En estos tiempos de confusión, demasiados fenómenos sorprenden y abruman. La cuarentena de seis meses en el Caribe y la posibilidad de otros encierros obligan a hacer un balance de aprendizajes, fortalezas, dudas, nostalgias, expectativas y vulnerabilidades frente al corto plazo.

Gracias a mi primer huésped, María Eugenia Castro, rompemos el miedo y nos encontramos en espacio caribeño para recordar a su padre, Pedro Castro, quien inspiró el canto de "La profecía". Fuente de inspiración, el texto profético de una canción se convierte en un corto repaso de historia reciente. Nos preguntamos cómo ha evolucionado el maltrato a los bosques desde aquellas épocas en que el Estado estimulaba “tumbar monte”. Desde ahí se inició el desbalance, con la cacería de especies silvestres para vender pieles, la tala de árboles nativos, la reproducción de hatos ganaderos donde nunca antes existió esa especie. Todo una cruzada para fines “civilizatorios”, incluyendo la esclavitud y la dominación racial. La colonización a la brava, que hoy atiza la pandemia y los cambios extremos del clima.

"La profecía", una canción vallenata de los años 70, cuenta en texto premonitorio el desastre ambiental de lo que se venía causando en el bosque seco tropical en el sur de La Guajira y norte del Cesar (al igual que en otras regiones del país), como política de Estado. Los finqueros estaban obligados a “civilizar” bosques, tumbar “montañas” con árboles nativos para justificar la propiedad. Si no se deforestaba, se perdía el derecho a la titulación de la tierra conquistada. Ese era el pensamiento “ambiental” de gobernantes que detestaban la biodiversidad y promovían la apertura de trochas para colonizar territorios “improductivos”.

Cazar tigrillos, caimanes, pumas, osos... era defender el ganado y vender las pieles. Lo que hoy se llama conservación de bosque nativo era símbolo de imperdonable holgazanería. Según los que crían ganado, aún subsiste entre ellos los términos de “tumbar montaña” y guardar allí unos árboles para la sombra en el estío. Para los colonos campesinos, la biodiversidad era un estorbo para expandir hatos ganaderos y monocultivos extensivos, como el algodón, la caña de azúcar o la palma africana.

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Por eso subsiste tanta violencia, tantos desplazamientos campesinos e indígenas, y tantas masacres de jóvenes, en medio de una pandemia generada por las mismas políticas que ignoraron la dinámica y las interacciones de todos los seres vivos que habitan los ecosistemas.

Por esos recuerdos de la historia reciente, del hacha y el machete como símbolos de la colonización del siglo XX, y la motosierra en el siglo XXI, adornando las plazas de San Vicente del Caguán en el Caquetá o la entrada del pueblo de El Retorno, en el Guaviare, o estatuas de indígenas llevando la pesada carga del colono en pueblos cafeteros de la cordillera andina, la deforestación temprana azuzada por el Estado es una deuda pendiente, un error histórico no reconocido.     

Al escuchar "La profecía", alertando con acordeón y poesía lo que sucedía en el sur de La Guajira hace más de sesenta años, se siente la nostalgia de mensajes incomprendidos. El agrónomo y compositor Julio Oñate, preocupado por el avance de la desertificación, compuso el texto de una canción aludiendo a la visión de Pedro Castro, con un mensaje que pronostica los efectos de la deforestación. Estaban en lo cierto.

Al observar la destrucción de especies nativas, Oñate hubiese preferido que no se hubiera cumplido la profecía. Guayacanes, carretos, dividivis, trupillos y otras especies del bosque seco fueron reemplazándose por especies exóticas que no son de la región. Hoy, con los efectos de la minería del carbón, el clima se ha modificado a tal punto, que está produciendo hambrunas y muertes infantiles.     

"La profecía" nos recuerda: “Olvidaste que con sabia palabra de ese peligro cercano, te venía advirtiendo, que el desierto de La Guajira cercana, si pronto no lo atajabas, se iba a alcanzar a tu pueblo y entonces, el pasto verde que hay en tu región, será cambiado por tunas y cardón, y el verde intenso de tu algodonal no será visto allá en Valledupar”. / “Siempre recuerdo la nevada refrescando tu bello ambiente y ahora veo la tierra quemada por nubes de arena caliente.

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“Destruyeron de manera irresponsable los bosques de dividivi, tu barrera natural, y tumbaron esos grandes carretales. Allá arriba en La Guajira no ha quedado ni un guayacán y entonces sopla la brisa como un huracán, dejando huellas de desolación. No volverá a nacer el algodón de La Guajira hacia Valledupar, no volverá nacer el algodón.

“Si te descuidas, vallenato, se cumplirá tu profecía como dijera Pedro Castro, como dijera Pedro Castro, que el desierto te alcanzaría. / Allá arriba en el imperio de la arena, un indio llora su pena, mirando a Valledupar, no comprende qué se hicieron las barreras, la que protegía su tierra, ya no hay nada que cortar y entonces cuando ya el valle sea un gran arenal, lleno de tunas y grandes cardones, solo se escucharán los acordeones porque la música será inmortal.

Julio Oñate Martínez, acordeonero y compositor de "La profecía", fue coronado como rey de la canción inédita en 1977. El agrónomo vallenato Pedro Castro fue quien le abrió los ojos ante el desastre inminente de la deforestación del bosque seco, por cuenta de una colonización mal dirigida. Le rindo tributo a un ambientalista que murió hace más de cincuenta años sin ese reconocimiento de ser protector del bosque.

https://youtu.be/Ii7qoDCWyH4h   

Esta canción premonitoria invita a que otros poetas, compositores y acordeoneros le canten a lo queda del bosque seco tropical, en medio de la violencia, la destrucción del subsuelo con la explotación carbonífera y la muerte de niños y niñas hambrientos.  

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La pandemia se convierte en oportunidad para cantar y bailar, para replantear las metas de sostenibilidad, bajo la presión de condiciones climáticas extremas. La desnudez del paisaje natural provocada irresponsablemente por la visión colonizadora del agro en esas regiones, exige que el Estado reconozca sus errores públicamente al haber incitado a la deforestación.

Así fue como el mismo Estado generó migraciones internas, pobreza rural, sangre derramada y poblaciones sedientas por falta de agua, succionada por la explotación carbonífera. En solidaridad con los pueblos ancestrales maltratados por las amenazas ligadas a la deforestación, salgo a marchar (con tapabocas) en la bicicleta. "La profecía" de Oñate podría añadir nuevas estrofas que actualicen la situación: urge restaurar los bosques, generando ingresos a la población wayúu y campesina, evitar a toda costa el ‘fracking‘ y la aspersión con glifosato, para prevenir más masacres de jóvenes y líderes ambientales.

*Consultora Planificación - Comunicación Ambiental