Frente a la ventana de la cocina, la verbena roja destella bajo el sol del mediodía y un colibrí ronda sus pequeñas corolas, alegrando el lavado de los trastos del almuerzo. Como el encuentro se repite en los días sucesivos, enfoco la mirada en cada vez más detalles de la escena: además del colibrí, varias abejas con visos metálicos visitan las flores y unas hormigas negras merodean en la base de las hojas. Sobre el arbusto revolotean, cuando menos, cuatro mariposas diferentes. 

Como pajarero, tengo la manía de querer identificar todos los seres en los cuales concentro mi atención. Pero mi conocimiento de animales distintos a las aves es escaso y por eso la contemplación de la verbena me deja más preguntas que respuestas hasta embarcarme, poco a poco, en un viaje que me lleva de vuelta a las raíces. 

Decidí ser biólogo gracias a una infancia en la que cualquier animal llamaba mi atención. En el mundo de entonces, las oportunidades de acceder a información sobre historia natural eran escasas y, por lo tanto, esas observaciones tempranas nunca llegaron muy lejos. Apenas logré unas pocas identificaciones imprecisas mediante atrevidas comparaciones con libros de otras latitudes.

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Hoy, el reto de descubrir con quienes comparto el lugar que habito es diferente. Cuento con la cámara fotográfica de mi teléfono celular y con herramientas de búsqueda en el ciberespacio. Y así, cotejando cada día mis apuntes, fotos y dibujos con la información que hallo en internet, he logrado poner nombre a las abejas metálicas de la verbena, a las mariposas y a unos cuantos cucarrones. 

Estimulado con esos progresos, ahora recojo los insectos que amanecen muertos junto a las lámparas, busco quiénes viven detrás de los muebles y escudriño los espacios más recónditos de la casa esperando encontrar nuevas sorpresas. Poco a poco la nómina de los “otros” habitantes de mi hogar se hace más larga y con cada añadidura a la lista abro nuevas ventanas al universo de mi ignorancia.

La búsqueda de la identidad de los seres que voy descubriendo a veces trae bonos adicionales que convierten mis hallazgos en fichas sorprendentes del rompecabezas ecológico de mi entorno doméstico. Me maravilla aprender, por ejemplo, que las mismas polillas que veo caer en las fauces de los geckos que patrullan las ventanas, tienen estructuras especiales en sus cuerpos que les permiten evadir el radar de los murciélagos.

Cada uno de estos pequeños dramas existenciales aviva aún más mi curiosidad y por eso empleo ahora otros canales sensoriales para descubrirlos. Despierto en medio de la noche y trato de distinguir distintas frecuencias en el estridular de los grillos, el coro lejano de los sapos o el murmullo de los monos nocturnos que se alimentan en los mangos del vecindario. O, si sopla la brisa, intento detectar la fragancia de las orquídeas o de las flores del borrachero al pie de la ventana.

Por otra parte, mi estructura mental busca patrones y relaciones en esa colección de datos sueltos. Eso me lleva a registrar en la libreta información que me pueda ayudar a esclarecerlos, como el estado del tiempo, las fechas de floración y fructificación de las plantas, la secuencia del coro matutino de los pájaros, el horario en el que inician su actividad los murciélagos. Mis notas están llenas de preguntas, de pequeños enigmas que intento descifrar, de las posibles asociaciones de esos apuntes con las reflexiones que surgen de mis lecturas del momento.

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Seguramente este retorno a las raíces puede atribuirse al confinamiento actual. Pasar tanto tiempo en casa me brinda la oportunidad de contemplar sin afanes la biodiversidad que me acompaña y esto me ha llevado a pensar que mi comportamiento podría ser parte de una tendencia global. Quizá muchas otras personas alrededor del mundo también están enfrascadas en distintas formas de apreciación de la naturaleza por la misma razón que yo lo estoy. 

De ser así, no podría menos que alegrarme. En primer lugar, porque el incremento en el número de encuentros cotidianos entre humanos y otros seres vivos es un paso importante en el camino de acercarnos de nuevo a la naturaleza. Pero también porque a lo mejor esta cercanía es consecuencia de una desaceleración del frenesí en el que hemos estado inmersos durante el último medio siglo. Una pausa que nos permite afinar los sentidos y entender que si la condición humana nos otorga algún privilegio, este es precisamente el de poder apreciar las pequeñas y grandes cosas que trae consigo cada instante.