Cuando acababa de cumplir la mayoría de edad, Carlos Ríos, un habitante de la vereda Maza Fonté en Choachí, municipio de Cundinamarca, destinaba sus días a recorrer los bosques de la finca de su padre, terruño aledaño al Parque Nacional Natural Chingaza.

Este campesino, hoy con 65 años, recuerda que en estos recorridos biodiversos veía una gran cantidad de ranas arlequín (de la especie Atelopus lozanoi), “tanto como si fuera maleza. Por donde caminaba encontraba una. Mi padre me decía a cada rato: mire, ahí está la mamá cargando al hijo”, cuenta. 

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Sin embargo, Carlos y su padre ignoraban que no se trataba de las crías de la rana. El macho, mucho más pequeño que la hembra, se sube sobre ella y la sujeta por debajo de sus extremidades con la intención de aparearse. 

La abundancia de ranas que este chiguano apreciaba de joven está corroborada por la ciencia. Según el Libro Rojo de anfibios de Colombia, antes de 1989 en una sola salida de campo y en tiempos cortos, se podían ver hasta 50 juveniles y 20 ejemplares adultos.

Esta especie de rana arlequín es endémica de Cundinamarca. Es decir que no habita en ninguna otra parte del mundo. Foto: Gustavo González (WCS).

El libro rojo dice que en la década de los 80 o 90, en una sola semana podían encontrarse hasta 10 de estas parejas en pleno abrazo nupcial, como algunos llaman a este momento. Pero con el paso del tiempo, las poblaciones pasaron del auge al declive definitivo, informó Wildlife Conservation Society (WCS Colombia). 

En los últimos años del siglo XX, la vida silvestre para esta rana no fue fácil. Luego de multiplicarse con tranquilidad en el Parque Nacional Chingaza y algunos de sus alrededores en el oriente de Cundinamarca, el único lugar en el mundo donde habita, poco a poco su presencia se vio afectada por los daños ambientales y las enfermedades.

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A Atelopus lozanoi le sucedió lo mismo que a muchas otras ranas arlequín (nombre común con el que se agrupa a las Atelopus) en diferentes partes del país y el continente, acosadas por las alteraciones a sus hábitats, deforestación, ganadería y presencia de la trucha arcoíris (invasora que se come sus renacuajos)”, afirma WCS Colombia.

Sumando a esto, a esta especie de rana la empezó a afectar un hongo quítrido, también conocido como Bd (Batrachochytrium dendrobatidis), que les impide respirar hasta que muere. “Todo esto las diezmó hasta reducir sensiblemente sus poblaciones. Ha sido tan dramática la pérdida, que de las 45 especies de ranas Atelopus conocidas y distribuidas en Colombia, al menos 38 perdieron poblaciones”, informa la organización.

La finca de Carlos cuenta con diversos ecosistemas como el páramo. Foto: Gustavo González (WCS).

La rana arlequín que abundaba en la finca de la familia Ríos está envuelta dentro de ese grupo infortunado. Según WCS, desapareció sin dejar rastro entre 1998 y finales del año 2000.  

No hay un consenso entre los investigadores sobre cuál de todas esas amenazas fue la que tuvo mayor impacto en el destino de esta rana que ha mezclado en su cuerpo una serie de tonalidades que tratan de simular una parte del arco iris, y que van desde el amarillo y el café, pasando por el rojizo y el anaranjado”. 

Registro único

Carlos heredó la finca de su padre, que bautizó El Paramillo y donde creó la organización Maza-Fonté para ofrecer servicios ecoturísticos. El 4 de septiembre del 2016, después de casi dos décadas de ausencia, esta rana arlequín reapareció en una zona rural de Choachí, dentro de la vereda Maza y justo en la propiedad de la familia Ríos. 

“Estábamos haciendo una caminata con un biólogo. Cuando regresamos, casi de noche, él se quedó tomando unas fotos. Le advertí que ya era tarde y debíamos ir más rápido, pero me dijo que lo esperara porque había encontrado un animal muy bonito. Días después me mandó algunas de las imágenes y ahí estaba la sorpresa: era la rana arlequín Atelopus lozanoi. Así supimos que estaba nuevamente en la zona”, dice Carlos.

Desde ese día Carlos se ha convertido en su más férreo protector. Ya suma tres registros de la rana en su predio, cerca a una finca vecina que le pertenece a un primo, situada en una zona más baja, lejos de sitios intervenidos o potreros, y donde el bosque andino está mejor conservado. El encuentro más reciente fue hace ocho meses.

Esta rana arlequín ha sobrevivido en la finca de Carlos en Choachí. Foto: Gustavo González (WCS).

“Es irónico que después de haberla observado tantas veces, ahora celebramos cada hallazgo. Quiero hacer todo lo posible por protegerla”, dice este hombre de origen campesino y amante de las ciencias naturales. 

Y así lo ha hecho. Destinó todas las hectáreas de su predio a la conservación, no solo para darle un respiro a la rana y su recuperación, sino para cuidar el resto de fauna y flora asociada con este terreno ubicado en la zona de amortiguación del área nacional protegida y a poca distancia del páramo. 

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Por acá también vemos osos andinos o rastros de él, venados cola blanca y soches, borugos, cusumbos y otros mamíferos pequeños, esto sin contar plantas como orquídeas y frailejones. Después de años sin ganadería y agricultura, la finca se ha recuperado sola, al punto de que los potreros han desaparecido y están cubiertos de vegetación”.

El Parque Nacional Chingaza es uno de los mayores hervideros de biodiversidad del país. Foto: Jhon Barros. 

Según Merilyn Caballero, funcionaria de Parques Naturales, Carlos y su familia han buscado intensificar su trabajo ecoturístico pero teniendo a la rana como su principal motivación. "Los hemos apoyado técnicamente durante últimos años, esfuerzo al que se ha sumado la estrategia de conservación de anfibios que lidera WCS Colombia”.

La estrategia de WCS comenzará a respaldar toda la labor comunitaria para darle un futuro sostenible a la rana A. lozanoi, bautizada así en honor al profesor de la Universidad Nacional Gustavo Lozano, quien hizo aportes invaluables a la taxonomía botánica colombiana.

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Defenderemos todo este proceso que ha venido avanzado desde hace años, reforzando el monitoreo de esta y otras especies, sumando procesos de educación ambiental con los habitantes y con investigaciones sobre el hongo quítrido”, explicó Gustavo González, herpetólogo de WCS Colombia.

El experto indica que la organización realizará acuerdos de conservación con la intención de ejecutar iniciativas productivas entre los pobladores enfocadas al turismo, “un tema que ya está avanzando en las comunidades aledañas al Parque Chingaza. Esto último con el fin de que un sector de la población alcance ingresos adicionales y deje a un lado, poco a poco, aquellas actividades que pueden ser nocivas para su entorno”.