Nunca antes la salud física, mental y prácticamente nuestra propia vida había dependido tanto de los demás, como lo es ahora en esta época tan extraña, incomprensible y sin referente alguno: la época de la pandemia de la covid-19.

Estos últimos 6 meses han sido infernales, pues nos hemos visto obligados a convivir con este virus que se ha convertido en nuestro enemigo invisible, llegando a nosotros con sus mejores aliados: la ansiedad, la incertidumbre y el miedo.

Para finales del año 2019, las noticias empezaban a mencionar un extraño virus en Wuhan (China), pero el mundo seguía su cotidianidad, sin ni siquiera sospechar que ya para el 19 de marzo del año 2020, Italia sumaría 3.400 víctimas fatales y 35.800 casos de contagio. Una situación crítica por tantas personas fallecidas, tantas otras hospitalizadas y el personal de salud también enfermando. En algunas ciudades los cementerios sin poder dar abasto: otra triste evocación de la Segunda Guerra Mundial. Entonces, ¿cómo olvidar imágenes y cifras que nos inundaban de miedo y que no dejaban de parar?

Todos hemos sido testigos de la enorme y veloz invasión de este virus en todo el mundo e, indiscutiblemente, en nuestro país. A la fecha se estima que aproximadamente 671.848 personas están confirmadas de tener la infección en Colombia. Y a nivel global, aproximadamente 27.150.797.

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Y es que el escuchar cifras de personas contagiadas, otras de muertos y el habernos tenido que someter al régimen del confinamiento para poder mitigar el contagio y la propagación del virus, nos ha vuelto vulnerables, impactándonos enormemente a nivel mental, social y económico.

El nivel de estrés emocional y malestar psicológico se disparó en los colombianos al entrar en el confinamiento, pero también ahora al salir del mismo. Debemos recordar que aparte de la situación anómala que el confinamiento nos produjo, también se nos han sumado durante este tiempo otras angustias, calvarios y tormentos a causa de los asesinatos y masacres sistemáticas a mujeres, niños, adolescentes y líderes sociales. Sucesos estos que conllevan una elevada tensión emocional colectiva y que, sin duda alguna, han contribuido al acelerado deterioro de la salud mental de muchos colombianos.

Paradójicamente, ahora cuando ya se abre el telón, podemos salir y la “función empieza”, no es extraño que muchas personas reporten un coctel de emociones asociadas a los mismos síntomas de cuando todo esto empezó; es decir, inseguridad, desconcierto, desmotivación y desconsuelo. Porque lo cierto es que no para todos el retorno a la “nueva normalidad” será algo normal o fácil, pues sabemos que hay desempleo, fragilidad en la economía, recrudecimiento de la violencia, miedo al rebrote y a que no todos tomen en serio la responsabilidad social que esta salida a la ”nueva normalidad“ exige, puesto que la nueva normalidad depende en gran medida de la cultura ciudadana y de la reactivación del tejido socioeconómico.

No obstante, a pesar del desasosiego y lo alarmante con que algunos podamos percibir la situación actual, amerita recordar que los colombianos llevamos una historia de violencia que paradójicamente nos ha hecho fuertes. Somos descendientes de africanos obligados a esclavizarse, de indígenas conquistados a sangre y fuego, de criollos torturados por los españoles; es decir, un país que ha estado marcado en gran parte por la violencia. Y a pesar de eso, siempre ha salido adelante. Y es precisamente esto que nos ha vuelto expertos en seguir adelante, en reinventar, en adaptarnos y readaptarnos, en sobreponernos gradualmente, en transformar las adversidades en oportunidades, en emprender, "camellar", crear y ser positivos. No tiramos la toalla así por así... esa es la “resiliencia colombiana”.

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Entonces, ahora, cuando el paréntesis se cierra, dejamos los puntos suspensivos en los que hemos estado durante meses y damos el primer paso a esta “nueva normalidad”. Y es precisamente allí donde debemos elegir ser optimistas o pesimistas, quejarnos o construir, ser responsables o irresponsables, ser víctimas o ser protagonistas de nuestra vida.

Estos meses de confinamiento y nuestra historia como país resiliente nos ha creado recursos psicológicos para poder gestionar nuestros sentimientos negativos y hacer un afrontamiento adecuado a la nueva realidad. Debemos aprovechar estos nuevos hábitos y aprendizajes adquiridos durante la época del confinamiento y rediseñar nuestro proyecto de vida, para de esta forma poder aportar a la renovación de nuestra sociedad.

Pero… no se trata solo de ser optimistas y tener ganas de “reempezar”; debemos suavizar el retorno y empezar gradualmente, no desaforarnos ni perder la cabeza ni la conciencia, pues “del afán solo queda el cansancio”.

¡Este es un desafío enorme que todos tenemos... pero el hecho de ser colombianos con una historia resiliente nos llevará seguramente a superar este monumental reto!