En el siglo XVI Cartagena era una laguna turquesa de aguas mansas, rodeada de islotes de mangle bravo y arrecifes coralinos. La tierra alrededor era cenagosa, excepto algunos parches de tierra cosidos aquí y allá. Sin habérselo propuesto y como resultado del frenesí en torno a la bahía, Pedro de Heredia acabó fundando allí una ciudad que se afianzó a pesar del mangle y el avance de los pantanos.

Como había pasado en La Habana, las primeras medidas de ordenamiento urbano se aprobaron cuando el tráfico de flotas quedó regulado y la ciudad fue declarada puerto único. Entonces se trazaron las parcelas y Heredia adjudicó los mejores lotes a los primeros conquistadores, convirtiéndolos en una pequeña élite de terratenientes.

Cuatrocientos años después la bahía se había convertido en una letrina. En una letrina no solo de Cartagena sino de media Colombia, de la Colombia que tiraba sus desechos a los ríos Magdalena y Cauca para no olfatear las contradicciones del progreso. Después de pasar por los calores de Honda, La Dorada y Barrancabermeja las aguas servidas entraban por el canal del Dique a la bahía y allí se derramaban sobre el mar como una pegajosa mancha de petróleo.  

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A esa ola de residuos se sumaron las descargas de los barcos extranjeros y los vertimientos de las petroquímicas y cementeras que contra toda sensatez se instalaron a orillas de la bahía. Luego vinieron las obras de rectificación del canal. Las más devastadoras, en el 53 y el 89, la llenaron de sedimentos y sepultaron el agua turquesa debajo de una masa de agua turbia que alcanza hasta siete metros de profundidad.

Desde entonces la bahía está en transformación. Cada vez que se hace un dragado para mantener las condiciones de navegación vuelven a suspenderse los metales pesados que se han ido acostando en el lecho marino. Un estudio llamado Proyecto Basic, en el que participaron universidades y autoridades ambientales, demostró que la parte interna de la bahía presenta niveles de cadmio, plomo, mercurio, cromo y cobre que ponen en riesgo la salud humana.

La bahía es tóxica

Se calcula que el año pasado 3.000 buques transitaron por la bahía con 40 millones de toneladas en contenedores. Según el conglomerado empresarial Grupo Puerto de Cartagena, el 43% de los contenedores que circulan por el país entran y salen por el puerto, al que se le han invertido 1.200 millones de dólares en los veinticinco años que tiene de concesión. Con 50 muelles y terminales dispersos en la bahía, y un solo canal de acceso, es, según la Caribbean Shipping Association, el mejor puerto del Gran Caribe. Sin embargo, se necesita un canal alterno para mejorar la competitividad.

Lo único que impedía la construcción de esa obra en el año 2013 era un arrecife coralino degradado, posiblemente los restos del que tiempo atrás rodeaba el borde externo de la bahía sirviendo de muro de contención. Entonces las empresas del puerto contrataron a Valeria Pizarro para trasladar el coral, si es que existía algo salvable debajo del agua inhóspita.

La bióloga concienzuda

Cuando Valeria se hundió una mañana al frente de Bocachica con su equipo de buceo se encontró con Varadero. A solo tres metros de la superficie, salvada la capa de agua marrón, roncaba un monstruoso arrecife de coral, un caso rarísimo de adaptación al ambiente. Valeria ha estudiado ecosistemas marino costeros desde hace más de quince años. Tiene títulos de maestría y doctorado en investigación de poblaciones de arrecifes. Hasta el 2013 estaba convencida de que comprendía la ecología de los corales. Varadero le demostró lo contrario.

Tiene piel cobriza y pelo rizado. De un momento a otro, cuando las intenciones de dragar el segundo canal de acceso a la bahía se concretaron, dejó de trabajar para la consultora encargada de hacer el estudio de impacto ambiental y comenzó a estudiar el arrecife con otros investigadores. Hoy trabaja en la defensa de un bien público que nadie en el país conoce. Es activista de tiempo completo.

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–Mitad activista, mitad científica –dice en el camino al laboratorio–. A los científicos nos toca hacer activismo para que oigan nuestras conclusiones. Hay que hacer movilizaciones muy grandes para que no sean siempre los que tienen el poder quienes deciden qué ecosistemas se intervienen y cuáles no.

