La mirada maternal, la voz cándida y la sonrisa contagiosa de Tina Fresneda, una mujer de estatura pequeña, contextura delgada y piel trigueña, camuflan un duro pasado lleno de miedos y batallas que empezó cuando era muy niña en el municipio de Coper, un pequeño pueblo ubicado en el occidente de Boyacá dedicado a cultivar naranja, café, caña, fríjol y aguacate y a la cría de ganado.

La familia Fresneda vivía en el campo, en una casa retirada del casco urbano. Los padres, Pablo y Tránsito, se dedicaban a cultivar la tierra, una actividad que no les daba muchos ingresos para sostener a sus 13 hijos, la mayoría mujeres. “A veces no teníamos ni zapatos. La escuela quedaba muy lejos y nos tocaba caminar horas para llegar, por eso sólo pude estudiar dos años en la primaria. Mi papá le pegaba mucho a mi mamá, una historia que yo no quería repetir”, recuerda con tristeza Tina.

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Cada vez que la mandaban a hacer los mandados a las tiendas rurales, el corazón de la pequeña boyacense latía con fuerza, el pulso se le aceleraba y las manos le sudaban. Los muchachos y hombres mayores, casi siempre tomando cerveza y escuchando rancheras, intentaban manosearla. “En ese entonces la vida en el campo era muy dura. Sentía un miedo enorme de repetir la historia de otras niñas que quedaban embarazadas a muy temprana edad por ese comportamiento de los hombres”.

Su temor fue incrementándose cada vez más al ver que muchas primas y vecinas quedaban embarazadas. “A muchas las obligaban a casarse. Los muchachos y señores nos cogían a las malas y se nos echaban encima. Por suerte conmigo no pudieron. Las niñas no teníamos el apoyo de nuestros padres, sólo nos decían que no fuéramos a meter las patas. La comunicación era escasa y no sabíamos ni lo que era el periodo. No me imagino lo que sufrieron mi mamá y mis abuelas”.

Tina Fresneda lleva más de dos décadas velando por el humedal Tibanica, ubicado en el sur de Bogotá. Foto: archivo Tina Fresneda.

Las charlas de los adultos también le causaban zozobra. Los mayores decían que si una mujer llegaba a los 20 años sin casarse, ya no servía. “Era como una maldición, la de la solterona. En el campo, el papel de la mujer consiste únicamente en tener hijos y encargarse de las labores de la casa. Nos ven como máquinas para tener chinos, nada más. De todas mis hermanas, yo fui la más rara, porque desde muy niña dije que no quería ese futuro para mí”.

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Tina fue testigo de la depredación ambiental en el campo de Coper. Los frondosos árboles del bosque eran cercenados con machetes para convertir el terreno en sabanas peladas para el ganado o los cultivos. Las águilas eran cazadas con escopeta porque se comían a las gallinas y las serpientes pasaban a mejor vida para evitar posibles ataques. 

“Muchos nacimientos de agua se secaron. En esa época, para mí era algo normal porque la gente del campo se dedicaba a aprovechar todo lo que brindan los recursos naturales sin ninguna medida. Yo amaba el sonido del agua, pero no entendía la importancia del líquido vital. Veía a la naturaleza como una fuente de alimento, por eso siempre me opongo cuando alguien dice que el campesino es ambientalista”.

Hoy en día, Tina es una de las mayores líderes comunitarias de Bosa y una de las ambientalistas más respetadas en los humedales. Foto: archivo Tina Fresneda.

Armada de valor

A los 13 años, Tina no aguantó más vivir en medio del pánico, se armó de valor y abandonó la casa familiar. “Me contaron que en Chiquinquirá estaban dando trabajo en una fábrica. Un domingo tomé la decisión de huir de esa vida que no quería para mí, una escapada en la que me ayudó un amigo. Salí sin zapatos y caminé descalza varios días por los caminos de herradura muerta de hambre”.  

Entre Coper y Chiquinquirá hay una distancia de 57 kilómetros, un trayecto que hoy en día demora casi una hora en carro. “Fue una huida dura, pero la verdad no me importaba porque conocería la libertad. En Chiquinquirá me ayudaron y conseguí el trabajo en la fábrica, dedicada a hacer productos para que el ganado creciera gordo y saludable”. 

