Las recientes elecciones locales han volteado una página de la historia, rechazando la politiquería acartonada, vetusta y engañosa al elegir otros discursos y líderes independientes. Las capitales mostraron esa nueva vitalidad ciudadana, expresando capacidad de resiliencia, inspirada en movimientos sociales que están en las calles en otras ciudades del mundo. 

Tras los comicios locales y regionales dos grandes urbes andinas, Bogotá y Medellín, viven aires de esperanza con Claudia López y Daniel Quintero. Y en el Caribe, qué decir de la sorpresiva elección del cartagenero anticorrupción Wlliam Dau: otro aire de esperanza en medio de tanto ladrón amurallado.

Pero en medio de tales paisajes políticos, que reverdecen el ambiente, quedan aún enquistados en el sector los vicios y mañas de las CAR. Esas autoridades ambientales manejadas como títeres por los gamonales y congresistas poderosos de las regiones. El espectáculo llama a la indignacion ciudadana. La tramposa re-re-reelección del representante de las ONG en la Junta Directiva de la CAR Cundinamarca ilustra cómo se mueven los intereses en esas instancias y el reducido margen de maniobra del ministro de Ambiente y jefe del Sistema Nacional Ambiental. Ricardo Lozano debe actuar en consecuencia para que el sector no quede atrapado en las maquinarias corruptas entronizadas en la región del Distrito Capital, perpetuando personajes indeseables.

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Estos lunares deben ser erradicados para mantener aires de esperanza en la democracia local y regional. Las elecciones refrendaron el Sí a la paz, el repudio a asesinatos y amenazas a indígenas, excombatientes y líderes ambientales, y se entendieron los mensajes que van directo a nivel nacional. Sí se entendió el amplio rechazo a las políticas del ministro de Agricultura, Andrés Valencia, fomentando la expansión ganadera y los monocultivos extensivos, en medio de quemas provocadas y praderizacion de selvas. Aunque esos temas nacionales no sean de competencia de alcaldes y gobernadores, tendrán que meterse y frenarlos en sus jurisdicciones. En muchos casos les tocará llevar la contraria para poder poner en marcha su plan de gobierno comprometido con la defensa de la biodiversidad y la estructura ecológica principal.

Nuevos paisajes políticos invitan a participar en un ambiente de diálogo y construcción de confianzas alicaídas entre el Estado, los gobiernos locales y regionales. Inadmisible que sigan ocurriendo en el Cauca asesinatos en territorios donde las comunidades indígenas son la autoridad ambiental y de justicia, y que siga rampante la impunidad, sin culpables a la vista, en las narices del Ejército Nacional. Eso es aterrador.

Empieza en Bogotá, Medellín, Cartagena y demás ciudades una etapa para empalmes y de freno a proyectos que enconan el panorama. Líderes y lideresas tienen una oportunidad para que Colombia muestre al mundo su capacidad de resiliencia, moldeando pacíficamente un modelo de civilidad y de esperanza. A lo mejor ese modelo de gobernanza y cordura pueda influenciar a otros gobernantes locales de países vecinos con quienes se comparten responsabilidades de preservación de las cuencas del Orinoco y el Amazonas.

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Las administraciones de grandes ciudades andinas tendrán que intervenir en el bienestar de esas cuencas, vitales para preservar los servicios ambientales y la conectividad climática que proveen a las urbes de la región. El Pacto de Leticia por la Amazonia debería ser liderado por las ciudades beneficiadas por la existencia de las selvas. 

Las movilizaciones intergeneracionales que se han realizado en Quito, Santiago, Puerto Príncipe, Buenos Aires, Barcelona, Londres y Bogotá están demostrando que la ciudadanía está cada vez más alerta ante decisiones que afecten ecosistemas lejanos, de los cuales depende su cotidianidad y el futuro de su descendencia. Por esa sensibilidad creciente, la interdepencia entre regiones cobra sentido y genera responsabilidades compartidas: las ciudades estarán obligadas a mirar también hacia afuera de sus fronteras, vigilar la fuente primaria del agua y del aire, y definir compensaciones que apoyen el cuidado de ecosistemas distantes, pero vitales.