Existe un proceso para tomar esa decisión: el licenciamiento ambiental. En un proyecto que requiere una licencia ambiental, el estudio de impactos es la base con la que la autoridad ambiental determina si aprueba o no la obra.

–¿No es injusto que el proponente de un proyecto sea el encargado de hacer –o de contratar– el estudio de los impactos ambientales? ¿Al final no levantan los datos que les convienen?

–Sí, lo es. Y lo peor es que desconfían de nosotros que luchamos por lo ambiental. Nos llaman ambientalistas porque tienen la noción de que uno quiere detener el progreso y conservar por conservar, no porque el progreso dependa de la ecología.

Valeria atiende a periodistas, documentalistas y abogados para contar lo que vio aquel día entre Isla Draga y Barú, donde en un inicio se pensó hacer el canal alterno.

Primero, la beatitud de la inmensa roca llena de cavidades y de colores. Para una bióloga marina que cree conocer todos los arrecifes coralinos del país, es poco menos que alucinante encontrar un animal de ese tamaño, burbujeante, donde cientos de erizos negros que se creían casi extintos alargan sus agujas para cuidarle el sueño. Aunque ignoraba su magnitud, lo adivinaba enorme. Varadero tiene veinte canchas de fútbol de largo por cuatro de ancho. Se estira desde Isla Draga, al frente del fuerte San Fernando, hasta las playas de Barú, protegiendo tanto a Bocachica como a la península de la erosión costera. Luego un espasmo en el sistema nervioso cuando pensó que podían destruirlo para construir el nuevo canal.

–Ellos pensaban que allí había algunos remanentes de estructuras coralinas que podían ser trasladadas a otro sitio. Pero les dije que era algo totalmente diferente a lo que describían en ese estudio de impacto ambiental. Gira acá a la derecha, llegamos.

Entramos a un laboratorio en la sede de Parques Nacionales Naturales en El Laguito, un edificio redondo y democrático. Tres científicos en ropa de playa trasladan embriones capturados durante la noche a unos platos esterilizados.

–¿Y qué era?

–Varadero es un arrecife consolidado con colonias de coral gigantes. Yo les dije, les insistí que ese arrecife no se puede trasladar y que es único.

–Y qué respondieron.

–Son ingenieros y piensan que cualquier cosa es posible. Me dijeron, “Valeria todo se puede hacer en esta vida, tú piensas como bióloga, estás siendo muy negativa.”

El monstruo está teniendo sexo fervoroso

El planeta y los océanos se han formado. Al día siguiente, un animal invertebrado llamado pólipo, más pequeño que una anémona, flota en busca de aguas cálidas, idealmente de 28°C. Es parte de un éxodo de individuos que dio a luz la columna de agua desnuda.

Un arrecife de coral es un vecindario. Cada coral es el edificio que hicieron los pólipos con elementos (iones, carbonato, oxígeno, etc.) suspendidos en el agua. En el área de dragado para hacer el canal hay unas 35 especies de coral, 35 estilos de construcción distintos. Tienen nombres como “cerebro”, “abanico de mar”, “coral de fuego” o “cuernos de venado”. En esos conjuntos multifamiliares viven aproximadamente 10.000 colonias de coral.

Por esta época llega la noche y los corales hacen fiesta. Hay colonias de solo machos, hay colonias de hembras y las hay hermafroditas. Se reproducen como mejor puedan garantizar el nacimiento de una prole diversa. Los pólipos disparan sus huevos y esperma en el agua y dejan que el destino ocurra al azar. La consigna de la naturaleza es esta: “entre más diversidad, mejor”. A los humanos nos gusta contradecirla.

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El 85% de los corales en el mundo sufren de blanqueamiento por el aumento de la temperatura en el océano, que ha causado la muerte de las algas microscópicas que les aportan oxígeno y nutrientes. Una manera de ayudar a estos corales en estado de coma a adaptarse a un clima más cálido es inyectarles genes de aquellas especies que han demostrado tener más resistencia a los cambios de temperatura. En muchos lugares están criando súper corales basándose en esa premisa. Con un problema, dice Valeria: “no habrá variabilidad genética”. Y así como todos pueden tener una característica que los haga fuertes hoy, esa podría ser su ruina en cincuenta años, ya que el cambio es otra máxima de la naturaleza.

