Las crisis ambientales, globales y situadas pueden tener múltiples causas, pero suelen estar ligadas a prácticas económicas neoliberales. En el caso de Colombia, estas prácticas son escencialmente extractivistas: fracking, minería desbocada, monocultivos.

¿De qué manera el feminismo, comprendido como una corriente de pensamiento crítico, vivo y en movimiento, no como una ideología anquilosada, puede contribuir a resistir a estas prácticas?

La primera respuesta posible me parece un lugar común: las mujeres son las que cuidan la vida, las que siembran las semillas. Esta es un poco la figura femenina que reitera la ONU cuando establece la igualdad de género como uno de los Objetivos del Desarrollo Sostenible.

Es una visión romantizada que fija a las mujeres a ciertos espacios de cuidado, ligados a la maternidad y a las labores agrícolas, espacios que pueden ocupar, si quieren, pero a los que no tendrían por qué estar abocadas por naturaleza o por principio.

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Hay también un cierto feminismo liberal, urbano, que puede encajar muy bien en los avances del capitalismo y en sus procesos de desarrollo insostenible.

Un feminismo que cedió sus recursos críticos frente a las violencias del capitalismo, porque abandonó el escenario estatal, de economía política, que es desde donde se ejerce, de manera negativa, el dominio neoliberal: es a nivel estatal que se debilita o se disuelve el estado como mecanismo de redistribución y de protección social y ambiental, dejando expuestos a los más vulnerables a la supuesta inexorabilidad del mercado.

Abandonar por completo este escenario y esta lucha por la justicia social y la igualdad es uno de los “errores” del feminismo, que ha avanzando sin embargo en conquistas culturales muy importantes.

Explorar los lazos entre la protección social y ambiental, por un lado, y la emancipación, por otro, desde una perspectiva de género, puede ser una manera para que el feminismo recupere su potencial crítico frente a un dominio que sigue siendo estatal.

Pero, por otro lado, el desarrollo sostenible pasa por la protección de las comunidades que habitan el territorio como un espacio de vida, y no lo ocupan transitoriamente para explotarlo y dejarlo convertido en un cascarón vacío.

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Es evidente que las comunidades se hacen más fuertes si son fuertes sus mujeres, como es el caso de La Toma, en el Cauca, bajo el liderazgo de Francia Elena Márquez, o la comunidad de Valle Encantado, en Córdoba.

El feminismo puede articular sus luchas con estas batallas territoriales, puede prestar su imaginación crítica para que las mujeres en los territorios articulen sus exigencias, puede visibilizar y ampliar los caminos que ellas han abierto empíricamente, movidas por sus historias y sus afectos, y no por teorías de escuela.

Hay un radicalismo feminista que está siendo reinventado al unirse a otras fuerzas sociales emancipatorias. El imaginario feminista puede ser sensible a las luchas en los territorios, puede combinar herramientas políticas y jurídicas para proteger a la sociedad y a la naturaleza de un mercado “desatado”, que no es otra cosa que el espacio de retención del poder de quienes ya lo tienen.