La Alcaldia de Claudia López tendrá el reto de abordar las políticas rurales del extenso páramo del Sumapaz y asumirlas como un todo interconectado del Distrito Capital con las vertientes Amazónica y Orinoquia. En ese territorio, las relaciones concertadas con las gobernaciones del Meta, Huila, Caquetá y Cundinamarca son claves. Así mismo, las autoridades ambientales en dichas jurisdicciones tendrán que tejer de forma más eficiente y menos politizada, una gestión ambiental coordinada. El Ministerio de Ambiente, con toda su autoridad, debería ser el mayor aliado estratégico de los municipios para que estas responsabilidades compartidas se den.


El Sumapaz es el páramo más grande del mundo. Foto: archivo particular. 

En materia de servicios ambientales y regulación del clima, los incendios en periodos secos y la deforestación en Guaviare, Caquetá y Putumayo son también de interés directo de Bogotá. Los ríos voladores que vienen de la Amazonia y proveen el agua celestial son tan patrimonio común como los maltratados ríos Magdalena y Bogotá. Ambas corrientes de agua traídas por vientos y gravedad deben ser prioridad ambiental de las grandes ciudades para evitar los efectos devastadores de la crisis climática.

Por primera vez las bogotanas somos también amazónicas. La restauración y conservación de las selvas competen a la ciudad y a la región, y son parte de la interdependencia biológica que garantiza los servicios ambientales. Estas responsabilidades deberían inaugurar una relación original entre la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, y el gobernador de Cundinamarca, Nicolás García, no solo para construir la Región Metropolitana, sino para trabajar con las autoridades ambientales de las distintas vertientes y cuencas. Las administraciones tendrán que abordar programas para la conectividad climática y la interdependencia entre ecosistemas, comprometiendo recursos frente a la destrucción de bosques y selvas fuera de su jurisdicción.

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Ahora se entiende por qué las decisiones de los gobernadores del Guaviare, Caquetá o del Guainía y las de los alcaldes de El Retorno, Miraflores o San Vicente del Caguán, influirán en la situación climática de Bogotá, de Soacha o Envigado. El paisaje político debe estar interconectado. 

El reto de las administraciones estará en realizar los ajustes institucionales necesarios para poder abordar el ordenamiento ambiental concertado de la ciudad-región, visto como territorios interdependientes, así esa concertación no genere votos. Para Bogotá y Medellín, ciudades andinas, la Orinoquia y la Amazonia son fundamentales. Con esta perspectiva tendrán que asumir responsabilidades que están por fuera de sus fronteras. En ese sentido, las administraciones podrían influir ante el Ministerio del Interior y ante el Ministerio de Ambiente para que se reconozca a los indígenas como autoridades ambientales en sus respectivos territorios. Este reconocimiento asegurará mejores manejos de conservación responsable, con conocimiento ancestral en cada rincón de la selva.


Ríos voladores que vienen de Amazonia. Foto: archivo particular. 


En la maloka del Centro Experimental Amazónico, en Mocoa, Putumayo, esta propuesta fue ratificada ante 12 mayores y mayoras de pueblos ancestrales, al igual que ante el ministro Lozano durante la celebración de FICAMAZONIA y los 25 años del SINA. De la gobernanza territorial que realicen las autoridades ambientales indígenas, dependerá en gran parte la adaptación a la crisis climática que ya se siente en las ciudades.

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Empiezan a encajar las piezas de un rompecabezas de gobernanza que ha estado fragmentado y debilitado por décadas. Como reza el adagio: “Divide y reinarás”, este método impuesto por el centralismo andino en distintas etapas de la colonización, se empieza a diluir. 

P.D.: Bienvenida alcaldesa Claudia, apoyamos su trabajo para mantener la visión integral de conectividad del Distrito Capital.