Chucho nació en la reserva La Planada en Ricaurte, Nariño. Su especie está en peligro de extinción debido a la tala de árboles en los bosques nublados, su hábitat natural, y a que muchos campesinos y agricultores los ven como una amenaza, por lo que los cazan.

En 1998 a Chucho y a su hermana los trasladaron a la reserva del río Blanco, en Manizales. Más tarde su hermana murió de cáncer y lo dejó solo en ese nuevo hogar, a cargo de Aguas de Manizales, la empresa proveedora de servicios públicos en esa ciudad.

En 2017, Corpocaldas y la Alcaldía de Manizales donaron a Chucho a la Fundación Botánica y Zoológica de Barranquilla. Los osos de anteojos viven en las montañas tropicales cubiertas por niebla, en donde el ambiente oscila entre 12 y 23 grados centígrados; nada comparado con la nueva casa de Chucho: una ciudad caribeña con una temperatura promedio de más de 31 grados centígrados.

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Cuando Luis Domingo Gómez escuchó esta historia, decidió tomar cartas en el asunto. Encontró que los problemas de este oso andino iban más allá del calor. Tiene 24 años y requiere de cuidados especiales porque siempre ha estado en semicautiverio, lo cual significa que aunque está vigilado vive en un espacio similar al natural. Era la primera vez que vivía en un zoológico. “Cuando escuché la noticia, reflexioné: era como si mis hijos me encerraran tras las rejas sin ningún motivo”, dice el abogado experto en derechos humanos y Constitución.

El caso de Chucho no es el único. Ha habido pleitos legales en Brasil y Argentina para darle a los animales derechos que antes estaban reservados para los hombres. Esas experiencias llevaron a Gómez a acudir al mecanismo de habeas corpus para lograr la libertad del oso Chucho, pero no en el sentido que se le da en los humanos, que es el de libre locomoción, sino referido al derecho de estar en su hábitat natural. Esta figura jurídica es tal vez una de las más antiguas que se conoce y protege uno de los derechos fundamentales: la libertad. Si las personas son privadas de ella de manera ilegal, tienen derecho a que las dejen libres.

Acción de tutela

La justicia le otorgó este derecho a Chucho. Pero antes de poder celebrar, la Alcaldía de Barranquilla puso una acción de tutela contra esa decisión para amparar los derechos del zoológico con el argumento de que el habeas corpus es para animales racionales y no para osos de anteojos. La tutela fue aceptada y por eso Chucho no fue trasladado a un espacio similar a su hábitat natural. Ahora el caso está en estudio en la Corte Constitucional. Gómez cree que a algunos magistrados les interesa estudiar el caso porque este tipo de leyes merece una sentencia de unificación.

La Corte ya ha avanzado en este tema y de hecho en Colombia, según la ley, todos los animales son seres sintientes, desde el ratón hasta el oso de anteojos. A pesar de eso, el sistema está retrasado en legislar para que esa protección sea efectiva. Aunque existen mecanismos como la acción de tutela, es necesario seguir trabajando en este frente, especialmente en la provincia. “Si en Bogotá veo un perro amarrado y sin alimentación, me puedo quejar y hay una reacción, pero en el resto del país el tema no es así”, dice el abogado.

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Muchos animales en el mundo están en luchas jurídicas como la de Chucho. A Sandra, una orangutana que vivía en el zoológico de Mendoza, Argentina, un juez le concedió el habeas corpus, razón por la cual hoy vive en semicautiverio en el estado de São Paulo, Brasil. En Estados Unidos está el caso de Happy, un elefante que espera el pronunciamiento de la Corte Suprema para ver si puede salir del zoológico en el Bronx con destino a un santuario en California.

Otros países, además, le están otorgando derechos a ciertos ecosistemas. En Colombia, por ejemplo, el río Atrato fue reconocido como sujeto de derechos y en Nueva Zelanda protegen sistemas ecológicos puntuales. “No es un tema de un loco suelto, sino todo un movimiento que concibe al ser humano como un actor más dentro del contexto vital”, dice el Gómez. “No estamos solos en el mundo y es necesario hacer una interacción adecuada para no ir, incluso, en contra de nosotros mismos”.

Este cambio tiene que ver con que la ciencia ofrece hoy un mayor conocimiento de los animales, y está demostrado que muchos de ellos, especialmente los vertebrados, tienen la capacidad de experimentar tristeza, dolor y otras sensaciones que alteran su modo de vida. “Un ejemplo claro es el perro, que reacciona a muchas manifestaciones, responde con ternura; pero si lo hago con patadas, aúlla”.

Todavía falta mucho por hacer, asegura el abogado, para quien el gran obstáculo es la visión retardataria de quienes se niegan a reconocer contextos vitales o piensan que debemos cuidar a los humanos en lugar de a los animales. Gómez espera que los casos aumenten, que los zoológicos y circos se extingan y que cada vez sea menor el tráfico de fauna. Siente que no está pidiendo nada extraordinario. “No es que yo pida que el oso Chucho vaya a la universidad o que esté en el programa Familias en Acción, sino que viva en su medio natural y no sea sometido a estrés innecesario”.