Wilhelmina Murray es la protagonista de la novela Drácula de Brad Stocker, en la que paradójicamente solo se menciona la palabra murciélago en un par de ocasiones y esto simplemente, porque el conde transilvano era de todo, menos murciélago. La novela narra la historia de una mujer intelectual que se resiste al rol sumiso que le plantea la sociedad victoriana, queriendo ser periodista en lugar de casarse.

En las primeras representaciones cinematográficas de la novela, en 1922, el conde de Transilvania de F. W. Murnau, no era un murciélago. Tampoco lo fue luego en el famosísimo Nosferatu fantasma de la noche de W. Herzog, magistralmente interpretado por K. Kinski (1979). La palabra vampiro, que viene del arcaísmo rumano Upier, deformado al latín Vampir, significa: ser de la noche y se refiere a lo que llamaríamos hoy, un zombie, un walking dead, que se alimenta de sangre para mantenerse inmortal.

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En la naturaleza, murciélagos que se alimentan de sangre solo hay tres, entre las más de 1.300 especies que habitan el planeta, y ninguna de ellas existe en Europa. Es decir, si el Drácula original se hubiese transformado en un murciélago, sería un consumidor de insectos controlador de plagas. Entonces ¿cuándo Drácula se hizo el murciélago vampiro que ronda en las decoraciones de Halloween? Pues esto ocurrió después de la aparición de Béla Lugosi en 1931, donde se le dio el tono teatral al conde, con sus colmillos, y su capa en la que, enrollado, se convertía en un murciélago.

Si bien el personaje se hizo más pintoresco, el imaginario de Drácula ha enmascarado los muchos beneficios que obtenemos de los murciélagos, al ser ellos quienes mantienen el equilibrio de la naturaleza, como polinizadores, dispersores de semillas y controladores de plagas de insectos.

En nuestra necesidad humana de buscar un culpable a las afectaciones que hemos vivido a causa de la pandemia y ante nuestro desconocimiento sobre el reservorio original del virus, el chivo expiatorio han sido los murciélagos, tejiendo sobre ellos nuevos mitos con poco sustento.

Otros igualmente desinformados y desconociendo la evidencia científica, señalan que la pandemia es el producto de un complot y que el virus fue creado en un laboratorio.

La realidad es que, a pesar de que no conocemos el reservorio natural, cuando se compara la información genética del SARS-CoV-2 y el virus conocido más cercano, se puede determinar el tiempo necesario para que uno y otro acumularan las diferencias que los separan; esto es posible, ya que la información genética de los virus cambia a una razón constante (tasa de mutación). Ese cálculo indica que el SARS-CoV-2, es un jovencito de 70 años, es decir, nació antes de que las técnicas de manipulación genética existieran.

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Esta historia nos enseña que es fácil cometer errores cuando confundimos las opiniones y los hechos. Opiniones sabemos que cada cual tiene una y que le parece la mejor. Por su parte, la ciencia solo acepta hechos. Si algo hemos aprendido de esta dura prueba que nos ha impuesto la naturaleza es que debemos hacer un esfuerzo mayor por estudiar bajo la luz de la ciencia.

Si salimos de esta pandemia será por los científicos y los médicos en las universidades en las que nuestros jóvenes comprometidos estudian sin descanso. No precisamos de más mitos y opiniones desatinadas. Dejemos que los científicos y médicos hagan su trabajo, zapatero a tus zapatos. En tanto, de los únicos vampiros de los que debemos cuidarnos, son de aquellos que han aprovechado la tragedia para sangrar el erario.