Las colecciones científicas eliminan la redundancia en la captura de información, contribuyen a la seguridad alimentaria, previenen catástrofes y brindan alertas tempranas en salud pública. Sin embargo, la opinión general es ajena a su función, resultando en una falta de apoyo a su importante labor.

La gravedad de los recientes acontecimientos asociados a la emergencia del coronavirus covid-19 y las lamentables muertes desde de su detección en China, así como sus serias implicaciones económicas y socioculturales, urgen a pensar si en Colombia, país de altísima riqueza de especies en todos los grupos faunísticos, podríamos prever una situación en salud pública relacionada con enfermedades derivadas de especies silvestres.

Las colecciones nos han enseñado que existen agentes patógenos en la naturaleza que eventualmente nos afectan; que las dinámicas de transmisión son complejas; que el grado de parentesco entre las especies juega un rol importante en la transmisión y, recientemente, empezamos a entender, que las afectaciones humanas sobre la naturaleza, incluyendo el cambio climático, resultan en alteraciones en las dinámicas naturales, que terminan en la aparición de enfermedades emergentes.

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Desconocer la diversidad, dificulta prever riesgos como las zoonosis, pues la relación entre especies y agentes patógenos puede ser muy específica. Para covid-19, a la fecha solo tenemos conjeturas sobre su especie de origen, saltando de murciélagos a serpientes, felinos y pangolines.

Colombia, cuarto país en diversidad de mamíferos, con 518 especies, aunque en el año 2000 sumaba 471 en su lista oficial, debería ser un abanderado en este tema, ya que sin colecciones no sabríamos cuántas ni qué especies poseemos, ni cuáles son vectores potenciales de enfermedades. El abandono estatal a las colecciones científicas y la ausencia de recursos específicos para promover la investigación en vigilancia en salud pública, ubican a los casi 50 millones de colombianos en situación de riesgo.

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Las colecciones en Colombia sobreviven principalmente en universidades, con aportes mínimos de directivas o profesores que donan recursos de su propia investigación o su bolsillo para mantenerlas. No en todas las universidades se reconoce la labor del curador, no existe un rubro fijo para su mantenimiento físico, reactivos y cuidado del material para su preservación a futuro. No hay programas que permitan el intercambio de especialistas, única manera de asegurar la resolución taxonómica requerida para enfrentar la problemática de enfermedades transmitidas por especies silvestres a humanos.

Las colecciones no cuentan con adecuados laboratorios para análisis genéticos, que nos permitan emitir alertas confiables a la sociedad sobre agentes patógenos novedosos. Tampoco existen suficientes programas de monitoreo de la naturaleza para evaluar cómo, aspectos galopantes como la deforestación y el cambio climático, están generando relaciones novedosas entre especies en vida silvestre, que pueden derivar en enfermedades emergentes.

Esta es una invitación al actual Gobierno nacional a demostrar con acciones políticas concretas a sus electores, si es o no capaz de enfrentar un problema latente tan grave como la vigilancia en salud pública desde las colecciones científicas del país.

*PhD y director del Centro de Estudios de Alta Montaña de la Universidad del Quindío.
E:mail: ceam@uniquindio.edu.co