* Este es un contenido periodístico de la Alianza Grupo Río Bogotá: un proyecto social y ambiental de la Fundación Coca-Cola, el Banco de Bogotá del Grupo Aval, el consorcio PTAR Salitre y la Fundación SEMANA para posicionar en la agenda nacional la importancia y potencial de la cuenca del río Bogotá y  sensibilizar a los ciudadanos en torno a la recuperación y cuidado del río más importante de la sabana.

Hace millones de años, de las aguas frías e inmaculadas de la laguna de Iguaque emergió una mujer llamada Bachué con un niño de tres años, quienes luego de recorrer las montañas del territorio decidieron asentarse en una extensa llanura donde solo se escuchaba el canto melódico de las aves.

Cuenta la leyenda que Bachué y el pequeño niño fueron los primeros pobladores de la sabana de Bogotá, quienes con el paso de los años se enamoraron y procrearon una cantidad incalculable de hijos, una unión que dio inicio al pueblo muisca. La mujer era tan fértil que en cada alumbramiento paría entre cuatro y seis niños.

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A todos sus descendientes, Bachué les enseñó a cultivar la tierra y a venerar el agua, en especial al río Funza o Bogotá, al que llamaban el varón poderoso, y a los cuerpos lagunares que lo rodeaban. También les inculcó una adoración sacra por dioses como Chiminigagua, el creador del sol, la luna y el universo.

Los muiscas fueron un pueblo anfibio que veneraba al agua y al río Funza o Bogotá. Foto: Jhon Barros. 

Cuando envejecieron, los primeros habitantes de la sabana regresaron a Iguaque para sumergirse en sus aguas cristalinas. En medio de lágrimas se despidieron de los muiscas, no sin antes advertirles que continuaran con su legado pacífico y hermoso por la naturaleza. Los cuerpos de Bachué y su esposo tomaron formas serpientes y desaparecieron en la laguna. 

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El pueblo muisca siguió al pie de la letra las recomendaciones de la diosa de la fertilidad. Realizaban rituales sagrados en las lagunas como símbolo de agradecimiento, siempre con ofrendas de figuras doradas de los seres que gobernaban el agua. 

Su devoción por el recuerdo hídrico era tan profunda, que las mujeres iban a las orillas de los ríos, como el Bogotá, y las lagunas ancestrales como Guatavita, Guacheneque, Siecha, Chisacá, Fúquene, Chingaza y Bocagrande, a dar a luz a sus hijos.

Las mujeres muiscas parían a sus hijos en las orillas de los ríos y lagunas. Foto: Jhon Barros.

Devoción por el verde

Las plantas también eran adoradas por los muiscas. Por eso, la depredación no hacía parte de su cultura, sólo utilizaban algunos árboles o arbustos para curar enfermedades y conectarse con sus dioses ancestrales.

El borrachero de flor blanca era una de sus especies insignias, árbol que llamaban tijiquí. Esta brugmansia arbórea, que en edad adulta alcanza hasta tres metros de alto, era utilizada por los indígenas para comunicarse con los dioses, ya que cuenta con propiedades mágicas.

Las flores del tijiquí o borrachero, con forma de trompeta, tienen propiedades más fuertes que el yagé, por lo que no cualquier muisca podía hacer uso de la planta. Si alguien llega a recorrer un bosque repleto con estos árboles florecidos, el olor lo puede hacer dormir o causar alucinaciones”, dice Darwin Ortega, ingeniero ambiental apasionado por las plantas.

El borrachero de flor blanca era una de las plantas sagradas de los muiscas. Foto: Jhon Barros.

El humano le ha dado un mal uso a este borrachero. Según Ortega, algunas personas le extraen los metabolitos para fabricar la escopolamina. “Otra peculiaridad de esta planta es que no busca altura sino expandir sus ramas para ocupar espacio, razón por la cual es una especie arbórea”.

El nogal, hoy en día conocido como el árbol más representativo de Bogotá, era una estampa intocable para el pueblo muisca. Ortega recuerda que los indígenas asociaban esta especie nativa con la sabiduría. “Era sagrado porque les representaba al zipa, el gran cacique de los territorios de la sabana. De este árbol sólo extraían algunos colorantes”.

