Los ríos no solo son corrientes de agua que se trasladan de un lugar a otro. En cada punto de su recorrido se convierten en testigos vivos no solo de la belleza de la naturaleza, sino de los hechos históricos que marcan la vida de un país como Colombia.

Esta fue una de las razones que llevó a Ignacio Piedrahíta, geólogo y escritor de literatura a plasmar en el libro La verdad de los ríos, las afectaciones que ha dejado el conflicto armado en el país a lo largo de los miles de kilómetros que atraviesan estos afluentes hídricos. Esto sin dejar de lado la belleza que los caracteriza y su importancia en la preservación de la biodiversidad.

El autor explica, por ejemplo, que el territorio cambia simplemente por una creciente. Si un río crece y decide cambiar de curso, puede poner del mismo lado al enemigo que estaba en la otra orilla y ahí es cuando se tienen que comenzar a resolver los conflictos.

Ignacio Piedrahíta. Foto: Red de Lenguaje de Antioquia

Es por eso que Piedrahíta utiliza una metáfora en la que compara el río con una muralla que es capaz de postergar e incluso evitar el combate entre los habitantes de dos orillas distintas. 

Considera que la tierra no es solo un recurso, sino "la extensión del ser humano y es allí donde los ríos se convierten en metáfora y resumen del verdadero paisaje, el paisaje vivo en el que, al entregarle a la naturaleza, el hombre les entrega algo de sí a sus semejantes". 

Para el autor, los ríos todo lo controlan, todo lo saben basados en la invencible belleza que preside la vida, pues considera que por sus aguas corren las memorias dolorosas de la guerra que por décadas ha debido enfrentar el país. 

No duda en señalar que la guerra en Colombia ha pisoteado los ríos en toda su extensión, tal como suele suceder en los campos de batalla, pero en el país al haber sido tan prolongado, el daño es mayor. “Un arroyo vivo que se trunca o se contamina es como un árbol gigantesco que se viene abajo en medio de la selva. Nadie lo ha visto, nadie escucha su caída. Sin embargo, todo el tiempo estamos sufriendo la caída de ese árbol", con lo que quiere indicar la importancia que estos afluentes tienen para el hombre, así este no les de el valor que tienen. 

Piedrahita describe en su ensayo que los ríos no solo todo lo ven y todo lo saben, sino que por su constante fluir, si una persona los contamina, esta fuente hídrica en cualquiera de sus partes, aún en su desembocadura, nos recuerda que se le hizo ese daño.

Concluye que los ríos son la voz de Dios, ese Dios que todo lo da y que nada pide y por eso en aras de simple justicia es importante que los ríos lo tengan todo. "Ellos se encargarán, si estamos dispuestos a escuchar, de hacer de barrera entre los rivales, que siempre existirán entre los hombres. Es seguro que los ríos de agua viva servirán, como en tiempos antiguos, no solo para crear mitos sino como hilos conductores de una historia de Colombia equilibrada, que pretende ir en busca de su propia unidad, su propio mar de alentador sosiego"

El prólogo del ensayo fue escrito por Ricardo Camilo Niño, un indígena arahuaco de la Sierra Nevada de Santa Marta y ecólogo, quien ha dirigido sus esfuerzos a estudiar y defender los derechos de su pueblo. 

“Para nosotros el territorio no está únicamente representado por los ríos, montañas, llanuras y demás espacios físicos y geográficos. El territorio está conformado por una gran variedad de elementos y seres que allí habitan, y les dan sentido a la existencia y la cultura”, manifiesta. 

Este ensayo, que fue un proyecto de la Comisión de la Verdad con apoyo del Banco de la República y Arcadia, sin duda busca concientizar a la sociedad sobre el daño que de una u otra forma le hemos hecho como país a la naturaleza y que ella sin hablar día a día nos lo recuerda.