Por Luis Germán Naranjo, director de conservación y gobernanza de WWF

El 24 de diciembre de 1968 William Anders, uno de los tres tripulantes de la nave Apolo 8, tomó una serie de fotografías de la Tierra surgiendo del horizonte lunar. Y desde el primer instante en que obturó su cámara, supo lo que millones de personas alrededor del mundo íbamos a sentir al contemplar la imagen del planeta en medio de la oscuridad del espacio interestelar.

Estas fotografías tuvieron una importancia trascendental para quienes crecimos en los años tempranos de la guerra fría, por dos razones antagónicas. Por una parte, era una demostración palpable de los avances de la carrera espacial, que nos hacía pensar en un futuro en el que la humanidad seguiría, imparable, extendiendo sus dominios. Y por otra, era un hermoso y duro recordatorio de la fragilidad de la experiencia humana.

Como esa era la época en la que todos teníamos pesadillas apocalípticas, por cuenta del peligro inminente de un holocausto nuclear, ese triunfo de los Estados Unidos en su competencia con la Unión Soviética por la conquista del espacio tenía un aspecto positivo. Al fin y al cabo, representaba la posibilidad de establecer colonias extraterrestres que salvarían a la humanidad en el caso de que las bombas terroríficas fueran detonadas.

Pero, aunque esta interpretación seguramente estuvo en las mentes de muchos de quienes vieron la imagen tan pronto como fue divulgada en los medios, la otra lectura fue la que capturó la atención del mundo entero. Además de regalarnos una fotografía de belleza incuestionable, Anders nos hizo comprender de golpe que la humanidad entera – que por entonces alcanzaba tres mil quinientos millones de personas – tenía su único hogar en esa diminuta canica perdida en la infinita soledad del espacio sideral. Y entonces tuvimos una especie de epifanía colectiva al ser conscientes de repente de que todos los seres vivientes estábamos sujetos a las mismas amenazas de destrucción que empezaban a advertirse.

Tres años antes, Rachel Carson había advertido acerca del peligro de los pesticidas de efecto residual. Poco después, Barry Commoner señaló la fragilidad de los ecosistemas ante la radioactividad y, apenas unos meses antes del lanzamiento de esa misión espacial, Paul y Anne Ehrlich le mostraron al mundo la amenaza que escondía el crecimiento desmesurado de la población humana. Vistas bajo el resplandor de la fotografía tomada por Anders, estas admoniciones adquirieron su verdadero significado.

No fue pues gratuito que la imagen del planeta azul se convirtiera en uno de los más poderosos símbolos del movimiento ambientalista mundial que se desató a partir de ese momento. Bajo esa bandera y en pocos años, la causa a favor de la naturaleza hizo algunos de sus más importantes avances. En 1970 se celebró el primer día de la Tierra y, apenas cuatro años después de la primera misión tripulada a la Luna, se celebró en Estocolmo la primera Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano.

Durante un breve período y gracias a estos eventos y sus secuelas, podía pensarse que los sombríos presagios de una crisis ambiental de dimensiones planetarias empezaban a disiparse. Pero hoy, a medio siglo de distancia de esas ilusiones, empezamos a darnos cuenta de que, a pesar de grandes logros en materia de legislación ambiental, el cambio global es cada vez más acelerado y la biodiversidad continúa su declive incesante.

Habiendo constatado la veracidad de las predicciones de los pioneros del ambientalismo al sufrir, en carne propia, las consecuencias del asedio al que hemos sometido a los ecosistemas, no hemos asumido una verdadera responsabilidad planetaria basada en la construcción de un sistema socioeconómico más austero, equitativo y justo. Ha llegado la hora de desempolvar esa imagen icónica de nuestro planeta – cuya belleza permanece intacta – para intentar llevar de nuevo su mensaje a una población mundial que duplica con creces aquella que fue testigo del amanecer terrestre en la Luna.

Porque hoy, como en esa lejana navidad de 1968, es urgente tener siempre presente lo que significa para cada estado, cada pueblo, cada individuo: que esa esfera azul, brillante en el negro profundo del espacio, es la casa, el único lugar del universo en donde tenemos la posibilidad de continuar nuestra existencia.

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