Los bosques son fábricas de valor. Tienen un valor eco-sistémico y climático porque regulan el clima global y local, al igual que los ciclos de agua y precipitaciones.

Albergan la biodiversidad en un todas sus formas, de las plantas y animales hasta el infinito mundo microscópico que hace la vida posible. Millones de personas en el mundo viven o dependen de los bosques para su subsistencia y al mismo tiempo, los bosques son enormes fábricas que proveen los insumos para un amplio portafolio de industrias. Algunas tan tradicionales como la madera y la producción de alimentos y otras más contemporáneas como insumos orgánicos para la base de cosméticos y medicinas, y por supuesto, el turismo ecológico.

El valor económico de actividades relacionadas con el bosque en países del hemisferio sur es estimado al menos en unos 250 mil millones de dólares.

Como fábricas de valor ecológico y económico, la sostenibilidad de los bosques a largo plazo es un asunto de prioridad nacional y global.

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Acuerdos, leyes e iniciativas han sido desarrollados para proteger los bosques, pero estos esfuerzos no han sido suficientes para detener su deforestación y degradación.

Si simplificamos hasta el principio más básico la regulación alrededor de los bosques, tendremos áreas de conservación donde no hay uso de los recursos y áreas productivas donde es permitida la explotación.

La realidad es más compleja pero esta división nos debe servir para entender que el tamaño del áreas productivas es una combinación entre la regulación del gobierno, las fuerzas del mercado e infortunadamente la economía de la ilegalidad (por ejemplo cuando no se respeta la zonificación de protección en parques nacionales).

En el caso de Colombia, gracias al desarrollo económico de los últimos 20 años y especialmente a partir del proceso de paz, se ha llegado a un punto histórico donde debemos preguntarnos acerca de cuál es el mejor modelo administrativo de los bosques colombianos que ofrezca la mejor retribución económica, proteja el capital ambiental y ofrezca oportunidades a sus comunidades.

Pregunta especialmente relevante para Colombia donde el 52% del territorio (59,6 millones de hectáreas) es bosque. Un área del tamaño de España y Portugal combinadas.

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Si no se toman las acciones, la tendencia a la deforestación es clara. En los últimos 30 años, el área de bosque que cubre el planeta se ha reducido a la mitad.

Solo en el 2017, Colombia perdió 220.000 hectáreas de bosque, casi dos veces el tamaño de la ciudad de Medellín. Adicional a la extensión del problema, es aún más preocupante el hecho que la deforestación ha sido causada principalmente para abrir paso a la ganadería.

Una operación que envuelve mafias, terratenientes, campesinos, excombatientes y autoridades, y que ni siquiera se ha tomado el trabajo de utilizar productivamente la madera de los árboles tumbados. Y dejemos de lado el hecho que las dietas de las personas ya están cambiando, por salud o convicción, y que la proyección a futuro es que el consumo de carne será menor.

Entonces, tumbar bosque, no usar la madera, emitir gases de efecto invernadero y afectar el ecosistema natural y fuentes de agua no parece una buena decisión si la retribución económica del modelo ganadero no es certera.

Una visión diferente de la economía del bosque empieza por pensar en el bosque como un proveedor de productos secundarios y no primarios. En vez de pensar el bosque como el proveedor de tierra (para la ganadería), yuca, cacao o caucho, deberíamos verlo como el proveedor de harinas, chocolates, zapatos, condones, componentes químicos a través de cadenas productivas.

Es a través de la transformación y tratamiento de los productos del bosque donde se consiguen mayores oportunidades económicas.

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La economía del sur de Colombia debe fortalecer su capacidad empresarial, integrarse a los nodos industriales y de exportación del país y hacer una transición de un modelo basado en ganadería a un modelo productivo más diverso y centrado en la agregación de valor. Esto le serviría al desarrollo económico y social de la región y, a su vez, al ecosistema natural.

De hecho, a nivel global las oportunidades económicas que pueden arrojar los bosques se están redefiniendo y expandiendo a causa de la búsqueda de nuevos negocios más sostenibles, que no dependan de los derivados del petróleo, que no generen emisiones de carbono e impulsen modelos de economía circular donde se reduzcan los residuos que terminan en los botaderos o en las corrientes marinas.

Este concepto económico que ha ganado adeptos en economías industrializadas se conoce la bioeconomía. La bioeconomía es entendida como la producción de productos biológicos renovables y la transformación de esos productos y sus residuos en otros productos de mayor valor agregado. Las aplicaciones de la bioeconomía son muy variadas.

Cambiar el plástico de los juguetes por madera, cambiar los componentes químicos de la pintura de muebles a través del uso de hojas de oliva, cambiar vasos desechables hechos de plástico por vasos hechos a base de maíz, usar los desechos de las cáscara de naranja o la leche cortada para crear fibra para textiles. Incluso, la bioeconomía también se extiende al mundo digital.

Ingenieros de transporte han estudiado especies amazónicas de hormigas para desarrollar algoritmos para los carros autónomos o investigadores han estudiado el comportamiento de plantas para alimentar modelos de inteligencia artificial.

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Estas ideas no son nuevas. A mayor profundidad han sido expuestas por expertos en diferentes sectores e instituciones. Entre ellos VISION AMAZONIA que hace un llamado enfático a que la región no dependa de la ganadería y se enfoque en otros productos forestales como palmas de coco, castañas, asaî o guanábana. Más amigables con el medio ambiente y con interesantes oportunidades de exportación.

Aún mejor, al más alto nivel de la política pública colombiana, en julio de 2018 el gobierno publicó el CONPES de Crecimiento Verde 3934 que brinda el marco teórico y recomendaciones para impulsar, entre otros sectores, una economía forestal más sostenible basada en las oportunidades que ofrece la bioeconomía.

Incluso, iniciativas privadas como la Pizza Anti-Deforestación de los hermanos Rausch están acertando en cambiar la percepción de la relación del bosque, los campesinos y el consumo en las ciudades.

Pero un cambio de modelo económico en la economía del bosque requiere la coordinación de diferentes instituciones públicas nacionales y locales, el sector privado y las comunidades.

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Esta es una oportunidad que tiene el Presidente Duque en sus primeros meses de gobierno en la elaboración de su plan de desarrollo para direccionar al país en el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y el Acuerdo de París.

Si aprendemos de la experiencia de Brasil, la deforestación sólo fue posible de parar cuando se volvió un tema del más alto nivel del gobierno, liderado por el presidente e implementado en coordinación con 13 ministerios.

La deforestación en Colombia se puede detener. Implica coordinación institucional y priorización de inversiones para combatir la ilegalidad, la planificación del ordenamiento del territorio y especialmente el apoyo a actividades productivas sostenibles a través de tecnología, maquinaria, créditos, incentivos y programas educativos.

Esta es una oportunidad histórica para reorientar cómo vamos a administrar la mitad del territorio colombiano.