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Su papá la encontró e intentó convencerla de regresar al campo. Pero su alma ya era otra, estaba llena de libertad, coraje y valor. Al poco tiempo cogió rumbo hacia Ubaté, donde trabajó unos meses en un restaurante. Luego, su espíritu viajero le indicó que era el momento preciso de radicarse en Bogotá, la gran ciudad.

“Eran los años 80. Llegué a vivir a un barrio por la Escuela Militar, en la casa de una señora que tenía un negocio de ropa y pijamas. Con el dinero del trabajo pude empezar a estudiar la primaria y algunos años del bachillerato en un colegio nocturno. Luego me encontré con una prima y sacamos una pieza en el sur de la ciudad. Trabajé en cafeterías, salsamentarias y restaurantes. En esa época había trabajo por montones, solo se necesitaban eran ganas”.

Aunque no estudió biología, Tina conoce a la perfección las especies de animales y plantas que habitan en Tibanica. Foto: archivo Tina Fresneda.

A mediados de los 80, en el matrimonio de otra prima, Tina, que prefiere no revelar su edad, conoció a su primer amor: Carlos. La pareja se fue a vivir al barrio Perdomo, en la localidad de Ciudad Bolívar. “Nos casamos en 1986 y al año quedé embarazada de Lina Katherín, algo que me tomó por sorpresa. Por todo lo que había vivido en el campo, jamás me proyecté como mamá; además, los médicos me habían dicho que no podía tener hijos. En esa época tenía como 24 años”.

La fobia al embarazo estaba aferrada en todo su cuerpo. Cada vez que se veía al espejo para contemplar cómo le crecía el vientre, a Tina le daba miedo. “Por eso digo que soy muy rara, porque la mayoría de mujeres anhelan ser mamás y casarse, yo no. Eso no estaba en mis planes, pero pasó, y con la llegada de Lina quedé profundamente enamorada de ella”.

Al poco tiempo, Tina volvió a quedar embarazada. En esta ocasión la sorpresa fue mayor, porque no quería traer más niños a un mundo tan complejo. “Julie fue un accidente y repetí la misma historia de mi primera hija: no me hallaba con la barriga. Por el trabajo y la crianza de las niñas, no tuve tiempo de terminar el bachillerato”.

Todos los días, esta boyacense recarga sus energías contemplando el espejo de agua de Tibanica. Foto: archivo Tina Fresneda.

El verdadero amor

En 1992, un amigo de Carlos estaba vendiendo lotes en la localidad de Bosa, cerca del río Tunjuelo, algo que a Tina le sonó bastante. Desde pequeña, su papá le inculcó que debía tener algo propio, como él lo hizo en las tierras de Coper.

“Mi padre siempre nos dijo que debíamos buscar dónde meter la cabeza. En esa época vivíamos en arriendo y el dueño de la casa molestaba mucho. Los lotes en el Perdomo eran muy costosos, por lo cual decidimos hablar con el amigo de mi esposo para irnos a Bosa. Concretamos el negocio en 1994, una casa prefabricada en el barrio Islandia que no tenía ni servicio de agua, pero era nuestra”. 

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Tina quedó indignada al ver cómo los vecinos arrojaban basura al río Tunjuelo. Con un muchacho de la zona y varios estudiantes de la Universidad Nacional, empezó a trabajar en un proceso ambiental para educar a la comunidad por medio de jornadas de limpieza y recolección de residuos. “Conformamos la mesa ambiental local y dimos marcha a varios procesos en defensa del río”.

En esos recorridos de campo por la localidad de Bosa, más o menos hacia 1996, Tina conoció al humedal Tibanica, un ecosistema que fue uno de los sitios de pagamento de los muiscas. Su nombre en lengua chibcha significa el portal de los altares: tiba es capitanía o señorío; niki puerta o altar e ica el lugar de donde proviene el dios Chiminigagua.

Desde que lo conoció por primera vez, el humedal Tibanica se aferró con fuerza en el corazón de Tina. Foto: Fundación Humedales Bogotá. 

