más y observar mejor al animal. 

Vestido con una ruana gris, sombrero y camisa blanca, pantalón negro y alpargatas este niño de 8 años personifica con orgullo a los campesinos de Colombia. "Las lombrices me parecen animales muy especiales porque sirven para hacer abono", dice con propiedad este curioso estudiante de tercer grado.   

Los niños son los encargados de picar las cáscaras de las frutas con las que se alimentan las lombrices. Ellos se divierten aprendiendo. Foto: Diana Rey Melo/Semana. 

Sus conocimientos sobre lombricultura, plantas medicinales y ornamentales, alimentación y estilos de vida saludables, así como del cultivo de diferentes productos los ha logrado adquirir en la huerta urbana escolar, el proyecto que se viene implementado desde hace 14 años en el Colegio Distrital Rodrigo de Triana, sede B, de Patio Bonito en Bogotá. 

"Venir a la huerta me parece chévere porque aprendo mucho. Acá además de aprender a cultivar, nos enseñan a valorar el trabajo de nuestros campesinos", expresa Nikol Aguilar Mora, de 9 años, mientras de fondo suenan por los parlantes de la emisora estudiantil las tiernas voces de niños de diferentes edades y cursos. Ellos aprovechan el descanso para emitir por este medio mensajes sobre la importancia de cuidar la naturaleza y comer saludablemente. 

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Por donde se observe en esa institución educativa hay plantas, sembradas en llantas, canecas de pintura y baldes viejos que los mismos estudiantes, con la ayuda de sus padres, han reciclado en casa y posteriormente donado. Esta ha sido la fórmula con la que los profesores y directivas del plantel han logrado darle vida a la gran mole de cemento que conforma el colegio.  

"Nos sentíamos tristes al ver que en la escuela solo se podían observar ladrillos, ya que no existía ninguna zona verde. Decidimos comenzar a promover la nutrición escolar y el cuidado del medio ambiente desde las aulas, hasta que un día se nos ocurrió empezar a cultivar lechuga en los elementos que reciclábamos junto a los estudiantes. Ahí empezamos a enseñarles a los niños todo el proceso que implica una siembra, desde la semilla hasta la cosecha", explica Ana Graciela González Ladino, docente del colegio, quien junto a otras dos maestras se apersonaron del proyecto. 

Los alimentos producidos son comercializados en miniplazas a las que asisten los padres de familia, docentes y vecinos de la escuela. Los recursos recaudados son usados para el mantenimiento de la granja. Foto: Diana Rey Melo/Semana.  

La profesora recuerda que con las primeras lechugas que lograron recolectar adelantaron una actividad de alimentación saludable, libre de cualquier químico, por medio de la cual los estudiantes terminaron comiéndose la hortaliza que habían sembrado en una rica receta culinaria. A partir de ese momento el proyecto de la huerta escolar no ha parado de crecer, al punto que hoy es la más grande que existe en el Distrito en la sección de primaria. 

Su impacto ha sido tan positivo que ya cultivan bajo invernadero para impedir que las heladas o el exceso de calor dañe los cultivos de los más de 16 productos, entre alimentos y aromáticas, que siembran. Además, de las diferentes clases de plantas ornamentales o decorativas que complementan la minigranja.  

En la huerta escolar son cultivados más de 16 productos, entre alimentos y hierbas aromáticas. Allí se puede encontrar desde tomate cherry hasta habas, pasando por cebolla puerro, remolacha, arveja, pimentones y fresas. Foto: Diana Rey Melo/Semana. 

Su visión les llevó a construir su propio lombricultivo del que se surten de abono para las plantas. Las lombrices son alimentadas con los residuos de las frutas que recogen tras las jornadas de alimentación saludable y las hojas secas que recolectan dentro de huerta.

Esta iniciativa también ha servido para integrar a los maestros, pues ahora la granja cuenta con espacio para que los profesores de todas las áreas hagan sus clases en ese lugar. "Trabajamos este proyecto interdisciplinariamente. A través de la huerta no solo les enseñamos a los alumnos ciencias naturales, también sociales, matemáticas, español y hasta religión, pues promovemos valores, les pedimos que hagan cuentos y les enseñamos a sumar y restar cuando tienen que dar las vueltas de los alimentos que comercializan en las miniplazas que se realizan cuando hay cosecha", asegura la profesora Ana Zoraida Niño Suárez. 

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Las docentes afirman que esta iniciativa les ha servido hasta para reducir los índices de indices de indisciplina. "A los estudiantes que son muy complicados los involucramos al proyecto para que canalicen sus energías y aprendan a controlarse. Vienen acá a la huerta y nos colaboran, mientras tanto nosotros les hablamos y orientamos. Cambian de ambiente y eso les ayuda a modificar su actitud", recalca González, quien aprovechó para destacar la labor de la maestra Lucy Villamil, quien siempre ha estado impulsando este proyecto. 

Por medio de la granja los niños, además de ciencias naturales, también aprenden español, matemáticas, sociales y hasta religión. Foto: Diana Rey Melo/Semana. 

Los padres también han jugado un rol fundamental en este proceso, pues a partir del conocimiento que aprenden de sus hijos han podido implementar en sus casas huertas urbanas que les ayudan a satisfacer sus necesidades alimenticias y a emprender nuevos modelos de negocio. 

"Este es un proyecto muy bueno porque le enseña a uno a cómo alimentar a los niños en la casa, porque uno muchas veces no sabe y por eso solo les da papas y arroz. Es bueno además que aprendan a cuidar el medio ambiente y que valoren el trabajo del campo", manifiesta Leidy Jaramillo, madre de familia.

Con esta iniciativa los estudiantes han aprendido también a valorar el trabajo de los campesinos. Foto: Diana Rey Melo/Semana. 

Debido al éxito de la huerta, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en Colombia decidió adelantar un convenio con la Secretaría Distrital de Educación para apoyar el proyecto, a través de la estrategia de ambientes alimentarios saludables. Con charlas, insumos, asesoría y recursos estas entidades vienen contribuyendo desde hace un año a fortalecer los cultivos y generar estilos de vida saludable en la comunidad académica.

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"A los niños les ha gustado bastante este proyecto, genera en ellos muchísimo sentido de pertenencia por la escuela y por el cuidado de nuestro entorno. La educación ambiental no es importante para un colegio, es importante para la vida y por eso nuestro énfasis es el cuidado y el respeto por los demás, por el medioambiente y los animales", expresa Isabel Vargas, coordinadora de la institución educativa. 

 El proyecto de huerta escolar le dio vida al colegio y ayudó a unir a la comunidad académica en pro de un mismo sueño. Foto: Diana Rey Melo/Semana. 

Hace 14 años nació el sueño de crear esta huerta que hoy se ha constituido en todo un ejemplo para el país, pues ratifica que la educación ambiental es un motor transformador de sociedades, un propulsor de integración social. En Patio Bonito está la muestra. 

"Con la primera gran cosecha de productos que recogimos de la huerta preparamos un sancocho comunitario al que asistieron los padres, los docentes y mucha otra gente del barrio. Jamás olvidaré el entusiasmo de esos niños picando el cilantro y desgranando las arvejas. Fue y ha sido hermoso", recuerda la profesora Niño maravillada como William David con la lombriz.