1. No somos especie tan predominante. Somos una más de las millones que pueblan el planeta, pero nuestra arrogancia nos supuso inmunes a nuestros predadores y exitosos competidores por los recursos naturales. Pero no hay tal, somos solo otra especie, de las tantas que han poblado el planeta y que en el 99 % de los casos han desaparecido. Ahora, una de las formas de vida que ni siquiera sabemos clasificar a ciencia cierta, un “insignificante” bicho microscópico, ha puesto en evidencia nuestra enorme vulnerabilidad.

  2. El éxito evolutivo, que nos ha llevado como especie a habitar casi todos los ambientes planetarios y a reproducirnos sin límites, muestra su otra cara. Estamos cada vez más cerca del colapso por el éxito, como lo estipulan las leyes biológicas. Cuando las poblaciones crecen indefinidamente, agotan los recursos disponibles y colapsan. Ni siquiera la mejor tecnología ha logrado superar barreras biológicas, entre otras razones porque la velocidad de avance de la primera sobre la segunda no permite que sus logros sean suficientemente integrados a los mecanismos biológicos de sobrevivencia. Como lo demuestra el que podamos sintetizar en laboratorio casi cualquier molécula, pero que nuestro cuerpo no logre eliminar eficientemente las amenazas del medio, tanto los preservantes adicionados a los alimentos industrializados, como el contagio a la covid-19.

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  3. Hemos dado valor exponencial al riesgo de la explosión demográfica, al haber logrado aumentar la longevidad de los individuos y disminuir la morbilidad en infantes. En este caso, el éxito de la salubridad y de las ciencias médicas ha generado bienestar en los individuos, pero desequilibrio en la sociedad, de manera que ante la incertidumbre de nuevas enfermedades, la respuesta es tardía. La presente pandemia nos lleva a nuevos equilibrios en los que la población más vieja tiene menores opciones de superarla. Pero, adicionalmente, la inequidad imperante amplía el espectro de riesgo para los ciudadanos de países en vías de desarrollo, y dentro de estos a la población mayoritaria más pobre, ya sin importar mucho su condición etaria.


    El coronavirus ha hecho que las personas replanteen su forma de actuar más amigable con el planeta. Foto: GETTY IMAGES.

  4. Aunque el riesgo de colapso de la civilización por pandemias ha sido mencionado permanentemente, tanto como el choque contra objetos celestes, las invasiones alienígenas, las explosiones solares, el adelgazamiento de la capa de ozono o los cambios globales, hemos sido sordos a los reclamos desde la ciencia, porque es más cómoda la inercia, particularmente aquella asociada a nuestra zona de confort. Ante cambios externos posibles, hemos preferido aplazar las respuestas hasta cuando sea ineludible, y, tanto para la pandemia de la covid-19, como para el ya evidente cambio climático global, nos decantamos por los mecanismos de atención de emergencias (adaptación), en lugar de los de mitigación, a pesar de la certidumbre de que resulta más costoso atender la urgencia que prevenirla. Es común que las políticas persigan el bienestar social, sin hacer mención que dicho bienestar puede llevar implícito el colapso, como en el caso del modelo de crecimiento económico indefinido y de consumo desaforado.

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  5. Con la emergencia surgida por la pandemia hay costos no suficientemente relacionados que han tardado siglos en ser construidos y universalmente aceptados, como es el caso de las libertades individuales, de las que tratan los derechos humanos, que ahora están puestos en duda por la arbitrariedad con la que se construyen políticas y legislaciones para protegernos de nosotros mismos. Es absurdo perder libertades a costa de seguridades, que resultan aún inseguras. La pandemia está ahora en una arena política, cooptada por populismos, en la que importan menos los contagios y muertos, que los ‘likes‘ en las campañas demagógicas.

  6. La covid-19 será superada con más o menos costos, pero a partir de responsabilidades personales, por encima de decisiones estatales. Y aunque los gobiernos se establecen en sistemas democráticos para regular la armonía entre los ciudadanos, el libre albedrío es un factor fundamental, mientras no interrumpa las libertades del otro. En este sentido, no puede ni debe ser cooptado políticamente. El populismo, cualquiera de ellos —ecopopulismo, tecnopopulismo, populismo punitivo o populismo sanitario—, debe ser limitado o evitado a partir de la mejor ciencia disponible.

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  7. Nuestra sociedad planetaria ha perdido sus referentes para dar sentido a la vida. Eliminó el rol de los dioses por el humanismo, que plantea que la verdad está en nuestros corazones, pero adicionalmente ha extraviado los mandatos biológicos que preponderaban el bienestar de la especie sobre la de los individuos. Esta discrepancia es básica para superar la pandemia, pues dejamos en el individuo decisiones de especie, ya sin suficientes códigos morales y éticos. Ahora se trata de "sálvese quien pueda".

  8. Aunque los medios de comunicación han sido generados para nuestro servicio, pues son pagados por nosotros y requieren de nuestras suscripciones para su mantenimiento, ahora están al servicio de otros intereses corporativos, que recaban nuestros datos y nuestros intereses y están convirtiéndonos en objeto de comercio, más que en sujetos decisorios. Un cambio profundo se requiere en este sentido. Otra ética es reclamada.

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  9. La democracia, al decir de Winston Churchill, es el peor sistema social, con excepción de todos los demás. Para controlar la pandemia y mitigar los efectos del cambio climático global, ¿no sería este un buen momento para ser repensado? ¿La noocracia y la sofocracia —el gobierno de los sabios— no serían una alternativa, al menos no tan nocivas?

  10. Como civilización nunca hemos tenido tanto conocimiento, pero tampoco nunca hemos tenido tanta incertidumbre ante el futuro personal y social. Es el momento de los cambios transformativos, como lo plantean las conferencias de las partes de las diversas plataformas intergubernamentales, que en Colombia hemos traducido como las transiciones socioecológicas hacia la sostenibilidad. A pesar de la reiteración, ¿no sería momento de reinventarnos, incluso de re-independizarnos de tantas corrientes agotadas, de tanto “más de lo mismo”?

Este confinamiento, más que la pandemia misma, nos está generando un trauma generacional. La psique humana usa el olvido como mecanismo de control de traumas. La propuesta es que no olvidemos ni la pandemia ni la “violencia”, sino que a partir de la experiencia forjemos aprendizajes dirigidos a tomadores de decisiones, que no son, como se supone, las autoridades solamente, sino también cada uno de nosotros que permanentemente tomamos decisiones en cada compra, en cada votación, en cada acción de nuestra cotidianidad.

*Investigador titular en Gestión Territorial de la Biodiversidad del Instituto Humboldt.