Cuenta la leyenda muisca que de ese cuerpo de agua salió Chiminigagua, un ser grande que guardaba luz en su interior. Cuando la luz comenzó a salir, creó unas enormes aves negras, cóndores, que arrojaban aire por sus picos. Luego le dio vida a todos los seres del mundo, como el sol y su esposa luna.

Fue amor a primera vista. En los 90, Tibanica estaba lleno de agua y vida. Era el mejor humedal de la ciudad y el más visitado por aves migratorias como patos canadienses, garzas azules y guacos. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue unas varas largas que salían del agua, los juncos californianos. Regresé en el tiempo y recordé que esa vegetación estaba en la finca de mi papá en Coper, pero él hacía zanjas para secar la zona y meter ganado. Comprendí que me crié en un sistema de humedal”.

Desde ese momento, Tina tomó una decisión radical: dedicarse de lleno a conservar esa esponja hídrica compartida entre la localidad de Bosa y el municipio de Soacha. Pero para eso, necesitaba curtirse del conocimiento de las personas que defendían los otros humedales bogotanos.

Al no contar con un caudal ecológico que lo nutra, Tibanica permanece largos meses seco. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

“Mis primeras clases fueron en el humedal La Conejera, uno de los ecosistemas con más biodiversidad y mejor conservados en la ciudad. Germán Galindo y Ana María Niño nos mostraron cómo empezaron a recuperar el humedal a través de la Fundación La Conejera. Por ejemplo, hacían plantones frente a las volquetas de la alcaldía de Suba que querían rellenar el ecosistema y tenían un Ecobus donde hacían charlas educativas”.

La cantidad de árboles que alberga La Conejera inspiró a Tina a replicar los ejercicios de educación y conservación en Tibanica, una zona ya afectada por el loteo excesivo. “Me imaginé tener un Tibanica lleno de verde, pero era muy complejo porque la comunidad no estaba apropiada del ecosistema, los árboles no crecen tan rápido en la zona y no habían recursos económicos para hacerlo”.

Inicia la lucha

Poco a poco, Tina fue forjando su conocimiento ambiental con la ayuda de expertos y líderes comunitarios de otros ecosistemas, como la Red de Humedales de Bogotá conformada por la Fundación La Conejera, que lideró varios encuentros donde las comunidades pudieron retroalimentar su conocimiento y aprender mucho más sobre conservación, educación ambiental y las funciones de los humedales, ríos y páramos. 

Eso me permitió conocer a otros locos desocupados como yo, dedicados a la lucha por el ambiente. Seguimos trabajando con la mesa ambiental de Bosa y logramos priorizar a Tibanica. Yo hacía parte del grupo de comunicación y educación ambiental, lo que me permitió escribir artículos sobre los impactos del ecosistema. También fue al páramo de Sumapaz y otros lugares biodiversos, algo fundamental en nuestra tarea porque uno no puede conservar si no conoce”.

Por su trabajo ambiental y comunitario, Tina ha sido contratada por varias entidades del Distrito como intérprete ambiental. Foto: archivo Tina Fresneda. 

El trabajo comunitario se aferró con fuerza al cuerpo y alma de esta boyacense. Tina dividía su tiempo entre la crianza de sus hijas, uno que otro trabajo para ayudar en el mantenimiento de la casa y varias jornadas de educación ambiental. “Conocí gente que hablaba con mucha propiedad, pero a mi me costó mucho vencer el miedo para poder expresar mis sentimientos y comprender la importancia de una cuenca hidrográfica”.

Enfocó su trabajo en la educación ambiental de los habitantes de Bosa. Por medio de recorridos, charlas, rituales, cantos al agua, reconocimiento de flora y fauna y celebración de fechas ambientales, empezó a sembrar la semilla de la conservación. “Con los niños hicimos obras de teatro alusivas a las celebraciones ambientales, en las cuales participaron mis dos hijas”.

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En los primeros años de la década del 2000, Tina y otros líderes de la comunidad conformaron la Fundación Tibanica, un grupo que empezó a exigir acciones concretas para proteger el ecosistema, en esa época ya afectado por rellenos, invasiones y vertimientos. En 2003, el entonces DAMA (hoy Secretaría Distrital de Ambiente), declaró la primera alerta amarilla en el humedal.

