Hace unos días, escarbando textos viejos, tropecé con una ilustración que representa un paisaje. En esa imagen, de un libro publicado en 1993 por Edward O. Wilson, aparecen distintas clases de organismos en tamaño decreciente, según su diversidad proporcional. Una enorme mariposa monarca domina la escena y en segundo plano se observan unos árboles, un cangrejo, unas setas, una almeja y un protozoario. El resto de los seres que los acompañan se ven diminutos. 

A primera vista, la figura en cuestión resulta chocante, pues los humanos percibimos la naturaleza de manera muy distinta. En el imaginario colectivo, la naturaleza está dominada por muchos de los seres menos destacados de ese paisaje: para nosotros los animales vertebrados ocupan un lugar preponderante y los demás grupos son largamente ignorados. 

Pero el hecho es que 27% de las especies animales que viven actualmente en la Tierra pertenecen a dos de los 36 grandes grupos taxonómicos reconocidos por los zoólogos. Nuestro planeta está claramente dominado por los artrópodos (insectos, arácnidos, miriápodos y crustáceos) y por los nemátodos (gusanos cilíndricos). Hasta la fecha se han descrito alrededor de un millón de especies de cada uno de estos conjuntos, mientras que el grupo de los cordados, al cual pertenecemos todos los vertebrados, contiene apenas poco más de 60.000 especies.

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La lectura sesgada de la distribución de la diversidad de especies se debe, sin duda, a nuestra familiaridad con algunos grupos, al temor o al aprecio que nos despiertan otros, o a la utilidad que históricamente hemos derivado de un puñado selecto de seres vivos. Esta atención preferencial acentúa la noción errónea de que unos grupos son más importantes que otros y afecta la forma como nos relacionamos con el resto de la naturaleza.

Por una parte, determina avances desiguales del conocimiento biológico. Aunque haya muchas menos especies de vertebrados vivientes, conocemos más de su historia natural que de la de los animales más abundantes y diversos. De igual manera, se sabe más acerca de la biología de las plantas con flores que de los hongos y setas, a pesar de que estos últimos casi triplican a aquellas en número.

Pero, además, la atención concentrada en una fracción de la biodiversidad conocida limita las acciones de conservación, pues hace que queden por fuera de su alcance muchos seres que quizás requieren tanta atención como las especies icónicas. Gran parte de la narrativa actual sobre especies amenazadas de extinción se refiere al reino animal y muy particularmente, a los vertebrados, como es el caso del muy conocido índice planeta vivo, desarrollado por la Sociedad Zoológica de Londres y WWF. 

Y aunque la preocupación por las especies que nos son más queridas o útiles es perfectamente válida, este tipo de estadísticas es apenas la punta del iceberg de la sexta extinción en masa que hemos desatado. Es muy probable que el riesgo de extinción, que afecta a poco más del 10% de la biodiversidad conocida, esté concentrado precisamente en muchos de los seres largamente ignorados por los esfuerzos de la conservación. 

Las actividades humanas han transformado significativamente más del 75% de los ecosistemas del planeta, lo que significa alteraciones de los flujos de materia y energía, de la composición de la atmósfera, de la fertilidad de los suelos y, por supuesto, de la composición y estructura de las comunidades biológicas. Hasta donde sabemos, todas estas perturbaciones afectan el hábitat de esa pequeña porción de la biodiversidad que ha sido estudiada a profundidad. Pero dada nuestra ignorancia acerca de la forma como vive la mayor parte de las especies, cabe suponer que muchas de ellas pueden estar amenazadas de extinción.

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Un campanazo de alerta en este sentido fue el descubrimiento, hace pocos años, de la disminución alarmante de insectos como las abejas. Además de hacernos pensar en animales no muy populares, dicha alarma hizo visible la dependencia que tenemos los humanos de servicios esenciales que prestan organismos a los que ignoramos. Así como muchos de nuestros alimentos se producen gracias a la labor polinizadora de las abejas, la descomposición de materia orgánica, la formación de suelo, la captura de nitrógeno atmosférico, la producción de humus y muchas otras funciones ecológicas son llevadas a cabo por esa biodiversidad oculta. 

En un momento en el que la humanidad empieza a preguntarse cuáles deberían ser las reglas de juego de una nueva relación con la naturaleza, no podemos entonces permitirnos seguir pensando únicamente en la protección de las pocas especies a las que tradicionalmente hemos considerado objetos de conservación. Cada grupo mayor de seres vivos comparte un diseño estructural básico, que le permite desempeñar con eficiencia tareas específicas en sus ecosistemas. De ahí la importancia de asegurarnos que persistan todos y cada uno de esos estilos de vida, pues cualquiera de ellos es una clave irrepetible del funcionamiento del mundo complejo y diverso que requerimos para sobrevivir.