En diferentes sitios de la cuenca del Magdalena-Cauca, bocachicos machos lanzan una especie de melodía para llamar la atención de las hembras. El canto unísono es un agasajo que advierte sobre su presencia y anuncia que están listos para reproducirse y fecundar los huevos que las hembras están a punto de arrojar al caudal desde hace días.

Una abeja zumba, un lobo aúlla y un mono chilla. Pero lo normal es pensar que los peces son seres mudos que jamás emiten un ruido en particular. Una investigación realizada a través de hidroacústica, en la que una grabadora de datos suele ir instalada a un micrófono que se sumerge en el agua, acaba de tumbar esa hipótesis.

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Silvia López Casas, doctora en biología de la Universidad de Antioquia e investigadora en The Nature Conservancy (TNC), demostró recientemente cómo los bocachicos y los peces moino o comelón, muy comunes en la cuenca del Magdalena-Cauca, se comunican e interactúan a través de sonidos específicos y principalmente en las épocas de reproducción.

La cuenca del Magdalena-Cauca alberga especies de peces emiten sonidos a la hora de reproducirse. Foto: Mauricio "El Pato" Salcedo (WCS).

Junto a Sebastián Muñoz, estudiante de la Universidad de Antioquia, López pudo comprobar que ese canturreo es una condición indiscutible para propagarse. Es decir que si no existiera o no lo hicieran, los bocachicos hembra (Prochilodus magdalenae) no desovarían y los machos no arrojarían su esperma sobre los huevos para asegurar la fertilización y posterior nacimiento de nuevos peces.

Las vocalizaciones se oyen desde el bote, pero las registramos a través de equipos especializados. Podríamos explicar que al emitir esos sonidos, los machos, de alguna forma, están diciendo: estamos aquí, listos. Esto para que las hembras estén seguras de que su desove se va a justificar y tendrá éxito; un ejercicio coordinado porque, al fin y al cabo, son millones de óvulos los que están en juego”, expresó López.

La pareja de investigadores logró este hallazgo sonoro luego de recorrer varios sectores de los ríos Sinú y Nechí, además de piscícolas situadas en Puerto Berrío, Puerto Triunfo y Caucasia en Antioquia, Montería en Córdoba y Barrancabermeja en Santander, donde también se ven ambas especies. “También logramos establecer un comportamiento exacto en el pez moino, también conocido en la cuenca del Magdalena como comelón, de la especie Megaleporinus muyscorum”, dijo López.

Los bocachicos de la cuenca del Magdalena-Cauca están en peligro por las hidroeléctricas. Foto: Jorge García Melo / TNC Colombia

Peces en riesgo

El estudio sobre los sonidos de estos peces sale a la luz cuando la pesca en la macrocuenca de los ríos Magdalena-Cauca, el área sombrilla del muestreo y que incluyó mediciones en estos dos caudales, está enfrentando varias amenazas, no sólo por el trato poco sostenible que se le ha dado, sino por el mal uso del recurso pesquero. 

Las fuentes hídricas están presionadas por la sedimentación y los vertimientos de aguas contaminadas procedentes desde las ciudades donde habitan 36 millones de colombianos y la industria. Adicionalmente, la pesca se ha efectuado sin muchos controles y con herramientas que no contribuyen a la sostenibilidad de los recursos naturales.

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Tal es el caso de los trasmallos, que arrastran una gran cantidad de animales desde el fondo y muchas veces son devueltos muertos al agua. También hay artes que suelen permitir la extracción de ejemplares muy pequeños o sin las tallas adecuadas”, informó la Sociedad para la Conservación de la Fauna Silvestre (WCS) en un comunicado de prensa.

Por ahora no hay acciones puntuales para evitar la pesca de estos peces en su momento de reproducción. Foto: Jorge García Melo / TNC Colombia

Según la organización, a todo esto se suma la construcción de hidroeléctricas, que en la macrocuenca producen el 70 por ciento de la energía hidráulica del país. “Las hidroeléctricas fragmentan los cursos de los caudales o los dañan, e interrumpen el libre tránsito de sus cerca de 16 especies de peces migratorios como los bagres rayados, blanquillos, doncellas, capaces y barbudos”.

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WCS informó que estos peces hacen largos desplazamientos, dos veces al año y en las temporadas secas o de pocas lluvias, para instalarse en sus sitios de reproducción. “Esto con tal de tener las larvas o crías que se transformarán en ejemplares adultos y en la fuente de proteína para las cerca de 157.000 personas asociadas con la pesca en la cuenca”.

Datos de The Nature Conservancy estiman que más del 90 por ciento del consumo de peces de agua dulce del país sale de esas 16 especies. “Esto a pesar de que la pesca se ha reducido en más de un 50 por ciento en esta gran región hídrica colombiana”, dice WCS.

Las comunidades aledañas al río Magdalena dependen de los peces para sobrevivir. Foto: Jhon Barros.

Medidas de conservación

Conocer el comportamiento de los bocachicos y el comelón o moino es un primer paso para la aplicación de medidas de conservación en aquellas zonas donde se han detectado esos llamados o mensajes sonoros. 

Si se quisiera imponer una veda que impida la captura de ejemplares de ambas especies para permitir una reproducción que no esté afectada por jornadas de captura o comercialización, resulta sustancial conocer que si los machos comienzan a cantar, es señal de que una nueva temporada de desove y reproducción debería ser respetada”, indica la organización.

Esto no ocurre muchas veces con el bagre rayado, pez que también emite un sonido particular cuando se está reproduciendo y los pescadores nativos del Magdalena medio, por ejemplo, conocen ese pujido y su momento.  

El cambio climático ha afectado a los pescadores de la cuenca del Magdalena-Cauca. Foto: Jhon Barros.

“Sin embargo, las vedas que programa la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca (AUNAP), definidas para todo el mes de mayo y desde el 15 de septiembre y hasta el 15 de octubre, no están coincidiendo a veces con ese momento, por diversos factores como el cambio climático. Ese instante crucial no responde a una fecha calendario, sino a las condiciones ambientales y de alimentación que los bagres pueden llegar a encontrar, como lo ha explicado la Fundación Humedales a través de sus investigaciones en la región”, precisa WCS.

Para el bocachico y el comelón, otra de las sugerencias que arroja el estudio de López y Muñoz es la posibilidad de que se restrinja el uso de motores en los lugares donde se produce la reproducción, ruido que seguramente interrumpe la comunicación entre machos y hembras. O tomar acciones para controlar la contaminación minera o agrícola, al menos por temporadas, en los sitios donde se desarrolla ese evento reproductivo.

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“Queda muy claro que ejercicios con hidroacústica pueden hacerse en muchos sitios del país y con decenas de especies sobre las cuales aún no se conocen detalles de su comportamiento. Es, por ende, una puerta que apenas se está abriendo como una manera de compensar la falta de visibilidad que ofrecen nuestros ríos, muchos de ellos oscuros, turbios y sedimentados. Una tecnología que, en cambio, resuena fuerte y con la cual podríamos seguir comprobando que, en el fondo, y a pesar de todo, esos caudales siguen sobreviviendo”, puntualiza López.