“Esa alerta dio como resultado empezar a trabajar en la formulación del plan de manejo de Tibanica, estudios que arrancaron en 2005 por parte del DAMA y la Universidad Nacional. Nosotros como fundación le brindamos acompañamiento a los profesionales. Un año después, el entonces alcalde de Bogotá Lucho Garzón, ordenó que tres humedales, Tibanica, La Conejera y Jaboque, fueran administrados por las organizaciones sociales y empezaron a darnos recursos”.

Los visitantes de Tibanica siempre van acompañados de Tina, la mamá de Tibanica. Foto: archivo Tina Fresneda.

Esos dineros causaron estragos en las comunidades. Según Tina, algunos recursos fueron destinados para retribuir el trabajo de los líderes comunitarios, pero como estaban acostumbrados a trabajar sin plata, las nuevas inyecciones causaron divorcios. “Muchas organizaciones se dividieron y llegaron otras muy fuertes que le quitaron posibilidades a las más pequeñas”. 

Pero a ella no la afectó. Siguió como si nada realizando guías y recorridos educativos con niños y jóvenes por el humedal. “En 2010 me empezaron a pagar por algo que me gusta y siempre he hecho: hablar del humedal. Para mí, los recursos y las acciones del plan de manejo arrojaron resultados enriquecedores, como darnos más experiencia, empezar a hacer monitoreos de las especies, el trabajo social y actividades de mantenimiento”.

Las nefastas obras

En 2010,  "hicieron unos canales perimetrales y le quitaron la única entrada de agua de la quebrada Tibanica. Lo desecaron y aparecieron otros tensionantes, como el ingreso de habitantes de calle, la pérdida de fauna acuática, presencia de perros y hasta pastoreo de caballos. Además, el ecosistema se volvió más vulnerable a los incendios”, cuenta Tina.

Según la Fundación Humedales Bogotá, Tibanica, conformado por 28,8 hectáreas, pertenecía a la cuenca hidrográfica del río Tunjuelo, pero hoy está totalmente aislado del sistema. “La quebrada Tibanica fue su fuente de abastecimiento principal de agua, y hoy está convertida en un canal de drenaje severamente contaminado por desechos domésticos e industriales del municipio de Soacha”.

Tibanica es uno de los humedales más críticos y abandonados por el Distrito. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

La vegetación arbórea en el humedal era mínima. Sólo había como cuatro chamizos chaparros sembrados por la comunidad, árboles que Tina cuidaba y fertilizaba con los abonos que elaboraba en la terraza de su casa. La líder comunitaria dio marcha a un proyecto de servicio social con los colegios aledaños al ecosistema.

“Como en 2014, el Jardín Botánico dijo que no podíamos seguir con eso. En 2016, la Secretaría de Ambiente lo retoma y me llaman a trabajar con ellos. Les propuse revivir el servicio social y aceptaron, proyecto que hoy en día sigue vivo. Una de las niñas que participó fue nominada el año pasado para un premio en el día de la educación ambiental. Eso fue un reconocimiento a nuestro trabajo de educación ambiental”.

La tarea no para

A pesar de los impactos, el humedal está protegido por el trabajo educativo que Tina ha emprendido por más de 20 años. Por eso, algunos habitantes de Bosa la nombraron como la mamá de Tibanica. “No recuerdo quién me puso ese apodo, pero me encanta. Un trabajador del Acueducto me decía Tinanica”, recuerda.

Esta boyacense realiza talleres y recorridos comunitarios durante los siete días de la semana. “Tibanica es uno de los humedales que más se mueve en la parte social y académica. Como fundación creamos el proyecto de las ecovacaciones con las comunidades aledañas, casi siempre con recursos propios. Los chicuelos pasan sus vacaciones en el humedal leyendo, escribiendo y aprendiendo de la naturaleza, y pusimos en marcha las novenas ecológicas”.

