La disculpa perfecta para salir a caminar con un ser sintiente durante la cuarentena, es pasear una mascota, así sea la del vecino, en la cercanía y por 15 minutos que parecen una eternidad. Rigurosa con tapabocas, anteojos, guantes de caucho, agarro la correa de uno de los perros que añora a su amo ausente. Caminar con Baylis, el peludo más grande, se convirtió en una inusitada oportunidad para llegar a mojarnos las pantorrillas en la orilla del mar y saborear minuto a minuto, el goce del aquí y el ahora. La incertidumbre de la cuarentena da para alegrarse de estos momentos y revisar cómo estamos cambiando, en silencio, la relación con nuestro entorno.  

A distancia prudente, nos dividimos la tarea con Laura, la empleada que viene a ocuparse de alimentar, asear y pasear a los dos perros. De domingo a domingo, ella toma los riesgos de contagio, utilizando transporte que pueda conseguir al azar, para ir y venir de su casa, al otro extremo de Cartagena. En el poco cruce de palabras durante la caminata con los canes, me revela su injusta situación laboral, desde antes de la pandemia. Laura, como miles de mujeres cabeza de familia que necesitan el ingreso, está forzada a aceptar condiciones y un salario que rayan en la avaricia y en la indignidad.

Ni la solidaridad, ni la compasión, ni los derechos laborales adquiridos, están del lado de miles de empleadas domésticas que tienen que aceptar el maltrato patronal. Laura sabe que tan pronto se abran los vuelos nacionales, embarcarán los perros y se quedará sin trabajo, sin cesantías ni liquidación. Su historia, como la de muchas madres solteras, me genera un sinsabor de eternidad. 

En la ausencia prolongada de su patrona desde hace dos años, Laura llega, cada mañana al hogar donde los perros la esperan ansiosamente, para darles comida, agua, aseo y sacarlos para husmear árboles, pasto, pavimento y arena. Confieso que ayudarla a esta tarea matutina ha sido aleccionadora, tanto por el goce de hacer un poco de ejercicio con el perro como al escuchar, de viva voz, la situación de Laura, similar a la de tantas mujeres vulnerables por su condición de pobreza.

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Ella regresa a su casa, sin almuerzo, a atender a sus cuatro hijos, encerrados con llave para que no se expongan al contagio en el barrio. Esa es la realidad cotidiana de millones de mujeres cabeza de familia en Colombia, que viven en esta cuarentena, la incertidumbre del día a día, sin ganar el mínimo legal y arriesgando su salud y la de su familia.   

La ‘adopción‘ momentánea de Baylis, acompañando a Laura, quien lleva la correa del chiquito Blackie, me permite gozar una corta caminata matutina, diferente a la salida del día que asigna, conforme al género y el último dígito de mi cédula, la Alcaldía de Cartagena. Guardando las distancias exigidas, las caminatas conversadas con Laura me plantean de nuevo varios interrogantes: ¿Será que las desigualdades y el racismo que se perpetúan desde la Colonia en  Cartagena, cambiarán en la pospandemia?

¿La cuarentena logrará una metamorfosis en cada ser humano para acortar esas diferencias? ¿Cambiarán los corazones de los que viven de la codicia y de la indiferencia?

Con el agua en los tobillos y el perro feliz metiendo el hocico en el mar, pienso en los cuatro hijos de Laura, que estarían felices con su madre jugando con las olas. Ellos como tantos miles de niños y niñas encerrados en cuarentena, en un pequeño cuarto, sin televisor ni internet, en barrios periféricos de ciudades de los países del sur global, merecen un futuro mejor.

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Laura cuenta con un celular y pocos minutos para poder comunicarse con la hija mayor, quien cuida de los menores. Imposible no plantearse cómo entrarán en la educación digital la niñez que no tiene acceso ni a una tableta ni a una conexión a internet. Aún más dramática la situación de la niñez y juventud de Pueblos Indígenas en la Amazonia, en Territorios Colectivos del Chocó y de Zonas de Reserva Campesina en zonas aisladas, donde los niños quedarán aún más huérfanos de educación pública adaptada a su entorno, a sus lenguas ancestrales y a la conservación y restauración de sus ecosistemas de vida.

El aislamiento obligatorio ha puesto en evidencia otras nociones del tiempo y de espacios cotidianos, realidades sociales y ambientales, que hemos tolerado sin chistar. Quizás con la expansión de la comunicación digital a todos los frentes que no la tienen hoy, estaremos abonando terreno para acordar cambios profundos al modelo de sociedad que ya no aguanta un minuto más?

Quisiéramos prolongar el regreso de aves que vemos cruzar los aires frente a la ventana y al balcón frente al mar. Seguir avistando canarios criollos, bichofue gritón, pelicanos, chorlitos migratorios y mantener la alegría de observar una Garza Real  (Casmerodius albus) que se instala, en su horario matutino, en la orilla de la bahía. La ausencia de ruidos y de perturbación le permite a la nueva vecina voladora, caminar pausadamente, con su cuello largo, pico amarillo, erguida, entre las rocas y pastos marinos. Los momentos de avistar aves y de pasear a Baylis, sumados a las horas de yoga y meditación, de reuniones sociales digitales, constituyen nuevas agendas de la cuarentena y otros ritmos de vida.  

El distanciamiento social obligatorio aplica entonces también a la relación con las especies que aparecen en el cotidiano. No pueden acariciarse, apenas observarlas a distancia, sigilosamente, y admirarlas en su libertad. Con estos encuentros, aparecen nuevos afectos, goces visuales que recrean el oído, la mirada, el espíritu del universo, con sensaciones escondidas en el inconsciente.

Dos meses de adaptación a un futuro incierto generan preguntas sobre la eternidad. ¿Seremos capaces de cambiar tanta desigualdad que se ha perpetuado en el tiempo? ¿Cómo transformar rápidamente las condiciones de injusticia y de alto riesgo sanitario y emocional, que harán huir hasta la Garza Blanca y otras especies que han osado regresar?   

P.D. 1. Duele la muerte de más líderes sociales asesinados en días de pandemia. ¿Qué hace el Estado para frenar ese virus de la violencia?  

P.D. 2 La Fundación FICAMAZONIA manifiesta su preocupación ante la grave situación de vulnerabilidad del Departamento del Amazonas. Leticia está expuesta a la pandemia en la triple frontera con Perú y Brasil. Hace un llamado HUMANITARIO URGENTE. Los pueblos indígenas y campesinos tienen que ser atendidos de forma inmediata.

Los animales aprovechan su hábitat en medio de la cuarentena.