Tan solo 11 kilómetros bastan para que el río Bogotá comience a perder su vitalidad y transparencia. De las tonalidades verdes que forman los paisajes de musgos, líquenes, frailejones y bosques andinos del páramo de Guacheneque en Villapinzón, donde nace cristalino a más de 3.400 metros sobre el nivel del mar, se pasa a terrenos descampados en donde históricamente los campesinos han cultivado papa, a las tradicionales curtiembres y a los terrenos hoy gobernados por la ganadería. 

Aunque muchas de estas actividades están arraigadas en los municipios que conforman la cuenca alta, hacen parte de su idiosincrasia y son un motor para la economía, afectan el funcionamiento del río, le descargan contaminantes y cambian la riqueza de sus suelos. Este dilema plantea dos preguntas: ¿qué se ha hecho para que estos oficios sean más sostenibles? ¿qué se realiza para recuperar la vida de los páramos y del río respetando sus ecosistemas?

Estos interrogantes han preocupado a los diferentes gobiernos nacionales y locales desde mediados del siglo XX, cuando la ampliación de la frontera agrícola empezó a salirse de control, lo que ocasionó que tanto el páramo de Guacheneque como el bosque alto andino de la región fueran perdiendo terreno.

Así las cosas, en 1977 el Ministerio de Agricultura emitió un resolución que declaró como  zonas de reserva forestal a los cerros de Bogotá y al páramo de Guacheneque, decisión que marcó el inicio de una serie de normas que buscan la protección del verde.

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Guacheneque fue incluído dentro del páramo de Rabanal – río Bogotá, un sistema biodiverso dividido en tres reservas forestales protectoras, áreas con categoría de protegidas: Nacimiento del Río Bogotá en Villapinzón, la Cuchilla el Choque en Chocontá y El Frailejonal en Machetá. 

El nacimiento del río Bogotá, en lo más alto del páramo y donde los habitantes lo llaman Funza, está compuesto por cerca de 9.000 hectáreas, de las cuales 900 pertenecen a la Gobernación de Cundinamarca y cerca de 800 a la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR); el resto de predios son privados.

Curtiembres y ganado alrededor del río Bogotá

Las condiciones de arraigo de diferentes poblaciones ya asentadas en la cuenca alta han dificultado las labores de recuperación del río. Luego de fluir 11 kilómetros en un estado puro y perpetuo, las descargas de cerca de 120 curtiembres en Villapinzón y Chocontá, comienzan a deteriorarlo. 

Del total de industrias, solo 22 cuentan con Plantas de Tratamiento de Aguas Residuales (PTAR) propias y 25 están en trámite. Sumado a esto, Villapinzón no cuenta con una planta para descontaminar las aguas residuales generadas por sus más de 21.000 habitantes, descargas que van a parar al río de los muiscas. 

Luego de ocho años de inconvenientes, por un tema de embargos en el predio adquirido para construir de la PTAR, la Alcaldía y la CAR ya avanzan en el diseño de la obra.

Por otra parte, los suelos de la cuenca hidrográfica del río Bogotá, en especial en su primer tramo, no son utilizados acorde con la vocación. Según el Instituto Geográfico Agustín Codazzi (IGAC), de las más casi 589.000 hectáreas que forman la cuenca, 247.202 son aptas para agricultura, pero no más de 194.000 son destinadas para tal fin.

Todo lo contrario ocurre con la actividad pecuaria. La cuenca no cuenta con ninguna hectárea apta para ganado, pero ya son casi 200.000 hectáreas las que tienen presencia de vacas. Esto hace que los suelos se compactan y erosionen. 

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“El pisoteo del ganado genera pérdida en la estructura del suelo y la materia orgánica. Esto puede llegar a afectar hasta 50 centímetros el suelo, aumentar la erosión y restringir la profundidad de las raíces”, comentó Germán Darío Álvarez, experto en agrología.

En el páramo, este avance en la frontera agrícola comenzó a detenerse con las disposiciones tomadas desde la década de los 70, a lo que se sumó la determinación del Fondo de Adaptación en 2010 de delimitar estos ecosistemas.

Esta labor, en cabeza del Instituto Alexander von Humboldt y las corporaciones autónomas, arrojó que en 2016 saliera la resolución 1768, que delimitó el páramo Rabanal – río Bogotá. Dos años después, la Ley 1930 dictó disposiciones para la gestión ambiental de los páramos, fortaleciendo así el marco jurídico en defensa del Guacheneque. Ambas normatividades establecen una zonificación y un régimen del uso de la tierra.

Río Bogotá afectación de suelos
La ganadería y algunos cultivos afectan el uso de suelos de la cuenca alta del río. Foto: Nicolas Acevedo.

Cuestión de arraigo

Por ahora, el paso a seguir es adelantar un estudio socioeconómico en la zona por parte de la CAR en los próximos cuatro años. Este insumo clasificará a los pobladores de la región en tres categorías de acuerdo a su forma de vida: arraigo y dependencia, dependencia pero no arraigo y los que explotan intensivamente las tierras pero no tienen ni independencia ni arraigo. 

Con esto se espera que los habitantes de las dos primeras categorías se unan a procesos de reconversión de tierras y que se mantengan algunos cultivos de pancoger. Con los dueños de los predios de la tercera categoría se esperan realizar negociaciones para la compra de predios.

A estas medidas se suma el trabajo que realiza la CAR de adecuación hidráulica en 48 kilómetros de la cuenca alta del río Bogotá, obra que sacará los residuos del lecho y ampliará su cauce. Sin embargo, el proceso de reconversión de tierras será  un trabajo arduo en los 21 municipios que conforman la cuenca.



* Este es un contenido periodístico de la Alianza Grupo Río Bogotá: un proyecto social y ambiental de la Fundación Coca-Cola, el Banco de Bogotá del Grupo Aval, el consorcio PTAR Salitre y la Fundación SEMANA para posicionar en la agenda nacional la importancia y potencial de la cuenca del río Bogotá y  sensibilizar a los ciudadanos en torno a la recuperación y cuidado del río más importante de la sabana.