La razón es que los escenarios que se producen para guiar las agendas de transformación no son capaces de salir de las trayectorias convencionales, pues el futuro, estrictamente hablando, carece de forma y, entre más lo perfilemos, más nos atrapa. De alguna manera esta perspectiva tiene que ver con el carácter surrealista de los sueños, que no son proféticos, sino que advierten sobre el nivel de disposición inconsciente de las personas para enfrentar la incertidumbre.

Una cosa es saber que las sociedades humanas viven en un planeta que no soporta la presión de uso actual de recursos y que debe modificar su comportamiento de manera radical; otra, construir un proyecto utópico que, a manera de render (imagen realista de algo inexistente), nos devuelva la tranquilidad al delinear espacios de sostenibilidad bajo los parámetros de nuestra ingenuidad.

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Nunca han existido 10.000 millones de humanos en la Tierra, nunca hemos vivido a más de 400 ppm de CO2 atmosférico, nunca los océanos ni los ríos ni el suelo han estado llenos de plástico, nunca las ciudades fueron el hábitat preferencial de la gente: todo es distinto hoy, y pensar que cerrar la caja de Pandora como respuesta es uno de los actos más peligrosos que podemos cometer. Por ello la innovación es la clave, pero la innovación radical, no “más de lo mismo”: vino nuevo en odres viejas.

No hay “un puente hacia el futuro”: hay un salto al vacío, no sin cuerda de seguridad o alas, pues el ingenio y las capacidades de innovación siempre nos han acompañado, y así como hemos colapsado como sociedades en numerosas ocasiones, también hemos superado cuellos de botella en la evolución de la cultura. Basta observar las rupturas entre generaciones para darnos cuenta de que ya está pasando, sin saber bien cómo, pues somos malos observadores de nosotros mismos: es difícil ser objeto y sujeto de los estudios que indagan por las grandes transformaciones sociológicas del mundo, por lo cual confiamos más en el olfato o el instinto de grandes líderes que en los planteamientos de la academia. La psicohistoria de Hari Seldon aún está lejos de existir. Aún es política pura.

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Vivir en la incertidumbre es a la vez buscar paz y satisfacción en el presente, como lo recomiendan algunas tradiciones éticas o religiosas. Superar el hambre y la inequidad en el mundo no puede ser una meta falaz, sino un acto cotidiano de compasión que cada una de las personas debe realizar desde su posición en el mundo, proporcional a sus posibilidades. Formular un Plan de Desarrollo no es, por tanto, una excusa para “patear el balón” hacia adelante, mas un acto de transformación de un presente que, si es cada vez más justo y bondadoso, se desplegará de manera aún más virtuosa.

La sostenibilidad es una guía de principios, contiene una ética para estos tiempos y nos previene de futuros que corresponden más a los intereses y la propaganda de los bien o malintencionados que creen que, como los niños de hoy serán los adultos del mañana, del adoctrinamiento ecológico y la prédica ambiental surgirá la renovación que requiere el planeta.

Más arte, más libertad, mejores comunicaciones y trabajo colectivo amoroso, menos discurso (incluido este), más conversaciones con el resto de seres vivos, más respeto, menos promesas de futuros ilustrados será tal vez lo que nos acerque a una vida más armoniosa y capaz de proyectarse sin dolor en medio del misterio que rodea nuestra existencia.