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Del tallo de los alisos sacaban los taninos para darle color a sus túnicas, mientras que el arrayán era aprovechado por sus poderes curativos. “Las hojas del arrayán eran maceradas para combatir los dolores de muela. También conocían la importancia natural de este árbol, como que sus frutos atraen a las aves y mamíferos, en especial en los meses de agosto y septiembre”, menciona el experto.

El nogal, árbol insignia de Bogotá, representaba la sabiduría para los muiscas. Foto: Jhon Barros. 

Cuando los dolores de estómago los agobiaban por las úlceras, los indígenas acudían a los poderes curativos del sangregado, árbol nativo que cuenta con una sustancia que cura esas dolencias. Incluso hoy en día, las tiendas naturistas venden productos como sangre de dragón o sangre de draco para curar la gastritis.

La savia del sangregado, de color amarillo, era uno de los tintes naturales que los muiscas usaban para pintar sus pieles en los rituales. “Lo mismo hacían con el tinto, árbol característico de los humedales que le dio nombre al barrio El Tintal en Bogotá. Con la tinta del fruto, se pintaban los rostros para realizar los pagamentos sagrados”, informa Ortega.

El arboloco era cuidado por los indígenas debido a su estrecha relación con la fauna nativa. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

El trompeto, nombrado por los científicos como Buconia frutescens, fue bautizado por los muiscas como curador o sarno, ya que su savia tiene la capacidad de curar los hongos de los pies y la sarna de los perros.

Toda la planta tiene propiedades medicinales. Además, es una de las especies nativas más importantes del bosque alto andino, porque sus frutos le sirven de alimento a las aves migratorias y residentes”, complementa el ingeniero ambiental.

Las hojas del arrayán eran maceradas por los muiscas para combatir los dolores de muela. Foto: Jhon Barros.

El arboloco era cuidado meticulosamente por los indígenas debido a su estrecha relación con la fauna nativa. Sin embargo, esa relación armónica tuvo un punto de quiebre durante la conquista, cuando los españoles vieron en su tronco un potencial para el desarrollo de las viviendas.

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“Como en esa época no había sistema de acueducto y alcantarillado, los españoles talaban los arbolocos para utilizar sus troncos huecos como canaletas para recoger el agua lluvia. Estos árboles también eran destinados para redireccionar el agua de las quebradas y ríos hacia las viviendas”.

El cajeto tiene propiedades para ayudan a adelgazar. Foto: Jhon Barros.

Homenaje muisca

El verde sagrado de los muiscas empezó a palidecer desde la llegada de los españoles. Sin embargo, la mayor hecatombe ambiental tuvo su despertar a mediados del siglo XX, cuando el crecimiento poblacional llegó desmesuradamente a la sabana de Bogotá.

Tocancipá, municipio de la cuenca alta del río Bogotá, fue una de las mayores víctimas del desarrollo. Además de los asentamientos humanos, el territorio empezó a llenarse de industrias dedicadas a la explotación de piedras, arenas, carbón, madera y arcilla, tanto así que hoy en día es uno de los grandes epicentros industriales de Cundinamarca.

En 2014, el Parque Jaime Duque decidió destinar uno de sus terrenos, 70 hectáreas que fueron arrendadas durante años a varios campesinos, para consolidar un nuevo pulmón en medio de la industria de Tocancipá, una reserva natural llamada Ecoparque Sabana.

70 hectáreas de Tocancipá se convierten en un hervidero de biodiversidad en medio de la industria. Foto: Parque Jaime Duque.

El propósito era transformar una zona árida y gobernada por especies invasoras como el pasto kikuyo, en un hervidero de biodiversidad con 13 hectáreas de humedales restauradas y bosques con las especies del bosque alto andino que tanto adoraban los muiscas.

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Para reverdecer la zona fue construido un vivero donde se propagan 120 especies nativas, entre trepadoras, herbáceas, arbustivas y arbóreas, listado que incluye las estampas sagradas de los muiscas como el borrachero, arrayán, nogal, tinto y sangregado.

