Los 380 kilómetros que tiene el río Bogotá, que van desde su nacimiento en el páramo de Guacheneque en Villapinzón hasta su unión con las carmelitas aguas del río Grande de La Magdalena en Girardot, esconden una huella histórica desconocida para muchos.

Pocos saben que su verdadero nombre es Funza, palabra dada por los muiscas que en su lengua significa “gran señor”, o que su cuenca, que abarca 46 municipios de Cundinamarca, aún conserva huellas de la época de la conquista española y la campaña libertadora de Simón Bolívar, y que alberga hervideros de biodiversidad como lagunas misteriosas, embalses de gran tamaño y bosques de niebla, andinos y secos.

Ante esto, la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR) decidió reconstruir la historia del río Bogotá para plasmarla en un libro con más de 150 fotografías y ocho capítulos escritos por 18 historiadores, músicos, técnicos, ambientalistas y representantes de entidades gubernamentales, que narran el pasado, presente y futuro del cuerpo de agua llamado por los muiscas como el alma de la sabana.

El libro tiene 228 páginas recoge relatos históricos del afluente más importante de Cundinamarca, cuya cuenca, superior a las 589.000 hectáreas Foto: CAR

“Soñando el territorio: el gran río Bogotá”, presentado ayer por la CAR, es el primer libro que condensa las luchas y batallas del río, del cual dependen más de 12 millones de personas y que es tal vez el más contaminado del país por la falta de conciencia ciudadana, el crecimiento desmesurado de la población y la industria.

La obra, de 228 páginas, recoge relatos históricos del afluente más importante de Cundinamarca, cuya cuenca, superior a las 589.000 hectáreas, aporta más del 32 por ciento del Producto Interno Bruto del país.

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“Esta es una oportunidad para sorprendernos con los lugares mágicos que alberga la cuenca del río Bogotá, en voces de autores que nos transportan a su pasado, presente y futuro. Consideramos que este homenaje sirva para que todos los ciudadanos conozcan su importancia, cómo avanza su recuperación y cómo es el río que todos soñamos”, dijo Néstor Franco, director general de la CAR.

El libro tendrá más de 150 fotografías y ocho capítulos escritos por 18 historiadores, músicos, técnicos, ambientalistas y representantes de entidades gubernamentales. Foto: CAR

Según Franco, este libro es un recorrido visual que inicia con los ancestros que habitaron el territorio, para luego pasar por la colonia, la nueva república, el proceso de degradación de los siglos XX y XXI y finalmente con el proceso de recuperación y descontaminación, “que nos llevará a contar con el río Funza o Bogotá que todos nos merecemos. Con esta obra buscamos lograr un mayor nivel de apropiación entre todos los ciudadanos y que a partir de este conocimiento, la comunidad se interese, apasione y genere una nueva relación de querencia con el gran río Bogotá”.

Paseo visual por el río

El primer capítulo, llamado “La niebla de los tiempos”, revela imágenes del paso de los indígenas muiscas y panches por el área de influencia del río Bogotá, como pinturas rupestres, múcuras, piezas de orfebrería, telas, figuras en oro y mapas de cómo lucía el cuerpo de agua antes del desarrollo.

“El río de los ancestros”, segundo capítulo, tiene su foco en la historia de los muiscas, con relatos de gobernadores en municipios como Sesquilé y Chía, y fotografías de la verdadera cara del río: su nacimiento en el páramo de Guacheneque, una corriente de aguas cristalinas que inicia en una laguna que fue epicentro de rituales y ofrendas de estos indígenas.

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En el tercer capítulo, “El río de la colonia”, salen a relucir mapas antiguos hechos a mano y sitios emblemáticos como el Puente del Común, la Mina de Sal de Nemocón, haciendas e iglesias construidas en piedra y los caminos reales abiertos en la época de los españoles para transitar por las montañas de la región.

La historia continúa con fotos y relatos del Salto del Tequendama, el Puente de los Suspiros entre Tocaima y Agua de Dios (utilizado para ingresar a los enfermos de lepra al lazareto), las haciendas cafeteras y las antiguas estaciones del Ferrocarril, información que hace parte del cuarto capítulo: “El río en la nueva nación”.

Las aves como las garzas, monjitas, tinguas, ibis y guacos, es común verlas volar y alimentarse en el río. Foto: Nicolás Acevedo.

La agonía del río inicia en el capítulo cinco, “Fuimos matando al río”, con las imágenes que la mayoría de colombianos conoce del cuerpo de agua: vertimientos y aguas negras en su paso por Bogotá, inundaciones en Chía, curtiembres de Villapinzón y Chocontá, exceso de ganado y cultivos, minería, basuras en las orillas y aguas espumosas.

“Un río que se resiste a morir”, capítulo seis, plasma los sitios del río que le han ganado la batalla a la contaminación o donde la naturaleza persevera, como su caída por el Salto del Tequendama, los humedales de Bogotá y Soacha, y los bosques y animales de la cuenca baja, como tortugas charapa asoleando sus caparazones en el encuentro con el río Magdalena.

Las aves son los habitantes más asiduos del río. En el capítulo siete, “Vamos recuperando el río”, fotos de garzas, monjitas, tinguas, ibis y guacos, demuestran que a pesar de la contaminación, el río Bogotá continúa siendo un refugio para estos animales.

El libro es un recorrido visual que inicia con los ancestros que habitaron el territorio, para luego pasar por la colonia, la nueva república, el proceso de degradación de los siglos XX y XXI y finalmente con el proceso de recuperación y descontaminación. Foto. Nicolás Acevedo.

Otras imágenes revelan los frutos de la adecuación hidráulica en la cuenca media, donde fue ampliado el cauce del río, incrementó su capacidad de transporte y perdió más de 8 millones de toneladas de basuras depositadas en su lecho. Un río navegable sale a relucir, al igual que obras como la ampliación de la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales El Salitre, que limpiará los vertimientos de los habitantes del norte y centro de la ciudad.

Por último, en el capítulo llamado “El río que soñamos”, la CAR hace un recuento de las acciones que ya caminan, como el Parque Lineal de la cuenca media, la educación ambiental a la ciudadanía, y las futuras obras como los embarcaderos en la calle 80.