Después de muchos kilómetros y horas de curvas que parecen infinitas, cuando los últimos yarumos blancos han quedado atrás y la carretera se endereza al entrar en las fértiles planicies del Caribe, el aire que entra por las ventanillas está cargado de aromas de tierra caliente. El humo de los potreros chamuscados se mezcla con el polvo de los caminos veredales, con el olor de las vacas que pastan en la orilla de la carretera y con un sinfín de perfumes sutiles que vienen desde los pocos y encogidos bosques secos y desde los humedales que aún quedan en la región. 

Para los pasajeros de muchos de los vehículos que se desplazan hacia el norte – cachacos acostumbrados a entornos urbanos o rurales de tierra fría – ese paisaje olfativo es tan ajeno a sus experiencias cotidianas como las vistas que se despliegan ante sus ojos. Aunque la mayoría de ellos transitan estas rutas con el deseo de llegar a la orilla del mar, el embrujo de lo exótico los atrapa desde el momento en el que el horizonte se ensancha bajo el sol inclemente.

Un encuentro sensorial de esta magnitud, puede ser una experiencia transformadora. Pues si bien los entornos en los que cada persona crece son por lo general los que se conservan en su memoria como referente de la naturaleza que le es más entrañable, una avalancha súbita de imágenes, sonidos, olores y sensaciones nuevos puede bastar para que el viajero se enamore de otro ambiente y amplíe su espectro de valoración de la naturaleza.

En ocasiones, ese encantamiento momentáneo con un mundo recién descubierto motiva el deseo de un contacto más cercano con todo aquello que lo define. Por eso hay quienes se detienen en algún caserío, atraídos por el pintoresco espectáculo de un campesino que carga sobre sus hombros un animal silvestre. Y ese impulso, nacido de una respuesta emocional profunda, puede convertirse en una gran equivocación. 

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Cuando la familia que inicia sus vacaciones pasa de la mirada curiosa a la decisión de llevarse consigo la iguana, el perezoso, la lora o el tití que cautivaron su atención, acaba de dar el primer paso en una cadena mortal. Aquella que provoca el drenaje de las cada vez más exiguas poblaciones de fauna y flora en los igualmente reducidos parches de lo que un día fueron los ricos ecosistemas de la planicie costera del Caribe.

La adquisición de un ejemplar de cualquier especie silvestre es la entrada a un callejón que generalmente no tiene otra salida que la muerte del animal. Por una parte, estas criaturas no tienen en su repertorio conductual la tendencia a desarrollar interacciones afectivas permanentes con los seres humanos. Y por otra, requieren, para sobrevivir, condiciones que nuestros hogares no pueden brindarles. 

Parece mentira que, en una época en la que la opinión pública se estremece con cualquier acto de crueldad contra los animales, se llena de júbilo con la prohibición de la cacería y vocifera en contra de las corridas de toros y las peleas de gallos, aún persista el tráfico de fauna. Aunque es apenas entendible que comunidades marginales busquen suplementar sus ingresos con los bichos que capturan en el monte, no es en absoluto admisible que los habitantes de las ciudades fomenten este negocio.

Por una parte, se trata de una actividad ilícita tanto para el vendedor como para el comprador. Y aunque pueda pensarse que constituye una infracción puntual cuya trascendencia, tanto en términos ecológicos como sociales y económicos, no es significativa, lo cierto es que contribuye a que el negocio prospere y se articule con redes de tráfico de vida silvestre que surten el mercado internacional.

Este encadenamiento multiplica entonces el impacto de la compraventa de animales silvestres sobre los ecosistemas de los cuales son extraídos.  A medida que se incrementa el comercio ilegal de algunas especies particularmente atractivas para los consumidores, sus poblaciones se ven seriamente afectadas, contribuyendo al desmedro de la integridad ecológica.

La adquisición de un animal de monte como mascota es una expresión de amor por la naturaleza tan anacrónica como la creencia de que todo en ella ha sido puesto al servicio de la especie humana. Como habitantes del Antropoceno, cuando está en marcha la sexta extinción masiva, es preciso que adoptemos, de una vez por todas, el respeto por el derecho de la fauna silvestre a vivir en libertad como principio fundamental de una nueva relación con el mundo que compartimos con ella.