El vivero del Ecoparque Sabana reverdece la reserva y le rinde homenaje a la cultura muisca. Foto: Mariana Estrada.

A la fecha, del vivero han salido 70.000 plantas nativas, todas sembradas en las zonas acuáticas y terrestres aledañas a los humedales Jaime Duque y Arrieros, un verde que le sirve de refugio y brinda alimento a 115 especies de aves, tanto residentes, migratorias, endémicas y hasta en peligro de extinción.

Estas plantas son sembradas con ayuda de los habitantes de Tocancipá y otros municipios vecinos como Sopó y Zipaquirá, quienes además aprenden sobre esa relación sagrada que tenían los muiscas con los árboles nativos”, asegura Ortega, director del Ecoparque Sabana.

Las plantas de los humedales de la reserva provienen del vivero muisca del Ecoparque Sabana. Foto: Jhon Barros. 

Guardería de plantas

Todas las semanas, el equipo del Ecoparque recorre el cerro Tibitoc, una montaña en Tocancipá que ha sobrevivido a las embestidas del desarrollo gracias a la consolidación de otra reserva natural del Parque Jaime Duque. Del popocho bosque, los trabajadores recolectan los regalos naturales de los árboles.

“Luego de limpiar todas las semillas y los frutos recolectados, empezamos a identificar las especies por medio de sus características físicas como el tamaño. Por ejemplo, los frutos carnosos se depositan en bandejas con agua para que la pulpa se hidrate hasta que sea fácil extraer las semillas”, manifestó Ortega.

Todas las semillas del vivero son recolectadas en el cerro Tibitoc. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Los frutos secos, como los del árbol aliso, son sacudidos para que caiga la semilla de forma natural. Además de su importancia para los muiscas, esta especie de rápido crecimiento es niñera de otras plantas que crecen mucho más lento.

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En el caso de la uchuva y el agraz, lo que hacemos es licuar el fruto y colarlo para sacar las semillas, que son muy pequeñas. Otra de las especies más representativas del vivero es el cajeto o quiebra barriga, planta que ayuda a adelgazar”, dice el director del Ecoparque.

De los frutos carnosos y secos de los árboles de los muiscas son sacadas las semillas. Foto: Mariana Estrada. 

Muchas semillas del guayacán de Manizales llegan al vivero, una planta que para los muiscas representaba el sostenimiento del planeta, al igual que otras especies emblemáticas de la sabana como el chilco y el hayuelo.

Luego de la identificación de las especies, todas las semillas muiscas ingresan a la zona de germinación, una cama con diferentes sustratos donde las plantas empiezan a nacer. Cada especie cuenta con un espacio propio donde dan sus primeras muestras de vida.

Todas las semanas, los trabajadores del Ecoparque recogen las semillas y frutos del bosque. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

La parte baja de la cama cuenta con una gravilla, la cual permite que no se acumule el agua en el fondo de la canaleta. Luego vienen unas vermiculitas o piedras pequeñas ricas en minerales que les dan nutrientes a las plantas”, informó Ortega.

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La última capa es una amalgama de tierra negra, cascarilla de arroz y sustrato de coco, una mezcla que sirve para mantener la humedad y la cual evita que los trabajadores del Ecoparque tengan que realizar un riego continuo.

Las semillas germinan en varias camas con sustratos que hacen emerger las plantas. Foto: Mariana Estrada. 

En el caso de la semilla del hayuelo, que es bastante pequeña, los expertos no la introducen directamente en un hueco. “Con esta especie hacemos un voleo de semillas, es decir que se lanzan sobre la cama y luego la cubrimos con una capa delgada de sustrato negro que antes fue colado. Si se entierra directamente, la semilla no puede germinar”.

Cuando las plantas alcanzan una altura promedio de cinco centímetros y les salen hojas verdaderas, son trasplantadas en bolsas que contienen sustratos con tierra negra y cascarilla de arroz. Luego pasan al área de crecimiento y desarrollo, donde empezarán a desarrollarse bajo temperatura controladas.