Con los niños más pequeños de los jardines, Tina conformó el grupo los Polluelos exploradores. Los de primaria y bachillerato participan en talleres y recorridos, al igual que los adultos mayores. “A las personas con alguna discapacidad física les hago talleres sensoriales para motivarlos a través de las texturas. A los que han perdido la visión, les hago una sensibilización con el sonido de las aves y las plantas que hay en el humedal”.

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Esa motivación de trabajar con las personas con limitaciones físicas tiene una explicación personal. En 2008, cuando Tina iba a visitar a sus papás en Coper, el camión en el que estaba se volcó y ella perdió la movilidad de sus piernas. “Quedé en silla de ruedas, un aparato que odié. Eso fue muy duro para mí y tuve períodos de depresión. Me hicieron varias operaciones y una no salió bien. Unos tornillos se contaminaron, me volvieron a abrir la espalda. Tocó volver a hacer la operación de los tornillos”.

Tibanica fue su mejor terapia. Iba casi que a diario en la silla de ruedas para sentarse a contemplar el cuerpo de agua, escuchar el canto de las aves y recargarse de energía. “Allí empecé a dar mis primeros pasos por medio de terapias con arena. Yo creo que el humedal fue el que me curó, aunque quedé con un dolor de espalda que me acompañará por siempre. La naturaleza es mi medicina, no soy de pastillas, sino de respirar en los espacios naturales”.

Los visitantes de Tibanica participan en actividades como el círculo de la palabra, donde todos hablan sobre lo que Tina les enseña. Foto: archivo Tina Fresneda.

Hace siete años, a la vida de Tina llegó una semilla que al parecer se encargará de continuar con su trabajo de conservación y educación en el humedal: Verónica, su única nieta, que ama las ranas, las aves y el agua. “Yo la llamo mi colibrí chillón. Es mi semilla y dice que cuando yo me muera, ella va a ser la nueva dueña de Tibanica. En las charlas que hago con los niños, Verónica los regaña porque dice que el humedal es nuestro”.

A los niños y jóvenes, la mamá de Tibanica los lleva con frecuencia a otros humedales de la ciudad, a las aulas ambientales y los páramos. “Todo está conectado, por eso deben conocer mucho más que el humedal de la localidad. Hace dos años conformaron un colectivo con varios docentes llamado Germinamos, que está dedicado a eso”.

Lágrimas por el fuego

Al no contar con un caudal ecológico que lo nutra, Tibanica es el humedal de Bogotá más afectado por los incendios forestales. Tina ha presenciado varios en las dos décadas que lleva defendiendo al ecosistema, pero ninguno tan voraz como el registrado el 7 febrero de este año.

“Ese día yo estaba en la Secretaría de Ambiente, entidad con la que tengo un contrato como intérprete ambiental. Cuando me enteré salí volada y ví que las entidades no estaban haciendo mucho. Hicimos una cadena humana para controlar un foco. Lloré hasta más no poder, ese incendio superó todas las quemas pasadas, que no eran de más de tres hectáreas. Este llegó a afectar como nueve, el peor incendio registrado en todos los humedales de la ciudad”.

Así quedaron nueve hectáreas de Tibanica luego de un incendio registrado en febrero de este año. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

Ver aves y curíes calcinados por el fuego le apachurró el corazón, al igual que las monjitas y lechuzas hembras buscando a sus polluelos. De sus ojos no paraban de caer lágrimas y la preocupación se tornaba más grande al pensar en la única pareja de cucaracheros de pantano registrada en los últimos años en los humedales bogotanos.

“En 2014, la Fundación Humedales Bogotá estaba haciendo un estudio del cucarachero y la tingua bogotana. Yo acompañé a los jóvenes a recorrer el humedal y les hice perder el miedo por la inseguridad en la zona. Una pareja apareció en el cuerpo de agua, que en esa época estaba seco. Volví a registrar uno en 2017, pero con el incendio pasado lo más probable es que ya no estén”.

Cuando apareció la primera pareja de cucaracheros, Tibanica pasaba por un momento crítico. El cuerpo de agua había desaparecido por la falta de lluvia, tanto así que se podía caminar por la zona. “El Distrito hizo algunas acciones, como arborizar y educación, pero no fue suficiente. Se presentaron algunos incendios y nunca han podido dar con los responsables”. 