Si el planeta se calienta más de 2°C de aquí a 2050 el 95% de los corales del mundo morirán. En otras palabras, la restauración ecológica es un reto de la comunidad científica global y una moda. Varadero representa la oportunidad de que Colombia se ponga a la vanguardia en este campo si dejan a los científicos estudiarlo. Anoche, por ejemplo, pusieron trampas alrededor de la orgía submarina.

Larvas de laboratorio: nace un coral

En esta etapa de su vida, los embriones capturados anoche son organismos redondos de dos células. El rayo del sol los convierte en larvas. Este proceso dura unos cuatro días y es como nace un coral de laboratorio. Las larvas son inquietas, acumulan energía y nadan alrededor del plato esterilizado.

En el laboratorio están haciendo experimentos para llevar a cabo una restauración que tenga en cuenta la reproducción sexual. Se trata de devolverle al coral –y a otros corales– los individuos criados en el laboratorio. Así la nueva generación tiene más probabilidades de sobrevivir que si hubiera sido clonada o trasladada. Es una técnica nueva que hasta ahora se desarrolla en Curazao, México, La Florida y Texas. La idea es rejuvenecerlo con individuos que contienen toda su diversidad genética.

Los científicos ven un potencial de restauración muy valioso a través de la reproducción sexual si la técnica se desarrolla a gran escala. Se necesita tiempo –años– y plata para producir miles de larvas de diferentes especies e introducirlas en corales degradados; para hacer una restauración por hectáreas no solo en Colombia, donde todos los arrecifes coralinos están sobrepescados, sino alrededor del Caribe.

Cortarle la cola a Varadero

–En el mundo han logrado mover un par de arrecifes, me dice Valeria–, pero son casos donde se trasladan unas pocas colonias gigantes. Acá pueden ser 1.000 o 2.000 las que habría que trasplantar.

–¿Y si se le corta la cola? El arrecife empieza a cincuenta metros de Isla Draga y corre 1.700 metros paralelo a Barú. ¿Cercenarle una pequeña parte, amputarlo para que los buques pasen: sería muy grave?

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–Los proponentes piensan que no. Pero estamos hablando de un corte transversal para un canal que tendría alrededor de 200 – 250 metros de ancho por 14 de profundidad. Según los cálculos el arrecife perdería 20-25 % de su superficie y le quedaría muy difícil sobrevivir. Luego viene el tema de la compensación que tendría que hacerse por pérdida de biodiversidad. La compensación se define a partir de un manual que emite el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, pero en Colombia aún no contamos con un manual para ecosistemas marino costeros.

A las comunidades también habría que compensarlas a través de una consulta previa. Varadero, con 1.800 metros de largo por un promedio de 400 de ancho, genera 70 toneladas de recursos pesqueros al año que alimentan a las comunidades de Tierra Bomba y Barú. Lo cierto es que están muy prevenidos porque han visto transitar los buques por décadas al frente de sus narices sin que les mejore la vida. La consulta debería, como mínimo, ser una oportunidad para que planifiquen mejor el uso de sus recursos.

–¿Cómo fue la discusión con los empresarios, qué dijeron ellos?

–Yo traté de mostrarles a los miembros de la junta directiva el valor ecológico de lo que hay ahí, pero convencer a los proponentes de que el arrecife de Varadero vale más, a largo plazo, que la apertura del segundo canal es imposible. Ellos lo ven en términos de ganancias, no piensan en el efecto sobre las comunidades que viven cerca del arrecife ni en la conectividad ecológica que hay con Islas del Rosario. Los llevé allá. Nadie creía que hubiera un coral de esa magnitud, en un estado de salud tan admirable. A uno de ellos le dije, “piense en sus hijos, piense que si se hace el canal nunca van a ver esta riqueza”.

–¿Y entonces?

–“Mis hijos viven en Miami”, me respondió–. Es que el problema de la concertación es que muchas veces una de las partes no quiere escuchar, ni ver opciones, sino seguir su hoja de ruta. Así es imposible construir un país sostenible o conservar ecosistemas estratégicos.

Hasta que la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales otorgue el permiso para hacer el canal, Varadero ronca sumergido por sus poros de piedra, aferrado a una esperanza arenosa, esparcida entre la necesidad del comercio y la perseverancia del pescador.