Hace algunos años excavamos en el jardín de nuestra casa un pequeño estanque para recoger las aguas lluvias conducidas hasta el sitio por acequias de piedra. En principio, era una idea utilitaria, concebida con el propósito de utilizar este recurso para riego en las épocas más secas. Pero como suele suceder con las construcciones casuales, este simple proyecto habría de evolucionar poco a poco y hoy, sorprendentemente, me condujo de vuelta a una época olvidada.

Primero, fueron los “gupis”. Era necesario prevenir una posible invasión de zancudos y, luego de llenado el estanque, no pasaron más de dos semanas antes de tener un par de docenas de los voraces pececitos para dar cuenta de este problema en ciernes. Sin embargo, la llegada de estos inquilinos trajo consigo la idea de sembrar algunas plantas acuáticas bajo las cuales pudieran refugiarse los cazadores de larvas en las horas de más calor.

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Llegaron entonces los nenúfares, la lenteja de agua y algunas plantas herbáceas de pantano que convirtieron, con el correr de los meses, un simple reservorio de agua lluvia en un jardín acuático que complementó, de una forma no planeada, la estética visual de un rincón hasta entonces prácticamente ignorado.

Y aunque esta ganancia inesperada fue debidamente apreciada – mirar el estanque desde la ventana cuando la luz oblicua del sol de la tarde lo acaricia es un regalo – la inercia de lo cotidiano hizo que nos acostumbráramos a ella. Sin darnos cuenta, fuimos entonces ajenos al universo paralelo que palpitaba a sólo unos metros de distancia de la alcoba.

Hasta que llegaron las ranas plataneras. Ya las habíamos visto en ocasiones, camufladas contra la corteza de algún árbol cercano y su canto no pasó del todo desapercibido en algún momento de insomnio. Mas no registramos su carácter residente, ni su verdadero significado, hasta el momento en el que el coro de los machos, que se inicia con la llegada de la noche, se hizo ensordecedor.

Advertida la molestia, quisimos creer que era un asunto momentáneo y que, quizás pasados unos días, cesaría el estentóreo concierto para devolvernos la tranquilidad acústica nocturna de la que gozamos. Pero primero fueron semanas y luego meses de desvelo con la cantinela erótica de las ranas, antes de que debiéramos resignarnos a la idea de tener en el vecindario el mejor hábitat reproductivo posible para estos bichos en varios kilómetros alrededor de nuestra casa.

El descubrimiento vino en el momento en el que una noche decidí jugar al biólogo y salir con la linterna de cabeza hasta el estanque. Desacostumbrado a estas lides, después de casi dos décadas de ecoburocracia planetaria, no estaba preparado para el espectáculo que me esperaba. En el agua, sobre las lentejas flotantes, en las hojas de las herbáceas emergentes, sobre cada planta en varios metros alrededor del reservorio, brillaban bajo la luz de mi lámpara los ojos vigilantes de incontables ranas macho que esperaban con ansia la llegada de las hembras atraídas por el estruendo de sus voces.

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Lo demás, es historia. Desde entonces bajo cada noche al estanque para atrapar unas cuantas ranas y llevarlas a un sitio distante, junto a una quebrada, en la esperanza de recuperar un fondo sonoro razonable en medio del cual podamos conciliar el sueño. Y mientras persigo este objetivo tan poco razonable, descubro otra vez los misterios de las charcas. Los mismos que han atraído por siglos a generaciones enteras de naturalistas alrededor del mundo.

Asustadas con mi presencia, las ranas permanecen calladas. Consciente de esta intimidación, procuro moverme lo menos posible y recorro metro a metro, con el haz de luz de la linterna, el espejo de agua y sus alrededores. Sobre la lenteja brillan las gotas de la última llovizna. Desde el fondo oscuro surge la forma brillante de un escarabajo acuático nadando veloz entre los gupis. En un largo pecíolo de una planta emergente, el pellejo vacío de una larva de libélula me recuerda la luminosa presencia de estos dragones del aire danzando bajo el sol del mediodía.

Hora de acostarse. Cierro los ojos y, por un momento, afuera todo es silencio. Y justo en el instante que precede la inmersión en el sueño, se reanuda el croar de las ranas plataneras para pasarme la cuenta de pretender vivir en el campo. La misma que cancelo gustoso, embelesado en cada vislumbre de las incontables existencias que tienen lugar en la periferia de mi diminuto mundo perceptual.