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AFP

"Es una parte de nosotros que vamos a perder", dice Kabay Tamu con tristeza. Cuando el mar inunde su pequeña isla coralina, su tierra y su cultura corren el riesgo de desaparecer, al igual que otras en el mundo entero. 

Kabay Tamu es un habitante de Warraber, pequeño islote de unas 40 hectáreas y de menos de 300 habitantes entre Australia y Papúa Nueva Guinea. "Vemos claramente los efectos del cambio climático, la subida del nivel del mar, la erosión que se come nuestra tierra, con la que tenemos una profunda conexión cultural y espiritual", explica este padre de familia, de 28 años.

El informe del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), publicado este miércoles, señala la posibilidad de que algunas islas se vuelvan inhabitables. No necesariamente porque estén bajo el agua, sino porque las repetidas inundaciones marinas contaminarán el agua dulce.

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"Frente a esta sombría perspectiva, cada uno se enfrenta a una elección personal", subraya Tamu. Pero para él y su familia "irse no es una opción. Perderíamos nuestra cultura", insiste, evocando las tierras sagradas donde su pueblo, que vive en la isla desde hace miles de años, practica iniciaciones y otras ceremonias.

La cuestión de los desplazamientos de población relacionados con el cambio climático se aborda a menudo de manera, práctica, política, económica y logística. Pero "en lo que respecta a la subida del nivel del mar, debemos reconocer que se trata de una cuestión totalmente diferente", subraya Bina Desai, del Observatorio de Situaciones de Desplazamiento Interno (IDMC).

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"No hay vuelta atrás. Es una reubicación, no sólo física sino también cultural y espiritual", prosigue, evocando la resistencia de algunos a la idea de "marcharse sin sus antepasados" enterrados allí. El desafío es anticipar el posible desplazamiento de pueblos enteros "sin perturbar la identidad de su cultura", afirma. 

Es más fácil decirlo que hacerlo cuando esta identidad está profundamente arraigada en la relación con el medio ambiente inmediato, como lo reivindican muchos pueblos indígenas, tanto en las pequeñas islas del Pacífico como en las zonas heladas del Ártico.

Pueblo fuerte

"El pueblo sami pertenece al Sapmi (Laponia) tanto como el Sapmi pertenece al pueblo sami", explica Jannie Staffansson, del Sami Council, que representa a este pueblo del norte de Escandinavia.

Los sami ya observan los daños del calentamiento climático en su territorio, donde la nieve desaparece y los renos tienen dificultades para encontrar comida. "Nos parte el corazón ver a los animales luchar", cuenta Jannie. "Si perdemos a los renos, perdemos gran parte de nuestra cultura".

Lo mismo ocurre del otro lado del Océano Ártico con los inuit de Alaska y Canadá. "Las comunidades inuit quieren mantener su estilo de vida y la vitalidad de una cultura basada en la caza", insiste Dalee Sambo Dorough, miembro del Inuit Circumpolar Council, que representa a los 160.000 inuit.

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Cuando se le pregunta sobre la posibilidad de partir, para ella también la respuesta es obvia. "De ninguna manera. El Ártico es nuestra patria", explica. Si bien admite que será necesario trasladar una parte de los pueblos puesto que el hielo probablemente cederá, apuesta por la adaptación de los inuit a la adversidad. "Nuestra gente es muy fuerte, hemos logrado sobrevivir en el Ártico".

En el nuevo informe del IPCC se subraya que el cambio climático asesta un golpe "a la identidad cultural de los habitantes del Ártico", especialmente a los pueblos indígenas. Pero no sólo eso. También menciona el peligro inminente para los valores culturales y para la belleza de los paisajes, víctimas del deshielo en zonas de alta montaña.

La cultura no está necesariamente ligada a la tierra y a la naturaleza. Anders Levermann, climatólogo del Instituto del Clima de Potsdam, se interroga sobre el futuro de las megalópolis costeras amenazadas a largo plazo por el aumento del nivel del mar.

"Hong Kong es hoy un faro de la democracia en China, Nueva Orleans un verdadero bastión cultural, Nueva York un lugar importante para los negocios. Hamburgo, Calcuta, Shangai... Perderemos todas estas ciudades si no reducimos las emisiones de CO2", afirma.