La zona de germinación es comparada al nacimiento de un bebé. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

En esta zona vigilamos las plantas a diario, un monitoreo que busca evitar afectaciones causadas por hongos o bacterias. Al llegar a los 30 centímetros de altura, ingresan a las naves laterales del vivero, áreas de adaptación con polisombras donde el agua lluvia cae casi directamente sobre ellas. Allí empezarán a adaptarse al medio natural”.

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Por último, las plantas de los muiscas son llevadas a la última parte del vivero, una zona al aire libre donde permanecen antes de ser sembradas en los futuros bosques del Ecoparque, que fueron bautizados con nombres chibchas como Bachué, Bochica, Chiminigagua, Sie y Huitaca.

Las plantas son sembradas en bolsas cuando alcanzan una altura promedio de cinco centímetros y les salen hojas verdaderas. Foto: Mariana Estrada. 

Para Ortega, el vivero del Ecoparque es una analogía a la vida humana: la semilla es el vientre, el área de germinación es el niño naciendo (las plántulas) y la zona de crecimiento es cuando el pequeño de tres o cuatro años está en el jardín (las plantas en las bolsas).

Cuando las plantas están en las zonas de crecimiento, para mí representan la etapa de transición de un niño entre el jardín y el colegio, tiempo en donde se convierte en adolescente y desarrolla su personalidad. Ya sembrados en la reserva, los árboles y arbustos ingresan a la universidad y se convierten en adultos”.

El tiempo que permanecen las plantas en el vivero depende de la especie. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Trato especial

Los tiempos de las plantas en cada una de las etapas del vivero muisca dependen de la especie. Por ejemplo, el hayuelo puede demorar solo tres meses en la guardería vegetal, ya que es de rápido crecimiento. 

Igual sucede con el ciro (Baccharis macrantha), planta que crece muy rápido, ayuda a cambiar el microclima y genera condiciones óptimas para las plantas lentas como el caucho, especie que pasa más de dos años en el vivero.

El vivero es llamado como la guardería de las plantas de los muiscas. Foto: Mariana Estrada.

“Si sembramos un caucho solo en el medio natural, muy probablemente la radiación y el viento le causarán estrés y no se desarrollará con facilidad. Pero si a su alrededor ubicamos especies niñeras como el ciro, estas crecerán rápido y se convertirán en una pared contraviento con mayor humedad que lo favorecerán”, apunta el experto.

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Según Ortega, cada planta cumple un rol fundamental en la naturaleza. “Unas mejoran los suelos, otras mantienen la humedad y algunas atraen polinizadores. Todo esto favorece al desarrollo mismo de los bosques. Por ejemplo, el borrachero de flor roja atrae al colibrí pico de espada, ave insignia de la sabana”.

Todas las plantas del vivero son sembradas en la reserva con la ayuda de la comunidad. Foto: Jhon Barros.

Por eso, el reverdecer de esta reserva natural de Tocancipá no consiste en una reforestación, actividad que sólo siembra árboles. “Esto no genera la diversidad de hábitat que necesita la fauna propia de la sabana de Bogotá. Lo que hacemos es una restauración ecológica, donde cada planta tiene una función dentro del ecosistema y brinda diversos beneficios”.

Con la magia verde que inicia en el vivero, el Ecoparque Sabana se está consolidando en uno de los mayores hervideros de biodiversidad en la cuenca del río Bogotá: en menos de cuatro años, la zona pasó de 15 especies de aves a 115, muchas endémicas de la región.

A todas las personas que vienen a sembrar al Ecoparque les contamos esa estrecha relación que tenían los muiscas con las plantas. Nuestro objetivo es reverdecer la reserva con más de 160.000 árboles y arbustos nativos, restaurar los humedales y resaltar la cultura de nuestros antepasados que muchos aún desconocen”, concluye Ortega.

El reverdecer de la reserva con las plantas de los muiscas y la restauración de los humedales han causado una explosión de biodiversidad. Foto: Darwin Ortega.