Caminar por las calles del Cusco viejo, contemplando los enormes muros de la capital inca sobre los que se alzan las casas y palacios coloniales, es una experiencia que deja sin aliento. No solo por la emoción que producen las dimensiones y el arte de esta arquitectura prehispánica, sino porque la gran capital de los incas se extiende entre los 3400 y los 3600 metros sobre el nivel del mar y realmente cuesta respirar. 

A la llegada de los españoles, unos 12 millones de personas hacían parte del imperio inca, concentradas en las tierras más altas de los Andes. Y esto fue posible gracias a un sistema agrícola portentoso que creó la pacha mama: una tierra cultivada y habitada que abarcaba tota la alta montaña andina desde los semidesiertos del norte de Chile, al altiplano boliviano, la puna peruana, las jalcas del norte de Perú y los páramos ecuatorianos y nariñenses, junto con los valles y bosques que los rodean y conectan. Un cosmos hecho de montañas, valles y lagunas que en su límite norte se tocaba con el de los chibchas.

Cuando los primeros naturalistas y, luego, biólogos y geólogos europeos llegaron a la América tropical, se sintieron impactados y atraídos por un ecosistema que claramente resonaba con sus propios imaginarios de naturaleza: el ecosistema tropical más parecido a los Alpes. A sus ojos, los páramos eran como prados alpinos floridos, con glaciares, lagunas azules, turberas, circos y morrenas glaciales: pero cerca de la línea ecuatorial. De este modo se iniciaron muchas de las primeras escuelas y muchas de las primeras figuras nacionales de la biología en Colombia, tras los pasos de estos extranjeros con fiebre de páramo y nostalgia alpina.

El páramo se convirtió en un símbolo de identidad y, prácticamente, en un rito de iniciación para los biólogos en Colombia. De ahí, el páramo pasó a convertirse en un símbolo, en una imagen emblemática de biodiversidad y conservación. Y el símbolo creció hasta borrar su propio significado.

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En 2011, la inclusión de un artículo sobre la delimitación y protección de los páramos y los humedales en la ley que adoptaba el Plan de Desarrollo del primer gobierno de Juan Manuel Santos, desató la epidemia de la ignorancia y el olvido.

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Colombia había desarrollado toda una legislación y una tradición científica en la planeación de áreas protegidas, zonas amortiguadoras, corredores biológicos y sistemas regionales de conservación de la biodiversidad. Todo esto se olvidó a partir de la Ley 1450 de 2011: solo hay un ecosistema a conservar; del límite para arriba la protección de la naturaleza y la desaparición de la humanidad; del límite para abajo la barbarie. Sólo lo que se incluya en la delimitación se salvará. Sin las personas: la conservación del vacío.

Desde los años 60, Colombia había desarrollado normas y métodos para el ordenamiento de las cuencas hidrográficas, con un liderazgo en el tema en Latinoamérica, pasando por varios modelos y métodos hasta llegar a las Guías Técnicas del Ideam de 2013.  A partir de la Ley 1450 de 2011 todo lo aprendido se descartó: a los planes de ordenamiento de cuenca que ya existían se les pasó una raya borrando todo lo que se había investigado, planeado y concertado de la línea para arriba. Los nuevos planes no tienen oficio: de la línea para arriba está “la fábrica de agua”. 

Desde los años 50 del siglo XX, pasando por la Ley 388 de 1997, Colombia había desarrollado normas extensas de ordenamiento territorial, sistemas de clasificación del suelo, métodos de zonificación y reglamentación. Todo inútil: desde que sólo importa por dónde pasa la línea de páramo, olvidamos qué es estructura ecológica principal, qué es un sistema de áreas protegidas, qué son normas y restricciones de uso del suelo.

Desde la Ley 99 de 1993, Colombia había fortalecido el proceso de licenciamiento ambiental, estudios de impacto, planes de manejo y medidas de compensación. Tampoco tiene ningún valor: hay una línea sagrada que marca el abismo entre el todo y la nada.

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Todo por un sofisma, un espejismo: la delimitación del páramo. Algo que en un contexto científico es simplemente absurdo: los ecosistemas no tienen límites sino transiciones que no son líneas, no son continuas y que cambian de altitud de un páramo a otro e incluso de un lugar a otro del mismo páramo. Aún así, se siguen adoptando delimitaciones amarradas a una cota altitudinal, basadas en la ignorancia consciente, voluntaria y disciplinada.

No se protegen la biodiversidad ni el agua pasando una raya. No se ordena el territorio pasando una raya. No se define la sostenibilidad o la conveniencia de un proyecto pasando una raya. Todo lo que se obtiene trazando una línea en Colombia es partir bandos, profundizar el sectarismo, demeritar el consenso y simplificar el mundo para poder vivir en la ignorancia.

Como dice Umberto Eco en El Péndulo de Foucault: “Para todo problema complejo existe una solución simple… y está equivocada.”

*Biólogo y director de la Fundación Guayacanal.