A medida que el confinamiento retira cada vez más gente de las calles, proliferan las noticias de la aparición de toda clase de animales en espacios urbanos. Y mientras avanzan el temor y la incertidumbre a los que nos ha sometido la pandemia, esta aparente reconquista de distintas áreas por especies que desde hacía tiempo no se veían en ellas, provoca en la sociedad una mezcla de sorpresa, sentimiento de culpa y esperanza.

La extrañeza que cualquiera pueda sentir al percatarse de la presencia de animales silvestres en la periferia de su encierro es entendible. Después de todo se trata de encuentros cercanos con una naturaleza que muchos han creído ausente de los espacios habitados por los humanos, a pesar de que en las ciudades existen poblaciones de fauna que habitualmente pasan desapercibidas en el tráfago cotidiano. 

La artificialidad del mundo urbano hace que consideremos a los árboles y plantas de los parques, antejardines, separadores y patios, como otros tantos elementos de una infraestructura construida. Al hacerlo, ignoramos que estos "objetos", además de prestarnos grandes servicios, sirven de hábitat, refugio y sustento para muchas especies animales. 

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Es apenas ahora, cuando el encierro disminuye el número de personas y vehículos en las calles, que empezamos a percatarnos de la biodiversidad citadina. Lo que trae consigo un sentimiento de culpa compartida pues comprendemos, de un momento a otro, que la forma como funcionan nuestras sociedades escasamente deja espacio y tranquilidad suficientes para que existan otros seres. 

Los incontables "memes" que ilustran este punto en los medios, son entonces indicios de un cierto despertar colectivo.  Por lo visto, la sociedad está descubriendo el mundo a su alrededor y se ve obligada a aceptar que incluso los espacios que considera de su exclusiva propiedad u ocupación no son más que una suerte de proindiviso en el que transcurren muchas otras existencias. 

Esta aceptación quizás facilite el desarrollo de una conciencia ecológica, sustentando la tercera sensación despertada por la reciente "aparición" de animales en las ciudades. El reconocimiento de que la suspensión de muchas actividades humanas proporciona mayor tranquilidad y libertad de acción a esos otros seres que comparten nuestro espacio, puede conducirnos a replantear la forma como nos relacionamos con el mundo.

Saber que somos habitantes de un vecindario biodiverso es el primer paso hacia el establecimiento de un mínimo de respeto y tolerancia con otras formas de vida. Por ejemplo, bien valdría la pena que, así como aceptamos con facilidad la presencia de seres carismáticos como los colibríes y las mariposas, también lo hiciéramos con otras criaturas que viven a nuestro alrededor y que, debido a ignorancia sobre su historia natural, son estigmatizadas, temidas y despreciadas.

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Las víctimas más frecuentes de estos prejuicios son los habitantes de la noche y entre ellos, los murciélagos. Para una inmensa mayoría de personas en el mundo occidental, son animales feos, fastidiosos e incluso, peligrosos.  Sin embargo, una mirada desprevenida hacia este grupo de mamíferos nos revela un mundo fascinante.

En primer lugar, la extraña apariencia de muchos de ellos es una demostración de las exquisitas adaptaciones que cada especie ha desarrollado en el transcurso de su evolución. La forma y tamaño de sus orejas, protuberancias nasales y distintos tipos de crestas en sus rostros, les permiten manejar con precisión su sofisticado sistema de orientación mediante el eco de sus vocalizaciones ultrasónicas.

Por otra parte, la poderosa dentadura de muchas especies revela una diversidad de hábitos alimenticios, entre los que se destacan, proporcionalmente hablando, las dietas a base de insectos y frutas. Los murciélagos se cuentan entre los más importantes controladores de las poblaciones de insectos y también sobresalen como dispersores de semillas de una gran cantidad de árboles.

Además de los frugívoros y los insectívoros, hay otros que comen peces, ranas, aves y otros murciélagos. Dos de las especies que tenemos en Colombia, se alimentan de sangre, lo que representa apenas el 2% de la diversidad de este grupo de animales en el país. Y, por si fuera poco, hay varias especies que se alimentan de néctar y polen, contribuyendo de paso a la fecundación de los árboles y plantas que visitan.

Cada uno de estos estilos de vida juega un papel importante en el funcionamiento de los ecosistemas –incluyendo los urbanos– y, por lo tanto, brinda a nuestra especie numerosos servicios, como cualquiera de los otros animales silvestres con los que cohabitamos. Definitivamente, no estamos solos. A nuestro alrededor hay una multitud de otros seres que caminan, saltan, reptan, trepan y vuelan y, al hacerlo, nos recuerdan que formamos parte de una compleja y frágil trama de interacciones de las cuales dependen nuestra existencia y nuestro bienestar.