En estos días recordé un artículo científico en el que se hace referencia al hombre más viejo conocido en nuestro registro fósil; y no hablo del antepasado humano más antiguo, sino del fósil de un hombre mayor de edad; descubrimiento que suscitó muchas preguntas sobre el porqué en aquella época, de condiciones ambientales críticas y alta exigencia física, cacería de mamuts y peligrosos depredadores, decidimos mantener vivo a un individuo anciano cuya pelvis demostró que no hubiese podido valerse por sí mismo, utilizando un bastón para seguir a su grupo a través de la sabana europea hace 500.000 años. La explicación de los autores señala al conocimiento como la causa.

En un periodo de nuestra evolución en el que fuimos trashumantes en un continuo y azaroso caminar, que involucró un viajar de más de una generación desde África para llegar a todos los rincones del planeta, solo las vivencias y experiencia de alguien mayor podrían orientarnos sobre el curso a seguir, sobre cómo leer las señales del mundo para saber cuándo parar y más que nada, indicarnos cómo regresar en caso de que las cosas no fueran bien.

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Hemos sido testigos de las ventajas de confiar en quienes conocen más la naturaleza; todos usufructuamos los beneficios de la ciencia que observa con atención para copiar los experimentos del mundo natural y ofrecernos soluciones prácticas. Valorar el conocimiento natural y quienes lo generan, nos dio como presentes la tecnología y la medicina, que, entre otras, ha duplicado nuestra longevidad, prediciendo que los humanos podríamos llegar a super la barrera de los 125 años en unas pocas generaciones.  

Sin embargo, algo sucedió, y en el camino, esa buena práctica de confiar en quienes mejor entienden la naturaleza, dejó de ser la norma para convertirse en una rareza. Los acontecimientos recientes han desenmascarado la lógica de la toma de decisiones en nuestra sociedad moderna. Se ha verificado que, no solo nuestras sociedades están manejadas por la gente que menos comprende el mundo natural, sino que además pareciera que toda forma de poder estuviese atada al desprecio por la naturaleza, el irrespeto a sus fronteras, y la promoción de aquellos procesos que causan más destrucción y desequilibrio entre lo vivo.

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¿Hasta dónde podemos empujar la frontera del desentendimiento, antes de que la misma naturaleza se sacuda? Sabemos que algunas especies son capaces de autorregularse y frente al crecimiento no controlado de sus poblaciones, aumentan la probabilidad de aparición de genes autodestructivos. Esto explica por qué poblaciones enteras de ratones saltan al mar en suicidio colectivo. Escuchando la lógica detrás de la toma de decisiones en esta situación de pandemia, uno se pregunta: ¿será que, en autocontrol a nuestra desproporcionada demografía ha emergido la mutación de la autodestrucción humana? Una mutación manifiesta en individuos encargados de destruir a la mayoría, a partir de desacertadas decisiones por fuera de todo entendimiento de lo natural.

Interesante que pudiéramos leer la crónica de nuestra propia extinción, escrita talvez por algún pensador de una especie que nos sobreviviera; su relato seguro dirían algo así: en su organización social, los humanos, delegaron la toma de sus decisiones, no solo a los más egoístas, sino también a los menos informados en el plano ambiental, este muy obvio error condujo al colapso de esta especie fugaz; lamentablemente nunca maduraron como sociedad, premiando la individualidad sobre lo colectivo, no hizo falta ningún meteorito.