Tibanica es el único humedal donde ha sido registrado el cucarachero de pantano en los últimos años. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

Aferrada al humedal

Debido a la cuarentena, los recorridos interpretativos y charlas en Tibanica están suspendidas. Pero Tina sigue visitándolo todos los días, ya que si no lo hace pueden ingresar habitantes de calle o aparecer nuevos impactos. “La pandemia no me frena. Hago caminatas para recargarme de vida y verifico que no lo estén afectando”.

Tina extraña el contacto con la comunidad, en especial con los niños. “Me hace mucha falta compartir con ellos. En esas jornadas, cada pequeño adopta el nombre de un árbol o un ave del humedal y hacemos juegos donde aprendemos sobre sus características físicas y su historia, lo que les genera un sentido de apropiación. Hacemos un círculo de la verdad y hablamos de lo aprendido. Ninguno puede llevar plásticos o chicles; soy una gran opositora de las gaseosas”.

La cuarentena no ha frenado el trabajo de Tina. Va todos los días a aplicar abono en los árboles que ha sembrado con la comunidad. Foto: archivo Tina Fresneda.

En el humedal, Tina construyó un pequeño vivero de especies nativas que siembra seguido en la zona de ronda. También adaptó un sitio para hacer abonos con los residuos orgánicos que llevan los niños y jóvenes que visitan el ecosistema. “Tengo tres cunas, huecos en el piso que a los seis meses arrojan un abono de buena calidad y le da humedad a los árboles. También construimos una parcela polinizadora con flores que atrae a los colibríes, abejas y mariposas”.

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Todos los días, los humedales son víctimas de vertimientos, basuras y escombros. “En el caso de Tibanica, lo más urgente es que tenga agua, es decir un canal ecológico, que se eliminen los antiguos canales y quede totalmente encerrado. Hay una propuesta del Distrito para hacerlo, pero con esta pandemia no sabemos en qué va. Ya logramos sacar los caballos en la parte de Soacha y retirar unos postes repletos de cables de la luz”.

Los jóvenes quedan enamorados del trabajo educativo y ambiental de la mamá de Tibanica. Foto: archivo Tina Fresneda.

Tina tiene fé en que la nueva administración priorice las acciones en Tibanica, uno de los humedales más olvidados e impactados. “Soy consciente de que todo proceso es lento, pero hay que ser constantes. Creo que es el turno de la recuperación de Tibanica, así como han hecho con La Vaca y Córdoba. Es un ecosistema estratégico para el sur de la ciudad que necesita de la comunidad y las entidades, un tejido social que seguiré liderando hasta que el cuerpo me deje”.

Sabe que nadie es eterno en el mundo, como dice la ranchera. Por eso seguirá sembrando la semilla de la conservación para que las nuevas generaciones continúen con la defensa de Tibanica. “Una podría ser mi nieta, lo que me llenaría de alegría; dice que el humedal será su herencia cuando yo muera. Lo que debemos hacer todos los ciudadanos es enamorarnos de la naturaleza, tener un romance como de amantes con los humedales que perdure para siempre”.

Cada vez que recorre el humedal, Tina reflexiona sobre su origen. “Yo creo que en una vida pasada fui un ave. Desde chiquita fui una especie muy rara, por ejemplo me gusta la música clásica, algo atípico porque me crié en medio de las rancheras del campo. De mis padres sí aprendí a ser honesta y servicial, pero no quería repetir la historia de las niñas de Coper. Tampoco sueño con una pensión, creo que lo esencial está en apreciar la vida y valorar lo que tenemos, como el agua, el aire, los animales y a mi Tibanica”.


La paz y la energía de Tina provienen del humedal Tibanica. Foto: archivo particular Tina Fresneda. 

* Este es un contenido periodístico de la Alianza Grupo Río Bogotá: un proyecto social y ambiental de la Fundación Coca-Cola, el Banco de Bogotá del Grupo Aval, el consorcio PTAR Salitre y la Fundación SEMANA para posicionar en la agenda nacional la importancia y potencial de la cuenca del río Bogotá y  sensibilizar a los ciudadanos en torno a la recuperación y cuidado del río más importante de la sabana